La relación entre el alcoholismo y la depresión es directa y tiene lugar en un doble sentido. De un lado el alcohol es utilizado por muchas personas con depresión para paliar la sensación de tristeza, y tratar de escapar momentáneamente de la garra de la ansiedad, y del otro el consumo continuado de alcohol acaba por precipitar al bebedor hasta una depresión en buen número de casos.


El alcohol es una sustancia capaz de producir estados de relajación y euforia, cuyos efectos son percibidos con rapidez por la persona que lo ingiere. Los citados efectos refuerzan la conducta de ingesta, de manera que la frecuencia y cantidad de su consumo tienden a aumentar (por más que muchos bebedores se nieguen a admitirlo).

Lo que en un principio no es más que un comportamiento de evasión o escape en busca de placer, muy pronto se convierte en una conducta de evitación, buscando la persona adicta el consumo de bebidas alcohólicas como forma de impedir que tengan lugar los desagradables efectos del síndrome de abstinencia o retirada, caracterizado fundamentalmente por ansiedad y nerviosismo, pudiendo llegar a delirios como las temidas zoopsias o las micropsias, más cercanas a las psicosis que a las neurosis.

Podemos encontrarnos con personas que beben para "escapar" de un estado depresivo, y personas que entran en debacle depresiva por la ingesta excesiva y continuada de alcohol. Este círculo se puede ir viciando hasta que nos resulte muy difícil determinar qué ha sido causa de qué.

Sea como fuere, la depresión se complica en aquellas personas que padecen alcoholismo, por leve que sea éste (nuestro criterio profesional es que cualquier alcoholismo es grave). El terapeuta puede ver cómo los síntomas se enmascaran, en buena parte, en una persona bebedora que no reconoce el alcance de su alcoholismo, por lo que el diagnóstico puede ser engañoso y, consiguientemente, entorpecer la terapia contra la depresión, retardando y agravando el problema y sus terribles secuelas.

Muchos alcohólicos actúan normalmente cuando se encuentran bajo los efectos del alcohol, resultando habilidosos socialmente e incluso brillantes, lo que contribuye a aumentar todavía más la confusión. Todo el mundo tiene in mente a una persona tirada en la acera junto a un cartón de vino, por lo que no piensa ni remotamente que su pareja o él mismo pudieran estar en ese mismo trance aunque viviendo bajo un techo digno.

La comorbilidad depresión-alcoholismo es extensa, pudiendo llegar a niveles del 36% en alcohólicos que cursan con padecimientos psicológicos, cuyo máximo exponente es precisamente la depresión.

En cuanto a la incidencia del alcoholismo en mujeres y hombres, en los varones occidentales llega a ser hasta cinco veces mayor que en las mujeres. Pero cuidado con estos datos; Las mujeres suelen tener más dificultades para reconocer el problema que los hombres, y suelen beber en el hogar más que en lugares públicos por una cuestión de prudencia social. El alcohol ha ido tradicionalmente asociado a la condición masculina y, hasta hace poco tiempo, su consumo estaba bien visto en todos los estratos sociales. Este dato, ampliamente desfavorables a los hombres, se relaciona directamente por una menor presencia masculina en las consultas especializadas en depresión.

El alcoholismo no hace otra cosa que enmascarar los síntomas depresivos, retardando la solución ante un problema de depresión y al propio problema que genera el alcohol. No es de extrañar que los psicólogos observen una mayor dureza en la sintomatología depresiva de los hombres que finalmente deciden sentarse frente a ellos, sobretodo cuando la depresión y el alcohol han convivido con el paciente mucho tiempo.

La pregunta más frecuente cuando se habla de alcoholismo y depresión es... "¿Se deben abordar ambos problemas como si fueran un todo? o, por el contrario, debe abordarse primero un problema y luego el otro". Lo primero es definir cuál es el problema principal y cuál el secundario, saber si es la depresión una consecuencia o un factor favorecedor del alcoholismo y viceversa (no olvidemos que muchos alcohólicos no padecen depresión y la mayoría de las personas que sufren depresión no son alcohólicas).


También debemos estar seguros de que la ansiedad que presenta el paciente con depresión no es consecuencia de la resaca (durante la resaca aparecerá ansiedad en proporción directa a la cantidad de alcohol ingerido), de manera que no enturbie el diagnóstico.

Una vez establecida esta línea base primordial, se procederá al abordaje terapéutico sin olvidar nunca la concomitancia de ambos factores

Hecha esta clasificación nos vamos a encontrar ante alcohólicos que padecen depresión y depresivos que padecen alcoholismo. La terapia inicial y posterior se encontrará orientada de distinta forma según sea.

Conviene dejar bien claro que, en ambos casos, los pacientes con depresión y alcoholismo son más resistentes a las terapias que el resto de pacientes, y que presentan un mayor número de comportamientos autodestructivos que los demás. Por este motivo, acudir a consulta en cuanto se tome consciencia del problema resulta primordial. No se crea, ni de usted ni de nadie, el clásico "lo dejo cuando quiera, yo no bebo tanto como otros" o "sólo soy un bebedor social".

En cuánto a saber cuándo ha llegado el momento de solicitar ayuda es muy sencillo, en el momento de sospechar (aunque sea levemente) que se tiene cierta dependencia del alcohol (deseos de tomar una copa ante cualquier dificultad, ganas de beber a horas "socialmente" inapropiadas, dificultades de relación social si no es con un vaso de vino o cerveza en la mano...). No espere a tambalearse, ni a que su pareja le amenace con el divorcio, a que le acaben echando del trabajo, o simplemente a que le aparezcan temblores en la mano cuando llega la hora de beber. Acabar con la adicción al alcohol resulta más fácil cuanto más pronto se solicita ayuda especializada.

Recuerde que el alcohol que antes le reducía los niveles de ansiedad ahora se los eleva, particularmente cuando se encuentra con resaca.

Otra cuestión fundamental y de franca dificultad se produce cuando el alcoholismo y la depresión la padece una persona del entorno incapaz de reconocerlo, y mucho menos de acudir a una consulta especializada. En tal caso le recomendamos que no se desgaste en insistentes reproches, que no emplee la amenaza ni otras formas de comunicación de resultados inciertos. Acuda usted a consulta especializada y ponga el caso en manos del terapeuta. El le ayudará.