Casarse es una decisión difícil porque representa un compromiso y una responsabilidad pero divorciarse siempre resulta traumático y doloroso para todos.

A pesar de que los divorcios crecen día a día, llega un momento en la vida, en que la mayoría, sin hacer caso de las estadísticas, siente la necesidad de apostar al futuro, intentar el desafío de crecer, casarse y enfrentar un nuevo estilo de vida para tener la propia familia, criar a los hijos y perpetuarse en ellos.

La vida en común no es fácil cuando se ha vivido solo mucho tiempo; sin embargo, la mayoría puede adaptarse rápidamente y se siente feliz con el cambio.

Vivir una vida juntos, exige aceptar al otro como es y no intentar cambiarlo. Hay que tener en cuenta que ambos tienen derecho a pensar diferente y a tener distintos hábitos que tienen que aprender a compatibilizar.

El respeto por el otro en una pareja será lo que sostenga a la relación, además del amor que haya entre ellos, pero también será importante estar dispuesto a cambiar de vida, a tomar en serio al otro y a comenzar a elaborar proyectos en común.

El hombre es más reacio a casarse, porque los hijos no son su prioridad y porque no puede renunciar a la libertad de las relaciones sin compromiso.

Las mujeres en mayor proporción son las que quieren tener hijos y son las que están más dispuestas a comprometerse antes de superar la edad reproductiva.

El hombre que vive solo y no se casa, tiene una perspectiva de vida inferior al que vive en pareja, es evidente que desde el punto de vista de la naturaleza la soledad parece no ser buena compañía.

Decidirse a la convivencia sin casarse es una decisión intermedia que hace que la relación sea ambigua y permita desligarse del compromiso sin necesidad de explicaciones, además de dilatar indefinidamente la decisión de tener hijos.

El matrimonio en una sociedad significa legalizar una unión de pareja, formar una familia, tener derechos y obligaciones y un marco de referencia más sólido para los hijos.

La relación de pareja estando casados cambia; no todos los días serán idílicos y ambos tendrán que volver a elegirse tanto en las buenas como en las malas.

Es necesario que los familiares de ambos pasen a segundo plano, porque la nueva familia, que es la propia, es la que está en primer término.



Ya no se trata de estar juntos para divertirse solamente, ahora hay además, un proyecto en común que desean cumplir.

Soren Kierkegaard, el filósofo danés, dijo una frase singular sobre el matrimonio que esconde una gran verdad: “Si te casas lo lamentarás, si no te casas también lo lamentarás”.

Estar casado o soltero no reduce ni aumenta demasiado los avatares de la existencia que igual ocurren independientemente del estado civil.

El hecho de casarse motiva con más fuerza la necesidad de formar una familia que es la que fortalece el estilo de vida en común y el sentimiento de nosotros.

Mantener la pasión en la pareja después de casados es una tarea de los dos. El exceso de ocupaciones y de ambiciones puede atentar contra el deseo de estar juntos, porque están demasiado cansados y preocupados y no pueden vivir plenamente el presente. Pero la pasión vuelve, siempre vuelve, cuando está sostenida por un sentimiento más profundo.


Seguir juntos a pesar de todo no es fácil, pero si el lazo amoroso es fuerte y no hay tanto egoísmo se puede.

Es importante tener espacio propio, conservar las atenciones hacia el otro y no pensar unilateralmente ignorándolo.

La continuidad de la pareja depende de la capacidad que tenga cada uno para cambiar, en favor de la relación.

Es un error y también es peligroso pensar que la pareja tiene que ser perfecta, porque una verdadera relación es un proceso lento, un arte, como dice Erich Fromm, que exige ser creativo, entusiasta y optimista, tener sentido del humor, paciencia y tolerancia y estar dispuesto reinventarse todos los días con el crecimiento individual de ambos y el desarrollo común como pareja.