Un cuerpo humano sin conciencia es como un animal salvaje, tiene las mismas apetencias y la misma necesidad imperiosa de satisfacerlas.

La conciencia es la que controla al cuerpo y no solo dirige el comportamiento y le brinda la capacidad de postergar sus deseos en virtud de aspiraciones más altas, sino que también influye en las funciones de los órganos.

Cuando el estado anímico está perturbado o el estrés altera la tranquilidad que el cuerpo necesita para funcionar correctamente, la conciencia puede restablecer el equilibrio y la armonía, fortalecer las defensas y evitar así enfermedades.


Casi todas las especies desarrollan instintivamente la capacidad de organizarse en grupos o colonias, donde cada individuo tiene su rol y lo cumple naturalmente sin pretender la función de otro ni rebelarse contra sus líderes dominantes.

Los animales viven en un mundo cerrado atados a sus instintos, pero el hombre es un ser libre que casi ha olvidado sus instintos.

Un cuerpo humano sin conciencia, razón o capacidad de juicio es como una hoja al viento, actúa y se desplaza por la vida en forma anárquica y sin ningún objetivo.

Se encuentra en una posición aún peor que la de cualquier animal, porque queda separado de su comunidad y aislado.

Para un ser libre, su conciencia debe ser el líder de su cuerpo; y si ésta desempeña correctamente su liderazgo será un persona en armonía con un cuerpo que funcionará correctamente en equilibrio con su ambiente.

El cuerpo sin conciencia tiende a actuar intentando satisfacer no sólo sus necesidades primarias sino también sus inquietudes secundarias adquiridas en su experiencia; y si no consigue aliviar sus impulsos rápidamente, de la misma forma que cualquier animal depredador, se vuelve agresivo e intenta conseguirlo con la violencia.

La conciencia es la única instancia que posee el hombre que lo puede hacer reflexionar y ayudar a postergar sus ambiciones inmediatas.


Solamente los seres conscientes de si mismos, que actúan respetando y obedeciendo a sus conciencias poseen dignidad humana.

La conciencia está en cada uno de nosotros, en algunos a flor de piel y en otros en la más profunda oscuridad de sus corazones; es el observador, el si mismo y el cuerpo debe estar a su servicio.

Hay que permitir que la conciencia aflore y ejerza su liderazgo sobre el cuerpo con seguridad y firmeza; y de esta manera podrá obtener lo mejor de su persona.

El cuerpo se siente mejor y funciona correctamente cuando lo dirige la conciencia; puede recuperar sus funciones normales, si las ha perdido, restablecer la salud de los órganos dañados y equilibrar cualquier desorden.

Así como el cuerpo es capaz de grandes hazañas y proezas cuando su conciencia lo obliga, así también puede normalizar su funcionamiento cuando está alterado.


Muchos temen a su propio cuerpo y sufren pensando en que puede enfermarse, pero la conciencia es el líder del cuerpo y si está empeñada en lograr su salud lo conseguirá.

Tanto los desequilibrios como el mismo equilibrio del cuerpo dependen de la conciencia, de su discernimiento, de su modo de asimilar las experiencias, de sus ganas de vivir, de sus valores y de sus proyectos.

Toda conciencia equilibrada, racional y calma es dueña de un cuerpo que funciona en forma correcta y organizada.


Como un animal salvaje, el cuerpo necesita una conciencia firme y segura que le de tranquilidad y que lo domine, para que ambos, cuerpo y conciencia, permanezcan unidos y alcancen la dignidad humana.