Pocos términos estuvieron tan juntos y tan separados. De una parte una entelequia; el amor y de la otra una palabra cargada de significados de toda índole como es el sexo, denostado a veces y ensalzado hasta la obsesión otras.

Hoy en día, como en la antigüedad, la comunión sexo-amor es alabada desde todas las religiones, las ideologías, las ciencias, las filosofías... No existe paradigna del pensamiento que no se adhiera a las bondades de unir el sexo (carne y mundo) con el amor (eter y cielo), a la búsqueda del bálsamo perfecto de la felicidad.


El problema aparece de la separación de ambos conceptos, entonces las bendiciones que el sexo recibió en unión del amor, se convierten en diatribas contra su pervivencia entre nosotros y es condenado por unos e ignorado por otros.

El sexo como fuente de enfermedades es un hecho probado, también resulta la base de muchas patologías psicológicas que tienen aquí el sustrato freudiano de la perversión, el vicio y la depravación. Son muchos los delitos y faltas que se cometen en el nombre del sexo sin amor... Incesto, violación, vejaciones, y muchas las parejas a las que el sexo destruye, sea por su práctica fuera del entorno conyugal o por ausencia en su seno. La clandestina fornicación de la infidelidad se encuentra penada en no pocas culturas del planeta.

La idea de sexo = pecado sigue presente en la cultura judeo-cristiana y el mito de la virginidad ha sobrepasado a las mozas de Vesta para llegar, casi intacto, hasta nuestros días, por más que la religión haya perdido fuerza en occidente.

Prostitución, parafilias, trata de blancas, estimulantes sexuales, pornografía, intercambio de parejas, bares de cruce, viagras, vaginesiles, publicidad subliminal, cambios de sexo, operaciones de estética, anticonceptivos... Todo lo que toca el sexo se convierte en negocio redondo y se encuentra en la mira de espectadores de todas las raleas.

¿Puede alguien ahora volver a maldecir a Freud y gritar que se equivocó? El ínclito austriaco nos dejo un sólo legado, el de afirmar rotundamente que el sexo se encuentra en el centro de nuestra existencia, muy por encima de la moral victoriana de su época, de la insípida moral de nuestros tiempos, de lo que digan los reprimidos snobs del momento y de las proclamas de perdición de aquellos que predican sin el ejemplo una vida libre de placer mundano.

Nada que ver con las loas al amor, en su acepción materno-filial, de amistad, altruista, fraternal, de pareja o hacia Dios que tantos botes de tinda han vaciado. El amor no es objetable como el sexo, pero resulta insaboro, inodoro e insípido sin él, sin la fuerza del gozo mutuo, del placer y del frensí. El amor de pareja no es nadie sin el sexo, y hasta las religiones bendicen separaciones a causa de cualquier disfunción que impida gozar de las relaciones sexuales a los amantes.

Los parabienes amatorios previos al intercurso sexual llevan a los amadores al cielo donde tendrá lugar un climax escaso, breve pero de una intensidad incapaz de ser emulada por drogas de ninguna naturaleza. Nadie niega que el placer sexual es el más grande conocido por el ser humano, no comparable a ninguna cosa. Placer, gozo, climax, frenesí o subidón, todos convienen en el sexo como fuente de bienestar solaz.

Lo afirmen religiosos, ideólogos, santones, iluminados, gobernantes y alquimistas, o lo nieguen revolucionarios trasnochados, comunistas, ateos, existencialistas o quienes quiera que traten de llevar la contraria social, el sexo que cursa con amor es la principal fuente de felicidad al que los humanos podemos acceder. La ausencia de cualquiera de ambos nos puede llevar a la ahedonia patológica, el displacer ansioso, la ansiedad y/o la depresión.

Paradógicamente, los sapientísimos mortales nos negamos el acceso al sexo como si nos apeteciese la infelicidad. Hombres que prefieren un buen partido de futbol a "perder el tiempo" cortejando a una hembra, mujeres que se guardan el placer para contadas ocasiones por temor al insulto, o a denostar su autoestima tras varios contactos donde el amor no se encuentre presente... Botellas de alcohol que subliman las ansias de placer sexual de muchos hombres, "Síndromes de Blancanieves" que llevan a la mujer a esperar indefinidamente a un príncipe azul que nunca llega, para entregarle unos encantos seguramente ya marchitos... Toda esta impedimenta del gozo para acabar en el sofá viendo la televisión después de tomar algún antidepresivo.

No vamos a enumerar los numerosos beneficios del sexo, ni los del amor. Juntos o por separado, nos conceden posibilidades de gozar de la vida de forma saludable, previniendo malestares futuros y concediéndonos bienestares presentes.

No debemos entender el sexo en su forma coital únicamente, existen múltiples formas de gozar sin necesidad de penetrar o ser penetrados. Caricias erógenas, tactos masturbatorios o el solo contacto de la piel desnuda pueden hacer mucho por nosotros si sabemos perdernos el repeto llegado el momento. No espere príncipes azules añosos que si llegan serán, como mucho, licenciados o diplomados de familia media. Déjese de tanta pelota, que lo que suceda tras el partido a usted no le va a cambiar la vida, y vuelva a la nobleza del cortejo que culmina, en no pocas ocasiones, en el tálamo abrigado de una mujer ardiente.