Vivimos en un mundo lleno de posibilidades que puede hacer que al habitante de una gran ciudad, que sea ansioso y pretencioso, le pueda resultar difícil no desear todo lo que tienen los demás, presionado por una gran cantidad de estímulos que le obligan a tener un ingreso más elevado.

Puede ser que muchas de esas cosas que desea sean prescindibles, pero que se convierten en una necesidad cuando las tienen todos.

Algunos pueden pensar hasta en dejar su país, para intentar mejores perspectivas en otro y sueñan con emigrar para alcanzar todas sus metas y llegar por fin sentirse satisfechos.



Pero no existen países ideales y además hay que adaptarse a costumbres y modos de vida diferentes y a veces pueden hablar otro idioma, de manera que aunque resulten satisfactorios en un aspecto pueden no serlo en otros.

Pero el deseo de trascender las fronteras y ver más allá de lo conocido es propio del hombre, aunque es probable que si estuviera dispuesto a mirar mejor a su alrededor podría encontrar todo.

Había una vez un sastre llamado Alí, que vivía en un pequeño pueblo de un país remoto, que aunque había logrado hacer lo que le gustaba y tener todo lo que necesitaba, se sentía insatisfecho.

Una noche soñó que en una lejana ciudad, más allá del océano, debajo de un antiguo puente encontraría enterrado un gran tesoro.

Cuando se despertó, le parecía imposible que su visión hubiera sido un sueño, por resultarle tan vívido y real.

Tan obsesionado estaba con ese sueño que pensó que no podía ignorarlo y que era su deber hacer el viaje para comprobarlo.

Llegó a ese país extraño y se encontró perdido ya que no entendía el idioma y le fue imposible dar con el puente antiguo por sus propios medios.

Por fin, encontró a un grupo de mercaderes que afortunadamente hablaban su lengua y les contó que estaba buscando un antiguo puente, porque había soñado que debajo de él encontraría un gran tesoro.

Los hombres se rieron de él por su aparente ingenuidad y le confirmaron que en esa ciudad no existía ni había existido nunca un puente con esas características.

El que más festejaba su ocurrencia, le dijo que él también había soñado una vez hacía mucho tiempo, que encontraría un tesoro debajo del piso del sótano de la casa de un sastre llamado Alí, que vivía en un pueblo, más allá del océano; pero como él no creía en esas tonterías no le dio a ese sueño ningún crédito.


El sastre no dijo nada y con desilusión volvió a su casa, pero intrigado con la información que le había dado el mercader sobre su propio sueño, ni bien llegó, se puso a cavar el piso del sótano con gran entusiasmo y curiosidad.

Después de haber hecho un gran hoyo, cuando ya se sentía extenuado por el esfuerzo y a punto de abandonar su intento, su pala tocó la tapa de bronce de un gran cofre que estaba enterrado.

Cuando lo abrió, se encontró con un gran tesoro, que sin él saberlo, había estado enterrado desde hacía mucho tiempo, en su propia casa, al pie de la escalera, debajo del piso de su sótano.

Todo lo que se encuentra oculto detrás de lo cotidiano no lo vemos porque nos atrae lo desconocido y queremos saber qué es lo que hay más allá del horizonte.

Pero si aprendemos a mirar, nuestro mundo conocido puede ser tanto o más valioso que lo que esperamos encontrar en otro.