"Detrás de una persona tímida hay siempre unos padres superprotectores" rezaba un viejo dicho académico de construcción similar al clásico "de madre neurótica, hijo compulsivo". No se fustiguen más los sufridos padres que ninguno de los asertos mencionados resulta concluyente, se trata más bien de sendos reduccionismos sin otro valor que el de llamar la atención acerca de la importancia de la infancia en todos los procesos psicológicos posteriores.


En efecto, la superprotección del niño puede dar lugar a rasgos de timidez en la personalidad del infante que pueden perpetuarse hasta la edad adulta. Pero la cosa no es tan simple, existen otras variables intervinientes capaces de favorecer la timidez en algunas personas. Lo que sí debe quedarnos claro es que la timidez es aprendida, no heredada. Cierto es que hay muchos hijos tímidos de padres también tímidos, pero el vehículo de esa timidez ha sido el ambiente y no la dotación genética ancestral. Imaginemos la de escenas de alejamiento social que ha tenido que ver un sujeto cuyo referente más cercano es un padre tímido. Imaginemos lo sencillo que le ha debido resultar implementar dichos comportamientos y secularizarlos "ad eternum".

Como primer axioma preventivo, los padres tímidos deberán abordar su problema antes de que pueda extrapolarse a sus vástagos, en cualquier caso deberán evitar la exposición del niño a comportamientos de esta naturaleza, lo cual resulta en la mayoría de ocasiones harto complicado.

Ya sé que usted estará pensando en algunos hijos extrovertidos de padres manifiestamente tímidos. No es la norma pero es posible. Como decimos, son muchas las variables que intervienen a la hora de configurar la personalidad. Compañeros de clase, otros familiares y personas cercanas, sus artistas o deportistas favoritos, sus profesores... Son muchos los modelos que el niño elige a la hora de definir su repertorio social y, en algunos casos, se modelan mejor con personas más distantes, a la vista de que la socialización paterna no le resulta atractiva. Por este mismo motivo también puede suceder que de una misma familia resulten varios hijos hábiles socialmente y otros con manifiesta timidez.

El origen traumático de la timidez también es posible. Un niño abierto a los demás puede sufrir un retraimiento que le lleve a la timidez por un motivo repentino y concreto. Recuerdo el caso de un señor incapaz de hablar en público después de quedarse bloqueado durante la lectura dominical de una carta a los apóstoles. Sintió un bochorno tan grande tras quedarse mudo en el altar delante de todos los feligreses, que durante años fue incapaz de pronunciar palabra ante más de tres o cuatro personas.

Sin embargo, los casos de timidez por trauma se circunscriben a unas cuantas conductas relacionadas con el origen del problema. De este modo, sólo manifiestan dificultad social ante situaciones similares a las que concurrieron cuando se produjo la exposición social negativa.


Un adolescente acudió a consulta después de manifestara un molesto tartamudeo ansioso cada vez que pretendía mostrar sus intenciones amorosas a alguna chica de su entorno (mucho más cuando en encuentro tenía lugar fuera de éste). Todo comenzó cuando meses atrás el chaval declaró sus más nobles intenciones a una joven con la que compartía la banca del instituto. Al parecer, la chica soltó una carcajada estruendosa en medio de la clase cuando el joven le susurró su intención de salir con ella, comentando el hecho entre bromas con algunas compañeras ciertamente risueñas nada más terminar el muchacho de exponer sus sentimientos. El joven mantenía un comportamiento social habilidoso con los compañeros de su mismo sexo, pero tenía serias dificultades a la hora de dirigirse a las mozas. Valiente, en lugar de renunciar al gozo del amor, se decidió por la terapia como forma de resolver el problema.

Como vemos, los orígenes de ciertos comportamientos relacionados con la timidez son diversos. Por este motivo, no conviene seguir la pauta de otros a la hora de combatir tan delicado problema, ya que entonces puede ser peor el remedio que la enfermedad.

A los que se consuelan diciéndose a sí mismos que "muchos grandes hombres de la humanidad han resultado ser exageradamente tímidos", comentarles que es cierto... Napoleón Bonaparte, Charles Darwin, Pío Baroja, Marie Curie, Emmanuel Kant o J.S. Bach tuvieron que superar su timidez en no pocas ocasiones, a pesar de ser brillantes en sus diferentes desempeños. No es ningún consuelo, otros grandes de la humanidad han sido tremendamente extrovertidos y seguramente más felices que los mencionados. Mal de muchos...

Otra manía atroz resulta de tratar de exponer a los tímidos a situaciones socialmente estresantes "a ver si se le quita eso". La ignorancia suele ser mala consejera pero es atrevida e ignora los riesgos que corre una persona con problemas de timidez al fracasar en el intento de enfrentarse a sus fobias sociales.

En este caso más que en ninguno otro le sugerimos que no corra riesgos innecesarios y acuda a un especialista si observa que usted o alguien de su entorno cercano manifiesta:

    Rubefacción (ponerse rojo) ante personas desconocidas o no próximas a su entorno inmediato.
    Idem en el caso de personas de otro sexo.
    Tartamudez y/o ansiedad de algún modo manifestada (tics, descargas musculares, estereotipias en las piernas...) ante una interacción social de mediana intensidad (presentación de nuevos compañeros, solicitar la devolución de un producto en mal estado, pedir paso en una aglomeración de personas, advertir a alguien que se está adelantando a su turno...).
    Negativa tajante y vehemente a hablar ante un grupo de 15 ó 20 personas.
    Excusas variadas ante la propuesta de salir en compañía de personas no muy próximas.


Conviene no confundirnos. Cualquier persona sentiría ansiedad en el momento de recibir el Premio Nobel, como ya la sentimos en el altar cuando apenas había que decir "si, quiero" y ante gente más o menos conocida.

Ni usted ni nadie de su entorno son tímidos, simplemente tienen timidez y las cosas que se tienen se pueden dejar de tener para ser más felices y vivir con menos dificultades (que ya la vida tiene bastantes).