Las palabras tienen el poder de evocar imágenes, emociones y sentimientos en el que escucha y también en el que lee, sirven para comunicarnos, expresarnos y para transferir información.

Al hablar, tenemos que estar seguros de que lo que decimos sea realmente lo que queremos decir para que los demás puedan comprender; y al escuchar tener la seguridad de entender lo que nos quieren decir; porque es imprescindible que el lenguaje esté conectado con la experiencia.

Las palabras pueden ser mal interpretadas y ocasionar serios conflictos personales y hasta políticos en el más alto nivel; y además son capaces de cambiar nuestro estado de ánimo, nuestra forma de pensar y sentir.


El lenguaje se ha ido formando por convención, atribuyéndole a los sonidos humanos un significado relacionado con la experiencia; o sea lo que la gente fue acordando que signifiquen a través de los siglos.
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Sin el lenguaje el hombre no podría pensar en forma abstracta y compleja, ni tampoco la sociedad sería lo que es hoy en día.

Cada persona tiene una forma diferente de experimentar el mundo y las palabras tienen el significado de las relaciones que hemos hecho con los objetos y experiencias de la vida.

Es difícil que las personas coincidan con el significado de las palabras abstractas que conocemos, como por ejemplo: amor, respeto, justicia, etc., y esta es la diferencia que no garantiza el entendimiento humano; cuando las palabras pueden significar cosas distintas según la perspectiva que tiene cada uno.

Tanto en los negocios como en la política, en la ciencia y en las relaciones personales, es muy importante ser precisos y rigurosos para comunicarse, para no dar lugar a interpretaciones erróneas contrarias a nuestros propios objetivos.

El lenguaje distingue ciertos significados, cuando son importantes para una cultura, adjudicándoles distintas palabras a un mismo objeto para hacer más precisa su identificación.

Por ejemplo: los esquimales tienen muchas palabras para distinguir distintos tipos de nieve y en Nueva Guinea tienen noventa y dos variedades de arroz.

Las palabras evocan experiencias sensoriales pero no son la experiencia misma, por lo tanto son portadoras de un componente subjetivo difícil de compartir.


Las personas que se desempeñan como comunicadores sociales en cualquier ámbito, tienen que tener la habilidad de utilizar el lenguaje con precisión para que los conceptos que difunden tengan significado para los demás.

La Programación Neurolingüística (PNL) diseñó un mapa del lenguaje que denomina metamodelo, para volver a conectar el lenguaje con la experiencia; para aclarar la comunicación y para poder transmitir con estricta fidelidad el significado que se desea expresar.

El lenguaje tiene una estructura muy profunda que es inconsciente y lo que hace la PNL es acortar esa estructura para esclarecer el lenguaje, convirtiéndola en una estructura superficial.


Este proceso incluye tres pasos;
1º: selecciona una parte de la información;
2º: crea una versión simplificada que inevitablemente cambia el significado; y
3º: generaliza.
Significa que para salir de la estructura profunda es necesario generalizar, cambiar y abandonar parte de nuestra forma de pensar para hablar con los demás.

Se trata de sustraer de nuestro vocabulario, al expresarnos, la información adicional, haciendo una generalización de los sustantivos específicos.

Este tipo de selección en el lenguaje hace a las palabras más impersonales y objetivas, propias de un observador pasivo.

Si la información es sólo la precisa y justa, permite a los interlocutores hacer las preguntas clarificadoras que les interese y evita colmarlos de información irrelevante subjetiva, que lejos de aclarar puede provocar confusión.


Fuente: “Introducción a la PNL”, Joseph O´Connor y John Seymour.