La ansiedad es un trastorno común en esta época, caracterizado por un estado de inquietud y por una sensación o presagio indefinido de un peligro desconocido inminente.

La ansiedad puede estar acompañada de trastornos fisiológicos como por ejemplo, problemas intestinales, aceleración del pulso y de la respiración, etc.

Entre la ansiedad y la angustia hay una diferencia de grado, siendo la ansiedad de menor intensidad. Representa la actualización de la angustia existencial del hombre que lo conduce inexorablemente al dilema de la existencia, y a tener que vivir en la incertidumbre con la certeza de su propia finitud.



Las presiones cotidianas, el ritmo acelerado de la vida, el desprecio por la lentitud, el valor de la acción más que el respeto por la tranquilidad y el descanso, hace que todos estemos participando, sin quererlo a veces, en una carrera contra el reloj, con más ocupaciones que el tiempo para realizarlas y esta forma de vida produce ansiedad.

Algunos aún logran eludir la dictadura del tiempo y se comportan como si tuvieran todo el tiempo del mundo, pero la mayoría corre tratando inútilmente de ganarle al tiempo siguiendo un ritmo de vida agitado e intenso.

El tiempo sigue siempre siendo igual a si mismo, somos nosotros los que pretendemos hacer más cosas en el mismo lapso de tiempo; pero vivir acelerado no ayuda a que todo salga bien ni tampoco nos permite reflexionar antes de actuar.

La gente se condiciona a vivir apurada para cumplir con sus objetivos sin disfrutar de los procesos; y aunque no tenga obligaciones urgentes se las genera porque el ocio la pone ansiosa y no puede disfrutar de su tiempo libre.

Los países más industrializados, de más alto nivel de desarrollo son los que tienen el ritmo de vida más acelerado, en tanto que en los lugares más pobres, y en los que aún están en vías de desarrollo, la gente se mueve con menor rapidez. Por lo menos esta es la conclusión a la que arribó un estudio realizado por Richard Wiseman, profesor de Psicología inglés, que siguió las investigaciones realizadas por Robert Levin, filósofo y psicólogo norteamericano, autor del libro “Una geografía del tiempo”.

Este estudio revela que actualmente se vive un diez por ciento más rápido que hace diez años y que el uso del tiempo es algo personal que depende del estilo de vida que se elija.

Según Levine, la revolución industrial cambió el estilo de vida de la gente y aunque la invención de las máquinas ahorra tiempo, a la vez hace la vida más acelerada.

El aumento de la actividad laboral, las mayores expectativas y exigencias modernas, agregan mayor cantidad de compromisos que exigen tener más tiempo.

Antiguamente eran pocos los que trabajaban. En Europa, muchos vivían de sus títulos nobiliarios, que eran hereditarios y aseguraban una renta anual vitalicia por parte de la corona.

Por otra parte, las familias eran grupos que abarcaban varias generaciones, viviendo en la misma casa y manteniéndose con los mismos ingresos.


El problema del tiempo se agrava en los países que tienen una economía de consumo. El consumismo es la trampa que nos exige más trabajo y más tiempo y nos llena de ansiedad si no logramos resultados.

Al tiempo no sólo hay que usarlo, también hay que saber disfrutarlo, saber apreciar el ocio y también los procesos.

La velocidad hace que nos alejemos más de nosotros mismos y de los demás; nos impide contemplar la naturaleza y escuchar con atención a quienes queremos, afectando nuestra comunicación y nuestras relaciones.

No tener tiempo en estos tiempos es una forma de mostrarse importante, activo, productivo, interesante y moderno. Sin embargo, esa actitud individualista y superficial lleva a vivir pendiente de los resultados, produce ansiedad y miedo a lo desconocido y sólo deja tiempo para si mismo.


Fuente: Sophia.