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Dinámica familiar

Relaciones familiares.

Bebés que lloran demasiado

¿Por qué llora un bebé y nada lo consuela?; es la pregunta que todos los padres se hacen cuando ya intentaron todo para tranquilizarlo.

El llanto de un bebé puede tener muchas causas, pero lo que si es seguro es que está requiriendo atención porque por alguna razón está molesto.

Los bebés tranquilos que casi no lloran son los que se sienten cómodos, están rodeados de personas calmas, en un ambiente donde no hay tensiones ni gritos.

Es difícil hoy en día vivir en un ambiente libre de estrés, pero existen recursos que pueden devolver la paz y la tranquilidad a una familia con un bebé.




La aromaterapia ofrece una gama de aceites esenciales que tienen propiedades relajantes. También los masajes suaves tranquilizan a los bebés que disfrutan mucho del contacto físico; y la música suave o el canto, también ayudan a calmarlo.

A través de la red de Internet los padres primerizos se pueden conectar con grupos de padres en la misma etapa o que ya la han superado, para consultar sobre los problemas comunes que los pueden estar afectando de la misma forma y compartir de ese modo las mismas soluciones.

A veces, lo que necesita un bebé es salir del espacio hogareño limitado por las cuatro paredes que lo pueden estar agobiando, porque los bebés se aburren como los adultos; y como ellos, necesitan variación de estímulos, de modo que un breve paseo por los alrededores en el cochecito puede hacer milagros.

Lo peor que puede ocurrirle a un padre o a una madre es perder los estribos y ponerse a gritar; porque esta conducta hace que el bebé se altere mucho más. Para estos casos es eficaz un te de tilo, para tranquilizar a los padres cuando el bebé llora sin parar.

Los bebés son como esponjas, porque absorben todas las emociones que expresan los adultos que lo rodean y tienden a sentirse del mismo modo.

El llanto es la única herramienta que tiene un bebé para comunicarse y casi siempre indica incomodidad. Probar distintas alternativas para calmarlo es útil no sólo para atender sus reclamos sino también para desarrollar la intención del entendimiento mutuo.

Es importante considerar al bebé y tratarlo como una persona desde el primer momento, demostrándole que tenemos en cuenta su presencia, saludándolo, hablándole, contándole cosas, dándole su lugar, haciéndole gestos y brindándole caricias, y dándole importancia a sus avances y manifestaciones espontáneas.

Un bebé debe recibir demostraciones de afecto, debe ser abrazado frecuentemente y tranquilizado cuando se altera, tratando de transmitirle el mismo estado emocional calmado que deseamos en él.

Los espacios verdes, la luz indirecta del sol, los árboles, las plantas y el césped, son tranquilizadores y favorecen el buen estado anímico de un bebé, que después de ese paseo vuelve al hogar relajado y muchas veces dormido.

La peor hora para los bebés es la puesta de sol, que es cuando se ponen imposibles, que es la hora ideal para el baño.

Siempre serán más eficaces pocos minutos de entera dedicación que tratar de aguantarlos mucho tiempo, porque los bebés nos sorprenden actuando diferente a nuestras peores expectativas.

Lo mejor es ser espontáneo y encarar los malos ratos con buena onda, riendo y manteniendo alto el espíritu, porque a los chicos como a los grandes lo que más les importa es que se les presten la debida atención.

Los primeros 18 meses de vida, los cerebros de los bebés son como computadoras en blanco que registran toda la información, y desarrollan conexiones neuronales sólidas a niveles profundos que pueden condicionar o beneficiar su futuro.

Un bebé absorbe palabras, emociones, conductas, actitudes, intenciones, percepciones de toda índole, o sea, todo tipo de información de las cosas que lo rodean y de las personas, y las conserva para siempre a nivel consciente e inconsciente.

El contacto físico es lo que garantiza a un bebé contención y seguridad, lo hace sentir sostenido, amado y acompañado, lo ayuda a relajarse y a dormir.

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Hombres Solos

Hoy en día los jóvenes demoran demasiado en convertirse en hombres; y además la gente a su alrededor les confirma que aún siendo mayores de edad todavía no son adultos.

Un relator de noticias se refirió hoy a un “chico” de 23 años que fue atacado al salir de una discoteca; sin aclarar las circunstancias.

Obviamente, una persona de 23 años no es un “chico” sino un adulto plenamente responsable de sus actos como dice la ley; sin embargo, a los 23 años, un hombre en esta sociedad, aún es considerado “un chico” por el imaginario colectivo; y como tal un ser indefenso y vulnerable como para que los adultos y la autoridad competente los cuide para que no se lastime.

Esa actitud de los jóvenes y de los no tan jóvenes de no querer crecer, está generando un verdadero ejército de hombres solos a quienes no les interesa desarrollar una vida afectiva.



Un afamado conductor de televisión, que ya tiene más de cuarenta años, que se encuentra en la cumbre de sus aspiraciones como escritor de éxito y periodista, confesó en una entrevista que se extraña cuando los jóvenes a su alrededor lo tratan como un adulto y no como uno de ellos.

Esa necesidad de pertenecer siempre a un grupo adolescente y no madurar, demuestra no querer asumir el rol de un adulto, el temor a las responsabilidades que esa condición les pueda demandar, el miedo a la vida y a considerar la posibilidad de la muerte.

Las estadísticas señalan que en la Ciudad de Buenos Aires, existe un porcentaje muy elevado de gente que vive sola.
Las mujeres dicen que no hay hombres y los hombres que están disponibles no piensan en las mujeres como una alternativa para la convivencia, dejan esa posibilidad para más adelante porque no importa la edad que tengan se sienten aún demasiado jóvenes; prefiriendo formar parejas cama afuera, sin la posibilidad inmediata de tener hijos y formar una familia.

Vivir para si mismo puede ser placentero y gratificante en cierta forma, pero estas personas no conocen otra cosa y creen que eso es lo mejor. Se aferran a lo conocido en forma casi obsesiva, porque para ellos la rutina es su compañera de viaje, algo para hacer que le impida pensar más allá de lo concreto.

En lugar de decidirse a experimentar el desafío de lo nuevo en sus vidas y decidirse ser hombres con una historia, atraviesan ese trayecto en soledad, sin compartir nada y relacionándose ocasionalmente con alguien, sin compromisos serios, tal vez para no sufrir desilusiones ni el dolor de las pérdidas o para evitar disgustos con eventuales hijos, o para no sentirse presionado por obligaciones familiares ni por los avatares de la vida en común.

Pero en esta vida, si no se conoce el dolor tampoco se puede disfrutar de las alegrías. Sin embargo, los hombres prefieren renunciar a su rol natural de tener una pareja y procrearse, se pierden la experiencia de ser padres y de construir su propia familia.

Tal vez temen fracasar, o pretenden la mejor mujer y tener los mejores hijos y como de eso no pueden estar seguros renuncian al propósito esencial de la vida, porque los afectos son los que quedan cuando todo lo demás que parece tan importante se termina.

El amor es entrega y cada persona cuenta con un gran caudal de amor para dar; pero cuando no lo canaliza adecuadamente se puede convertir en sentimiento de fracaso, baja autoestima y odio a si mismo.

El miedo y el ataque de pánico, tan común en esta época, es un signo de miedo a la vida y sentimiento de culpa por resistirse y no aceptar con coraje los desafíos, y la relación con el otro es el comienzo para salir de uno mismo y poder sentir que se forma parte del todo.

Creer que vivir en soledad es lo mejor, es sólo una creencia, una suposición sin fundamento. No podrán saber nunca que es lo mejor hasta que no vivan esa experiencia, ya que es algo que no se pueden imaginar ni tampoco comparar con la vida de otros, porque cada persona es diferente.
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La Transpersonalidad

Toda persona posee latente en su interior la dimensión transpersonal, en la que se encuentra una cualidad superior de la personalidad.

Es un don natural que está a disposición de quien la intente desarrollar en forma consciente con el entrenamiento adecuado.

Desde este punto de vista, el si mismo es el centro de referencia que muchos no saben que es peligroso ignorar.

Roberto Assagioli, médico y psiquiatra italiano (1888-1974), comenzó la investigación de este tema en 1906. Se especializó en Psiquiatría en Zurich y desde muy joven observó con interés la estrecha relación entre los aspectos biológico, emocional y mental del hombre.

Fue un humanista que amplió el horizonte de la psicología hasta el plano de la espiritualidad, desarrollando una forma de encarar esta disciplina que denominó Psicosíntesis.



Assagioli adopta una postura opuesta a la acostumbrada marginación del plano espiritual dentro del ámbito científico, proponiendo abordarlo mediante un método experimental, no solo cuantitativo, sino enriquecido con el valor cualitativo de la experiencia personal, desplazando la observación del mundo externo al interno y sin perder su carácter objetivo.

Él mismo intuyó y experimentó la purificación, fenómeno que permite el surgimiento de una nueva humanidad libre de pasiones, sufrimientos y apegos.

Durante toda su vida se ocupó del estudio e investigación de experiencias superconscientes, que son el objeto de interés de la psicología transpersonal.

El término transpersonal – que fue introducido sobre todo por la escuela de Maslow, por ser más preciso que la palabra espiritual, que abarca una gran cantidad de fenómenos ocultos de dudoso rigor científico – indica aquello que está más allá de la personalidad ordinaria, concepto que tiene en cuenta la observación de los hechos, la experiencia y los fenómenos de la conciencia.

Desde un principio el hombre fue capaz de trascender su conciencia ordinaria en forma espontánea o voluntaria, y llegar a conectarse con una realidad superior.

William James, en su libro “Variedades de la experiencia religiosa”; ha hecho un estudio científico serio sobre este tema, demostrando la realidad y el gran valor de la trascendencia.

Esa invisible realidad no es solo un ideal, ya que produce efectos en el mundo sensible; y cuando se penetra en ella puede transformar la personalidad entera, haciendo surgir un nuevo hombre más evolucionado, con otra forma de comportamiento.

Según Assagioli, el cambio que hace posible esta vivencia es suficiente motivo para investigarla seriamente, a través del estudio profundo de toda la documentación existente sobre esta materia, y mediante la experimentación personal; tratando de evitar la contaminación de las experiencias, con creencias religiosas o místicas, o con otros tipos de experiencias llamadas espirituales, que no tienen ninguna relación con este tema.

La realidad superconsciente es una experiencia directa; tal como los denomina Bergson, son datos de la conciencia, los cuales constituyen en si mismos una prueba de una realidad psicológica.

Lo incosciente, lo consciente y lo superconsciente están en continuo intercambio, porque son condiciones temporales de lo psiquico.

El superconsciente puede irrumpir repentinamente en la conciencia a través de intuiciones, iluminaciones o inspiraciones, con frecuencia en forma inesperada, aunque también pueden ser invocadas.

Otra forma de acceder es cuando el centro de la concienca se eleva a niveles superiores a los oridnarios desde el yo auto consciente hasta el superconsciente.

Existen testimonios de estas experiencias, en todas las culturas y han existido en todas las épocas.

Estas experiencias pueden ser de distinta clase; pueden pertenecer al ámbito religioso o ser experiencias místicas, pero no se agotan en éstas, sino que también pueden tener diversas características.

Son pocos los psicólogos que se dedican a este ámbito de la Psicología. Assagioli cree que es el modo de vida materialista del hombre moderno el que le impide conectarse con este nivel de consciencia y lo lleva a huir de si mismo.

Fuente:”Psicosíntesis: Ser Transpersonal” – El Nacimiento de nuestro Ser real”, de Roberto Assagioli, Gaia Ediciones, 1996.


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Se puede vencer la timidez

La timidez es un rasgo de carácter que se puede cambiar.

Una persona tímida está expresando temor al trato social, a enfrentarse a situaciones nuevas, a relacionarse afectivamente, a hablar, a dar una opinión, a tener una iniciativa, a participar en un grupo, a pasar vergüenza por sentirse siempre inapropiado o mal vestido o por el miedo a hacer el ridículo y al rechazo.

Los tímidos han adquirido el hábito de pasar desapercibidos y por esta razón pueden perderse muchas oportunidades en sus vidas.

El tímido es inseguro, tiene baja la autoestima, poca tolerancia a la frustración y ninguna resistencia a la crítica.



Para participar en alguna actividad, los últimos en tener en cuenta son los tímidos, porque se esconden, se van antes, se sienten mal, inseguros, y deseosos de estar solos.

La timidez no es solo un problema psicológico sino que también puede producir manifestaciones orgánicas, como sudoración en las manos, palpitaciones o colon irritable.

El tímido tiene miedo al entorno social, a las exigencias, a la mirada de los demás, a las opiniones ajenas y a lo que pueden pensar los otros o decir de él.

Se esfuerza por mantener un bajo perfil, trata de no ser notado ni distinguido en ningún aspecto para no tener que enfrentar situaciones que lo asustan, tanto las alabanzas como las críticas.

Tiene una alta autocrítica y sentimiento de inadecuación y puede llegar a ser un solitario que solo se lleva bien con su computadora.

El tímido siente que fracasa cuando intenta agradar a los demás, su inseguridad le provoca torpeza y rigidez y siempre trata de hacer lo que hacen los demás sin atreverse a ser él mismo.

Se puede sentir bien con personas conocidas pero quedarse mudo en un rincón cuando aparece gente nueva.

La timidez tiene un componente temperamental, que a veces se hereda. Son personalidades introvertidas que pueden complacerse viviendo encerrados en su mundo interno y ser cautos y desconfiados para relacionarse.

Por lo general, su timidez les produce sufrimiento, ya que pueden perder a la mujer que aman, ascensos en su trabajo, la posibilidad de vivir experiencias nuevas o de cambiar de vida, porque la rutina les da una falsa sensación de seguridad.

La timidez exige vivir aislado, evitando el contacto con los otros y rechazar la competencia porque hace que la persona renuncie antes del intento.

Existen grupos terapéuticos que resultan eficaces para los tímidos, una buena oportunidad para aprender a relacionarse y perder el temor al otro.

Estudiar teatro es también una forma de comenzar a salir de ellos mismos al ensayar distintos roles, poniéndose en el lugar del otro y dándose cuenta que se puede ser diferente.

Casi todas las tareas o deportes en equipo son recomendables, ya que obligan a vincularse, colaborando y dependiendo de los demás; y al participar con las propias habilidades se puede aprender a confiar en si mismo y a elevar la autoestima.

Un trabajo que exija atención al público es una de las mejores técnicas para aprender a dominar la timidez, porque el trato cotidiano con muchas personas diferentes quita la fobia social.

Los tímidos necesitan aprender a apreciar sus propias cualidades, aceptarse como son y darse cuenta que no tienen que ser como los demás para ser aceptados, sino tal cual son, únicos y distintos.
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El Desconforme

Vivimos en un mundo lleno de posibilidades que puede hacer que al habitante de una gran ciudad, que sea ansioso y pretencioso, le pueda resultar difícil no desear todo lo que tienen los demás, presionado por una gran cantidad de estímulos que le obligan a tener un ingreso más elevado.

Puede ser que muchas de esas cosas que desea sean prescindibles, pero que se convierten en una necesidad cuando las tienen todos.

Algunos pueden pensar hasta en dejar su país, para intentar mejores perspectivas en otro y sueñan con emigrar para alcanzar todas sus metas y llegar por fin sentirse satisfechos.



Pero no existen países ideales y además hay que adaptarse a costumbres y modos de vida diferentes y a veces pueden hablar otro idioma, de manera que aunque resulten satisfactorios en un aspecto pueden no serlo en otros.

Pero el deseo de trascender las fronteras y ver más allá de lo conocido es propio del hombre, aunque es probable que si estuviera dispuesto a mirar mejor a su alrededor podría encontrar todo.

Había una vez un sastre llamado Alí, que vivía en un pequeño pueblo de un país remoto, que aunque había logrado hacer lo que le gustaba y tener todo lo que necesitaba, se sentía insatisfecho.

Una noche soñó que en una lejana ciudad, más allá del océano, debajo de un antiguo puente encontraría enterrado un gran tesoro.

Cuando se despertó, le parecía imposible que su visión hubiera sido un sueño, por resultarle tan vívido y real.

Tan obsesionado estaba con ese sueño que pensó que no podía ignorarlo y que era su deber hacer el viaje para comprobarlo.

Llegó a ese país extraño y se encontró perdido ya que no entendía el idioma y le fue imposible dar con el puente antiguo por sus propios medios.

Por fin, encontró a un grupo de mercaderes que afortunadamente hablaban su lengua y les contó que estaba buscando un antiguo puente, porque había soñado que debajo de él encontraría un gran tesoro.

Los hombres se rieron de él por su aparente ingenuidad y le confirmaron que en esa ciudad no existía ni había existido nunca un puente con esas características.

El que más festejaba su ocurrencia, le dijo que él también había soñado una vez hacía mucho tiempo, que encontraría un tesoro debajo del piso del sótano de la casa de un sastre llamado Alí, que vivía en un pueblo, más allá del océano; pero como él no creía en esas tonterías no le dio a ese sueño ningún crédito.

El sastre no dijo nada y con desilusión volvió a su casa, pero intrigado con la información que le había dado el mercader sobre su propio sueño, ni bien llegó, se puso a cavar el piso del sótano con gran entusiasmo y curiosidad.

Después de haber hecho un gran hoyo, cuando ya se sentía extenuado por el esfuerzo y a punto de abandonar su intento, su pala tocó la tapa de bronce de un gran cofre que estaba enterrado.

Cuando lo abrió, se encontró con un gran tesoro, que sin él saberlo, había estado enterrado desde hacía mucho tiempo, en su propia casa, al pie de la escalera, debajo del piso de su sótano.

Todo lo que se encuentra oculto detrás de lo cotidiano no lo vemos porque nos atrae lo desconocido y queremos saber qué es lo que hay más allá del horizonte.

Pero si aprendemos a mirar, nuestro mundo conocido puede ser tanto o más valioso que lo que esperamos encontrar en otro.
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Status y Roles

Toda organización social es un sistema de status sociales y un sistema de roles, y el hombre individual como miembro de esa sociedad, ocupa una posición o status social y desempeña distintos papeles o roles.

El status es el puesto que le corresponde a cada miembro en un sistema social y los roles son los papeles que cumple.

El concepto de status se refiere, desde el punto de vista formal, al rango de la jerarquía que se ocupa en un grupo, con la capacidad para influir sobre los demás integrantes y sobre el desarrollo de esa organización.

Corresponde a la cualidad de status la jerarquía militar, los maestros en una escuela, el director de una empresa, los jefes de cualquier grupo de trabajo, el padre de familia y todo aquel que tiene una función de autoridad.

El término status también se relaciona al prestigio que un individuo tiene en un grupo social, por la posición que ocupa, aunque no tenga autoridad sobre él.

Los factores que determinan en este caso el status pueden ser: el nacimiento y el origen, la edad, el sexo, la raza, clase social o la profesión.



En la Edad Media existía la posición de noble, que aún existe en algunas culturas monárquicas.

Schopnhauer, en su trabajo “Sobre las mujeres” designa al sexo femenino como secundario, status que la mujer ocupó durante mucho tiempo en la sociedad occidental hasta su emancipación a partir del siglo XIX.

El status es diferente según la cultura y puede ser adjudicado o adquirido generalmente por rendimiento.

El papel o rol en cambio, es el conjunto de actitudes, modos de comportamientos o convicciones, que se esperan despliegue un individuo según la posición que ocupa y las tareas y modos de conducta que se relacionan con ella.

El rol se experimenta como una vivencia interior y un mandato interno, en cuanto a los derechos y las obligaciones ligadas a él en un determinado contexto.

Se pueden desempeñar muchos roles sociales, como por ejemplo el de esposo o esposa, padre o madre, hijo, hermano, jefe, subordinado, patrón, profesional, maestro, alumno, adversario, colaborador, competidor, consumidor, hombre, mujer, joven, niño, etc.

De todos los roles sociales se espera una forma de comportamiento, una determinada actitud que responde a un conjunto de valores, que pueden ser distintos según los sexos o la edad.

Cuando el rol es ambiguo, por ejemplo el del adolescente, que no es ni un niño ni adulto, o el del homosexual, que no es ni hombre ni mujer, se produce un conflicto, por falta de aceptación social, rechazo, discriminación, prejuicio y carencia de modelos fijos como parámetros.

El status y el rol se diferencian conceptualmente pero se relacionan, ya que al status le corresponden expectativas de roles.

El status se recibe o se adquiere y los roles se aprenden y se integran.

La falta de cumplimiento de los roles produce desorganización y trastornos en un grupo y puede llegar a disgregarlo y disolverlo.

Si los roles que se esperan de un padre, como representante de la autoridad y sostén, y de una madre, como formadora emocional y afectiva de sus hijos; no se cumplen, y el padre es holgazán e inestable y la madre egoísta e incapaz de dar amor, la familia se perturba y la descendencia aprende a hacer lo mismo.

El papel de los hermanos es útil porque sirve de entrenamiento para aprender a compartir y a no pensar solo en si mismo.

Los roles son complementarios, o sea que para cada rol existe otro contrapuesto y una relación interpersonal correspondiente entre ellos.

Según las expectativas, los roles pueden generar actitudes subjetivas como confianza o desconfianza, obediencia o rebeldía, aceptación u oposición, colaboración o rivalidad, celos o resentimiento; y cuanto más estrecha sea la conexión o el vínculo entre los miembros y más cosas en común realicen, mayor será la posibilidad de la ocurrencia de cualquiera de estas oposiciones tanto negativas como positivas.

Por ejemplo, en una pareja puede haber mucho amor pero también mucho odio, mucha colaboración y también mucha rivalidad, etc.

Fuente: “El Hombre como ser social”, Philipp Lersch, Editorial Scientia, 1967.


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Madres Cómplices de sus Hijos

Toda pareja tiene un modo de relación que depende de distintos factores, como por ejemplo, el carácter que tiene cada uno, el nivel de educación, la cultura a la que pertenece, sus experiencias, etc., elementos que se combinan y que le dan una dinámica propia a cada pareja.

Cuando tienen hijos, si el hombre tiende a ser autoritario e intolerante, rígido y con altas expectativas con respecto a ellos, es probable que el resto de la familia le oculte cosas que pasan y que saben que a él no le gustan.



Este modo de comportamiento familiar, mantiene alejado al padre de los problemas y al margen de las decisiones al respecto.

Desde afuera puede parecer una familia ejemplar, en la que no ocurre nada inapropiado, en donde no hay discusiones ni cambio de opiniones y todo parece ir sobre rieles.

Pero internamente puede ser un volcán en ebullición listo para explotar en cualquier momento y producir una catástrofe.

La madre suele ser el fusible de las situaciones que no se blanquean y permanecen ignoradas por el padre, cuando asume toda la responsabilidad y no permite que trasciendan los problemas de los hijos, más allá de ella, dejando a su marido de lado sin la posibilidad de ejercer su rol.

Esto puede ocurrir por muchos motivos:
1) Cuando el padre es incapaz de aportar soluciones ni entender circunstancias que no estén de acuerdo con su manera de pensar y sólo atina a enojarse, cortar la comunicación y evadirse cuando hay un problema.
2) Cuando frente a una situación inesperada y que no le agrada hace una escena y se descontrola,
3) Cuando reacciona a las dificultades con mutismo absoluto
4) Cuando se niega a pedir ayuda profesional cuando la familia la necesita.
5) Cuando evita estar en la casa más tiempo del habitual para no hablar del asunto que le incomoda
6) Cuando se niega a hablar con los profesores cuando es requerida su presencia.

La mejor manera de tratar con estos hombres es introduciéndolo en la realidad de a poco, ir preparándolo para que pueda recibir el impacto, para evitar una reacción hostil, pero nunca dejarlo afuera ni tratar de resolver las cosas unilateralmente, haciéndose la madre cómplice de los hijos.

Pero no siempre el padre es el responsable de la falta de comunicación familiar, porque también las madres suelen cometer errores muy grandes que luego tienen que lamentar.

1) Cuando sobreprotegen a sus hijos y pretenden gozar de su preferencia
2) Cuando se comportan de manera permisiva
3) Cuando se ponen al mismo nivel de los hijos y pierden el rol
4) Cuando quieren ser compinches de los hijos y les dan dinero a espaldas de su marido
5) Cuando festejan las andanzas de los hijos aunque no sean aceptables
6) Cuando desean vivir las experiencias de los hijos como propias

En estos casos, el padre no puede actuar aunque quisiera, porque ignora la situación, ya que el resto de la familia se confabula para ocultarle cosas.

Es necesario que en una familia el padre y la madre se comporten como un equipo, que pongan las reglas y las hagan cumplir y que no se solidaricen con los hijos por separado arriesgándose a perder el rol y la autoridad.

Frente a los problemas, primero, ambos tienen que escuchar a los hijos, darles la oportunidad de expresarse sin interrumpirlos ni agredirlos; siendo capaces de enfrentar lo que sea, sin juzgar, sin gritos y tratando de actuar racionalmente, si es que realmente desean ayudarlos.

Saber cuál es el problema ya es parte de la solución y de nada sirve que se oculten las cosas, porque si la relación familiar se mantiene basada en el engaño y la mentira, los hijos aprenderán a establecer el mismo tipo de relaciones y de todos modos, en algún momento se descubrirá la verdad y será más difícil la solución.

Los hijos que tienen problema siempre recurren a las madres primero; y es muy fuerte para una madre la tentación de quedar bien con ellos haciéndose cómplice y abandonar su rol, pero esta actitud tiene un precio muy alto, una carga emocional muy grande, un exceso de responsabilidad y culpa que con el tiempo llega a agobiar y hace muy difícil la convivencia.
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Crecer es Difícil

El crecimiento del cuerpo es natural e inevitable y todos los días de la vida registramos en alguna medida el paso del tiempo; sin embargo, el cambio psicológico que debería acompañar esa evolución no siempre se produce espontáneamente y sin dificultades.

Es difícil lograr la sincronía entre el cuerpo y la mente, porque la mente se aferra a lo conocido y al pasado.

A toda persona le cuesta incorporar lo nuevo en todos los ámbitos de su existencia y desconfía de lo nuevo que es lo desconocido que surge como resultado de la transformación cotidiana.

Un niño también sufre con los cambios, porque tiene que adaptarse a situaciones diferentes a medida que crece; pero los niños desean crecer, ser grandes y luchar por su independencia.



Sin embargo, cuando ese niño se convierte en adolescente comienza a sentirse incómodo con su cuerpo, se vuelve torpe, pierde la inocencia y el candor de la niñez y adquiere un estado intermedio donde los parámetros no son fijos y donde no puede ser un niño ni tampoco un adulto.

La adolescencia es la etapa más difícil de la vida, en un mundo donde parece no haber lugar para él y donde siente que no encaja. Por eso el adolescente se refugia en un grupo de pares, que es el que lo contiene y donde todos lo comprenden, porque se sienten como él, sapos de otro pozo.

En grupo, un adolescente se atreve a llamar la atención, a hacerse notar, a veces hasta el límite de adoptar conductas antisociales. Necesita desesperadamente diferenciarse para encontrarse a si mismo, y salir de la incertidumbre de no poder insertarse en el mundo adulto.

Sin embargo, el miedo al cambio puede paralizarlo, porque tiene que adaptarse a un cuerpo que desconoce y que lo desconcierta, y a una sociedad que difiere de su entorno familiar; saber quién es, qué hacer sin depender y enfrentar a los padres y al otro sexo.

No todos logran hacer tantas cosas al mismo tiempo cuando su entorno es permisivo y cómodo, lo hace sentir seguro y le permite postergar indefinidamente todo.

Cuando un adolescente tiene todas sus necesidades satisfechas y la familia no lo orienta y guía para que asuma su responsabilidad como futuro adulto y continúa tratándolo como un niño, su crecimiento psicológico se interrumpe.

Se refugia entonces en la ilusión de ser grande sólo para algunas cosas placenteras, como tener sexo, salir solo, vestirse como quiere, pero seguir siendo un niño para eludir la responsabilidad que representa crecer, o sea, la obligación de prepararse para hacerse cargo de él mismo.

En un entorno donde generalmente tanto el padre como la madre trabajan, él descansa, se divierte, no se interesa por nada constructivo, porque seguramente sus padres no cumplieron su rol y nunca le pusieron límites, y hasta es muy probable que tampoco quieran crecer y convertirse en padres de un adulto.

El crecimiento es un fenómeno que es rechazado en todas las etapas de la vida por temor al cambio. Todos querríamos se siempre niños inocentes, ser siempre adolescentes sin responsabilidades, ser siempre jóvenes, porque es muy difícil aceptar que la vida es cambio, cuando se vive aferrado al ego y el afán es competir y destacarse para ser mejores que los demás. Pero puede ser fácil si se vive para satisfacer al sí mismo, porque el ser verdadero no tiene edad, ni tampoco tiempo y sólo desea Ser el mismo.


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Hijos Adolescentes

La adolescencia es el período de la vida que se caracteriza por los grandes cambios que se producen, tanto externos como internos.

A esa edad, la voz cambia, el esquema corporal se modifica y el crecimiento es asincrónico.

Los adolescentes se sienten incómodos con su cuerpo; se tornan torpes, el estado de ánimo es cambiante y pueden pasar de la abulia al entusiasmo extremo en un mismo día.



Los intereses son diferentes y les cuesta mantenerlos; y sus gustos se vuelven volátiles.

Pierden la noción del tiempo, son impaciente porque no puede esperar, reaccionan en forma violenta, defienden la justicia.

Se oponen a los padres y a las normas establecidas, son extremistas, se sienten omnipotentes y se arriesgan demasiado.

Todas estas características se asemejan a los síntomas de una patología pero en esa etapa del desarrollo son normales, porque es la anormalidad normal de un adolescente, un período de crecimiento que permite pasar a la vida adulta.

Los padres tienen que acompañar este proceso con paciencia, amor y firmeza; manteniéndose atentos y orientando sin interferir ni obstruir el potencial natural de sus hijos.

Este es el momento de conocer la propia identidad, de los cuestionamientos religiosos, de las dudas, de la indefinición, y de los temores y ansiedades que provoca enfrentarse con las exigencias del propio cuerpo.

También para los padres es un período de adaptación y cambio, en el que tienen que aprender a ser padres de alguien que ya no es más un niño y hacer frente al avance de los años en sus propias vidas.

Es inútil que los adultos se empeñen en inculcarles a los hijos lo que a ellos les gustaría que fueran, ni planificar ni proyectar para ellos un futuro; porque esta es una tarea que tienen que hacer los jóvenes, en la que sin duda influirán las identificaciones con las personas significativas, el ambiente en que han vivido y su grupo de referencia.

Lo que los padres no pudieron hacer durante la niñez de sus hijos, no lo podrán recuperar ni realizar llegada la adolescencia, porque será tarde para recibir las enseñanzas que un adolescente no admite.

El respeto por las tendencias e intereses de los hijos permite una más rápida adaptación a las nuevas condiciones de la vida y una mejor relación con los padres que aún no han terminado su trabajo.

Porque su rol no ha terminado sino que ha cambiado y no se trata de adoptar actitudes de indiferencia abandonándolos a su suerte, porque eso no es lo que un adolescente desea de sus padres, sino de brindarles una presencia atenta que les permita a la vez ser un modelo de comportamiento, para que sus hijos se puedan dar cuenta de los valores que defienden, su forma de relacionarse, su modo de enfrentar los contratiempos y su nivel de compromiso con las cosas que les dan sentido a sus vidas.

El temor de los padres frente a los peligros que acechan a los adolescentes, se justifica, ya que los jóvenes no suelen ver los riesgos que pueden sufrir en una ciudad grande que le ofrece toda clase de tentaciones.

Es en estos momentos en que la educación que brindaron los padres se pondrá a prueba, de modo que sólo les queda a ellos confiar en sus hijos y en lo que hicieron por ellos.

Lo más importante es seguir estando presentes y disponibles, prestarles atención y ejercer su rol comprometidos en el proceso de crecimiento de sus hijos, siendo firmes y poniendo límites, sin olvidar que ellos también aprenderán muchas cosas por sí mismos.

Cuando los padres son responsables y en el hogar se han respetado las reglas impuestas, es difícil que los hijos se conviertan en transgresores en otros ámbitos.

Los adolescentes necesitan amor y orientación, padres atentos que no abandonen su rol; porque su actitud y seguridad serán las bases firmes de la personalidad de sus hijos y le servirán siempre como referencia orientadora.


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Educación para Padres

Padres equilibrados y coherentes hacen que sus hijos sean futuros adultos sanos y felices.

Cumplir el rol de padres sin ambigüedad, permite que los hijos también aprendan a asumir los roles que tendrán que ejercer en sus propias vidas.

Los niños tienen que ver conductas éticas y respeto por los valores humanos en sus padres para poder incorporar en sus vidas el mismo comportamiento ético y los mismos valores.

La comunicación abierta y fluida y el reconocimiento de los logros y cualidades ayuda a los hijos a confiar en si mismos, y aprender a conocerse desde la infancia.

Los niños que reciben reconocimiento de sus padres podrán ser personas seguras de si mismas y estimarse y quererse.



Desde la edad temprana, los padres tienen que apreciar los aciertos de los hijos y minimizar sus errores, los cuales son útiles y necesarios para aprender de ellos.

Los padres son los espejos en los que se miran los hijos; y esa imagen proyectada de ellos mismos, debe ir acompañada de palabras que les señalen y les confirmen su valor como personas únicas.

La expectativa de rol de un padre es que asuma la autoridad y que sea el principal sostén de la familia. La sociedad aún espera que el hombre asuma el liderazgo, en lo que se refiere a las reglas que todos tienen que cumplir; las cuales no pueden ser negociables.

La madre representa la imagen de la protección y el afecto y es importante que no asuma el rol del padre, ni siquiera estando sola, ya que tiene que darle la oportunidad al ausente de asumir su rol, aunque no viva con ellos.

Los litigios entre los padres, cuando se separan, suelen distanciar al padre de los hijos, situación que pone en riesgo las identificaciones necesarias para su desarrollo normal.

Es necesario que los padres propicien la independencia de sus hijos, pero no la anarquía. Ser independiente significa aprender a confiar en si mismo y no necesitar bastones ocasionales para transitar por la vida.

El juego es indispensable para un niño, porque con el juego se aprende a vivir “como si” fuera verdad, a través del ensayo y el ejercicio de roles.

Los niños se relacionarán en sociedad de la misma forma en que lo hacen los padres. Padres gruñones, amargados y resentidos difícilmente tengan amistades duraderas, porque tenderán a competir y a no tolerar sus éxitos.

Ejercer el rol de padres implica actuar con lógica y sentido común, tener constancia, presencia en el hogar, paciencia y firmeza para poner límites.

Los límites son imprescindibles, porque significan hacerles saber que la libertad no significa ser libre de la responsabilidad que le corresponde a cada uno por sus actos, sino ser libre para realizar su potencial como persona única y distinta.

Dar el ejemplo es la regla básica para educar a los hijos. Un padre que no trabaja, que tiene hábitos dañinos, que engaña a sus clientes o al fisco y hasta a sus amigos; está enseñando a sus hijos que pueden hacer lo mismo.

Todo esto no significa que los padres tienen que esforzarse para ser perfectos, sólo tienen que ser quienes son y escuchar la voz de sus conciencias.

Tener un hijo es una tarea de tiempo completo hasta su mayoría de edad, porque aunque no estén en todo el día con él, tendrán que ocuparse de buscar un reemplazante debidamente capacitado y continuar ejerciendo el rol a distancia; porque la obligación de ser responsables de los hijos menores se puede delegar transitoriamente, pero no se abandona nunca.

Todo padre tiene que saber, que lo que no hace por sus hijos cuando es un niño, lo tendrá que hacer doblemente con mucho sufrimiento cuando sea adolescente, porque todos los hijos en algún momento pasan la factura.
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