Estoy convencida que estamos en este mundo para ser felices y disfrutar de la vida; sin embargo hay mujeres que se enamoran de perdedores y se arriesgan a ser desdichadas por decisión propia, perdiendo la oportunidad de ser felices, porque creen que son capaces de cambiarlos.

Nadie cambia si no quiere cambiar y ninguno puede hacer nada ni ayudar para que lo haga; porque el cambio sólo es posible en uno mismo, y tampoco es fácil.

El objetivo que se proponen estas mujeres, al vincularse con un perdedor, que es aquel que es bueno para nada, que no hace ningún esfuerzo, que vive de los demás y que vegeta como una planta, sólo les reportará desdicha y frustración, porque se puede garantizar que nada de lo que hagan por él les dará resultado.


Somos el producto de todas nuestras decisiones, y en el amor también hay que elegir a alguien que lo merezca para continuar construyendo la vida sobre bases sólidas.

Intentar cuidar a alguien para salvarlo de si mismo es una tarea muy tentadora, porque toda mujer es una madre en potencia dispuesta a realizar sacrificios cuando tiene la oportunidad de encontrarse con un ser aparentemente indefenso. Pero un hombre adulto sano que puede parecer indefenso, puede llegar a causar mucho daño.

Los perdedores son personas de baja autoestima, que sólo apuestan al fracaso. Para ellos las cosas ya están todas hechas y no vale la pena intentar nada.

Por lo general, tienen un estilo de vida irregular, no tienen trabajo fijo, no asumen responsabilidades, pueden tener alguna adicción, al alcohol, al juego o a las drogas, también pocos escrúpulos y relacionarse con gente de dudosa reputación.

Un perdedor ni siquiera puede dedicarse a cometer delitos porque para eso tiene que usar su inteligencia, planificar atentados y elaborar buenas estrategias para no caer preso.

En definitiva, todo perdedor es un depresivo grave que se deja estar, que vive como un parásito y que trata de inspirar compasión para que lo ayuden.

Esa actitud de aparente vulnerabilidad enamora a las mujeres que no se valoran demasiado, porque ese amor les garantiza que ese hombre las va a necesitar, que por eso no las abandonará y que les dará una razón para vivir: la posibilidad de rehabilitarlo, de devolverle el deseo de vivir y las ganas de trabajar, quimera por por supuesto es imposible.

Estas mujeres se aferran a una ilusión que sólo les dará tristezas, malos ratos y que le asegurarán una vida de privaciones y fracasos.

Sin embargo, hay muchas mujeres dispuestas a vivir estas experiencias sin pensar en ellas mismas porque creen que peor es nada, cuando siempre nada, es mejor que tener a un perdedor como pareja.

Los perdedores pueden llegar a casarse y tener hijos, pero también es muy probable que sus matrimonios se derrumben al poco tiempo al primer cimbronazo, cuando la presión de las responsabilidades los acosen y no puedan con eso.

Seguramente abandonarán a su familia y desaparecerán para siempre, dejando un tendal de personas heridas y problemas sin resolver, y a su mujer y a sus hijos en la calle.


Claro que una mujer siempre es capaz de sobreponerse a todo eso cuando tiene hijos; y salir a flote de cualquier modo, hacer de padre y madre, trabajar, cuidar a su familia y darles todo, mientras su marido, el perdedor de oficio, recorre su camino sembrando su descontento, su desidia, sus ganas de no hacer nada, sepultando su culpa muy adentro que le servirá para alimentar su ego deprimido, porque seguirá siendo un narcisista que sólo piensa en su propio ombligo.

Las mujeres tienen que aprender a elegir lo mejor para ellas mismas y para sus futuras familias, porque se lo merecen, porque son únicas e irrepetibles en el Universo, como lo somos todos, con una misión en este mundo que hay que saber identificar conociéndose bien a uno mismo.

El masoquismo se relaciona con el sadismo, porque exige castigo por algo que se ha vivido en esta vida o quizás en otras vidas, que tal vez nunca se sepa, pero por más malo que haya sido, nunca se justifica.