Las últimas estadísticas en Argentina nos indican, que ocupamos el primer lugar en Sudamérica y el cuarto en el mundo en lo que se refiere a los trastornos de ansiedad.

No es raro, teniendo en cuenta que es un país donde impera el individualismo y poca conciencia de que somos una comunidad.

La ansiedad es el miedo a lo desconocido, es el temor que lleva a una persona a estar en perpetuo estado de alerta frente a un eventual peligro o adversidad, impulsándola a huir hacia delante, a vivir apurada, ganarle la carrera al tiempo, adelantarse a los acontecimientos tratando de prevenir hechos posibles para asegurar su salvación y gastando sus energías en preocupaciones y cavilaciones inútiles, esperando que las amenazas que siente que se ciernen a su alrededor se hagan realidad.



Estas personas no viven el presente, sino en el futuro y tratan en vano, por todos los medios, de controlarlo.

Los problemas de la vida cotidiana pueden resultar una pesada carga. Necesidad de reducir gastos, preocupación por la inseguridad, mayores exigencias en el trabajo, inestabilidad laboral, menos tiempo para la recreación, conflictos familiares, etc., son las circunstancias que se atribuyen como causa de estos trastornos.

Pero la ansiedad es más un problema interno que externo, porque todos nacemos con la capacidad de resolver los problemas y de adaptarnos a los avatares de la existencia; y aunque la adversidad pueda acrecentar nuestros temores, la predisposición a adoptar una actitud fóbica y obsesiva es una característica propia de nuestros tiempos.

El miedo a lo desconocido y al futuro, produce estrés, porque exige un esfuerzo adicional a cualquier tarea que se emprenda.

Krishnamurti nos dice que la raíz del conflicto es la búsqueda del placer como forma de vida y además, actuar en la vida sin estar de acuerdo con uno mismo.

La gente tiene muchos intereses y objetivos diversos, pero ¿sabe acaso cuál es su principal interés, el más importante y que predomina sobre los demás?

Descubrir ese propósito relacionándolo con la vida diaria y comprometiéndose con él, hará que podamos resolver nuestra relación con los demás y sentirnos incluidos, formando parte del mundo y en paz con nosotros mismos.

El problema de los objetivos circunstanciales, que cambian con las modas y las necesidades ocasionales, es que no tienen para nosotros significado profundo alguno.

Centrarse profundamente en cuál es el interés primordial y vital que nos anima para dejar de sentirnos aislados y en peligro, exige dedicarnos completamente a ello para descubrirlo.

Saber cuál es nuestro más importante interés y capacidad incluye también conocer si este interés se centra solo en nosotros mismos, sin relación con los demás.

Cuando vemos cómo está el mundo tendríamos que tener la inquietud de preguntarnos si podríamos ser capaces de cambiar en forma total como seres humanos y producir en nosotros una revolución interior; porque la revolución interna produce una revolución externa.

No se trata de matar para lograr la paz, eso no es ninguna revolución en absoluto, es sólo destrucción, y absurdos deseos de odio y venganza.


La ansiedad es la consecuencia de vivir aislado sin la capacidad de establecer una verdadera relación, ni con el otro ni con el mundo. Es andar a contramano por la vida buscando el propio interés individual, la propia salvación, el disfrute particular, que carece de valor porque no incluye al mundo ni a los demás y no tiene significado alguno, porque nosotros somos el mundo y el mundo somos nosotros y nuestras vidas individuales no significan nada sin esta relación.

La vida de los demás no es tan diferente a la nuestra, porque cada uno de nosotros hemos hecho el mundo en que vivimos; y si queremos cambiar esta forma de vida primero tenemos que cambiar nosotros mismos.

Krishnamurti no espera que el cambio se produzca poniendo bombas o mediante estrategias políticas. Eso jamás podrá funcionar por decreto, sólo tendrá efecto si cada uno cambia individualmente.

Estamos acostumbrados a pensar que sólo tenemos responsabilidad hacia nosotros; por eso vivimos una vida fragmentada, dividida, en completa contradicción con respecto a los demás y al mundo.