El crecimiento del cuerpo es natural e inevitable y todos los días de la vida registramos en alguna medida el paso del tiempo; sin embargo, el cambio psicológico que debería acompañar esa evolución no siempre se produce espontáneamente y sin dificultades.

Es difícil lograr la sincronía entre el cuerpo y la mente, porque la mente se aferra a lo conocido y al pasado.

A toda persona le cuesta incorporar lo nuevo en todos los ámbitos de su existencia y desconfía de lo nuevo que es lo desconocido que surge como resultado de la transformación cotidiana.

Un niño también sufre con los cambios, porque tiene que adaptarse a situaciones diferentes a medida que crece; pero los niños desean crecer, ser grandes y luchar por su independencia.



Sin embargo, cuando ese niño se convierte en adolescente comienza a sentirse incómodo con su cuerpo, se vuelve torpe, pierde la inocencia y el candor de la niñez y adquiere un estado intermedio donde los parámetros no son fijos y donde no puede ser un niño ni tampoco un adulto.

La adolescencia es la etapa más difícil de la vida, en un mundo donde parece no haber lugar para él y donde siente que no encaja. Por eso el adolescente se refugia en un grupo de pares, que es el que lo contiene y donde todos lo comprenden, porque se sienten como él, sapos de otro pozo.

En grupo, un adolescente se atreve a llamar la atención, a hacerse notar, a veces hasta el límite de adoptar conductas antisociales. Necesita desesperadamente diferenciarse para encontrarse a si mismo, y salir de la incertidumbre de no poder insertarse en el mundo adulto.

Sin embargo, el miedo al cambio puede paralizarlo, porque tiene que adaptarse a un cuerpo que desconoce y que lo desconcierta, y a una sociedad que difiere de su entorno familiar; saber quién es, qué hacer sin depender y enfrentar a los padres y al otro sexo.

No todos logran hacer tantas cosas al mismo tiempo cuando su entorno es permisivo y cómodo, lo hace sentir seguro y le permite postergar indefinidamente todo.

Cuando un adolescente tiene todas sus necesidades satisfechas y la familia no lo orienta y guía para que asuma su responsabilidad como futuro adulto y continúa tratándolo como un niño, su crecimiento psicológico se interrumpe.

Se refugia entonces en la ilusión de ser grande sólo para algunas cosas placenteras, como tener sexo, salir solo, vestirse como quiere, pero seguir siendo un niño para eludir la responsabilidad que representa crecer, o sea, la obligación de prepararse para hacerse cargo de él mismo.


En un entorno donde generalmente tanto el padre como la madre trabajan, él descansa, se divierte, no se interesa por nada constructivo, porque seguramente sus padres no cumplieron su rol y nunca le pusieron límites, y hasta es muy probable que tampoco quieran crecer y convertirse en padres de un adulto.

El crecimiento es un fenómeno que es rechazado en todas las etapas de la vida por temor al cambio. Todos querríamos se siempre niños inocentes, ser siempre adolescentes sin responsabilidades, ser siempre jóvenes, porque es muy difícil aceptar que la vida es cambio, cuando se vive aferrado al ego y el afán es competir y destacarse para ser mejores que los demás. Pero puede ser fácil si se vive para satisfacer al sí mismo, porque el ser verdadero no tiene edad, ni tampoco tiempo y sólo desea Ser el mismo.