Porque tenemos un cuerpo, estamos vivos.

El cuerpo es un tema del que se habla mucho, del que se dice mucho, única manera de poder enterarnos de lo que le pasa.

Tomaré el tema del cuerpo desde la articulación que hiciera el psicoanalista Joaquín Carett Ríos con la Biopolítica. Una propuesta interesante para pensar el cuerpo con el que trabaja el psicoanálisis. Y la implicancia que tiene nuestra civilización en los cuerpos.


Siguiendo algunos pensadores como Foucalt y Agamben, podemos decir que la política es Biopolítica a partir del momento en que el poder empezó a ocuparse de la vida biológica, teniendo a la especie y al individuo como principal objetivo. Así, este biopoder se ocupa -hoy y desde hace un par de siglos- de cuestiones de la salud, tales como la reproducción, la alimentación, la sexualidad, la higiene, etc. Es decir, del cuerpo.

Esta biopolítica lleva a que los individuos generen prácticas nuevas en sus vidas, surgiendo así, por ejemplo, distintas leyes como la ley antitabaco, las dietas alimentarias óptimas, el tema de la contaminación ambiental, políticas de inmigración, de natalidad; la inminente psiquiatrización de la infancia, la clasificación, la evaluación, y un largo etcétera.

La bioplítica surge con el capitalismo, arrasa sobre distintos terrenos de la vida como es la familia, el derecho, la sexualidad, etc., intentando tener control sobre todos ellos, que nada se les escape. Un poder sobre la vida, bajo el paradigma moderno de “hacer vivir, dejar morir”, como dice Foucault. Un paradigma fruto de la Revolución Francesa y las transformaciones que vinieron con ella.

Si la vida antes dependía del poder Soberano, ahora lo que está en el centro de la preocupación es que hay que hacer vivir “a toda costa”. Y lo que se esconde detrás de eso es: “Hay que hacer vivir”, en tanto mandato superyoico que invita a gozar, más y más… Como una exigencia de la que nadie puede escapar; una orden que se instala sobre los cuerpos. Y orientados por una promesa de felicidad a la que llegaremos si nos sometemos a esas normas.

Y existen pruebas de sobra de cómo eso fracasa constantemente, cuando se quiere alcanzar esa felicidad modificando conductas…

Desde el psicoanálisis, la noción de cuerpo tiene toda su particularidad, en tanto hablamos de un cuerpo que goza. Un cuerpo que goza significa que sufre y disfruta a la vez. Un cuerpo que se tiene. No se es un cuerpo, sino que se lo tiene, y es en este cuerpo donde reposa la vida, quedando anudada a un cuerpo que es condición de goce del sujeto. Esto significa que sin un cuerpo vivo, no hay goce. Y si al psicoanálisis le interesa la vida, es en tanto articulada a un cuerpo gozante.

No se trata de la imagen del cuerpo; no hablamos de morfología del cuerpo; tampoco podemos decir que el cuerpo esté exclusivamente situado en el campo de lo simbólico, como cuerpo marcado por los significantes,por las palabras que vienen del Otro.

El cuerpo del que hablamos en psicoanálisis es un cuerpo vivo, en tanto real.

Esta es la forma de vida a la que se aboca el psicoanálisis. Y en este puntos se puede decir que consideramos dos vidas: la vida del cuerpo vivo, gozante; y otra vida sin goce, es decir, una vida sin cuerpo. Y esto lo deslindamos en tanto sabemos que si hay vida más allá del cuerpo, es a través de los símbolos, en lo que el sujeto deja en el recuerdo de los demás, pero es una vida sin cuerpo, sin goce.

¿Pero cómo tomamos nota de este cuerpo vivo? A través de lo que se dice de él; a través de lo que el sujeto enuncia de su cuerpo. Y así podemos distinguir el goce del ser humano, del ser hablante, del goce animal, en tanto es el que le suponemos al animal a partir de sus expresiones.

El goce del ser humano no es así ni el goce que le suponemos a los animales ni el goce de los astros; sino que es el efecto de la captura del cuerpo orgánico por el lenguaje. Un encuentro en el que el cuerpo queda inmerso en el lenguaje. Es la palabra, el significante que penetra en el cuerpo, produciendo así goce.