Freud aduce la impotencia psíquica masculina -tal como lo desarrollé en el post anterior-a un desencuentro de la corriente tierna y la corriente sensual en la vida amorosa.

Y explica tal inhibición en el desarrollo libidinal situando el problema en una fijación infantil intensa que hace que en la realidad aparezca una frustración, habiendo ya sido atravesado por la ley del incesto.

Pero, dirá luego, que hay que hacer una objeción a tal teoría. Porque esto no les sucede a todos los hombres. Según su teoría, esto sería algo universal y no particular, en algunos hombres.


Es así que en la segunda parte de su ensayo “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa” considera que tampoco sería cuestión de plantear este problema en términos cuantitativos. Como si la impotencia sobrevendría por más o menos influencia de esos factores detallados.

Aquí Freud nos propone pensar esta cuestión de la impotencia psíquica en un sentido más amplio: no limitarnos al coito, al comercio sexual digamos, sino más bien que esta impotencia nombra también aquel problema que consiste en llevar a cabo el coito, con su miembro “sano” pero aún así no sentir placer.

Esto es algo, dice Freud, que es más común de lo que parece, e incluso puede abordarse la frigidez femenina en estos mismos términos.

Freud dice que en su época hay un síntoma “general” de impotencia psíquica, que es el de fusionar la corriente sensual con la tierna. Es así que el hombre suele sentirse atado a ciertos límites a la hora de tener sexo con su mujer. Solo podrá ser sexualmente potente con objetos sexuales degradados(las prostitutas, por ejemplo)

Es por eso, nos dice Freud, que estos hombres necesitan de mujeres moralmente inferiores a su dama; es que con aquellas sí puede ejercer sin medirse su deseos sexuales más ocultos.

Así, su potencia sexual será para la “puta”, y su ternura será para su objeto enaltecido (sustituto de la madre)

Es como si su potencia sexual solo estaría determinada por el objeto sexual a elegir: aquel degradado pero en el que se enlazan sus más fuertes deseos sexuales.

Ahora bien, dice Freud que en la mujer no existe tal necesidad de degradación del objeto sexual, porque tampoco existe en ella esa sobrestimación, ese enaltecimiento del objeto que ocurre en el hombre.


Asimismo, nos dice que en ella, cuando hay una larga restricción sexual y se refugia en sus fantasías, también existen en ellas consecuencias importantes.

Es por eso que, cuando ya se les permite tal quehacer sexual, ellas se muestran frígidas, psíquicamente impotentes; en el sentido de que frecuentemente no pueden desanudar lo sexual de la prohibición.

Freud pone en paralelo esa condición de lo prohibido en ella con la necesidad de degradar al objeto, en él. Y sitúa tales características, como efectos de una larga restricción producto de la educación.

Freud concluye así que el efecto, que se manifiesta tan diferente en hombres y mujeres, es porque a la vez encontramos diferencias en las conductas de unos y de otros.

La mujer no transgrede tales restricciones, y mantiene unidos, durante ese tiempo, prohibición y comercio sexual.

El hombre, sin embargo, infringe la mayoría de la veces tales restricciones, pero necesita para ello degradar el objeto.