La adolescencia es el período de la vida que se caracteriza por los grandes cambios que se producen, tanto externos como internos.

A esa edad, la voz cambia, el esquema corporal se modifica y el crecimiento es asincrónico.

Los adolescentes se sienten incómodos con su cuerpo; se tornan torpes, el estado de ánimo es cambiante y pueden pasar de la abulia al entusiasmo extremo en un mismo día.



Los intereses son diferentes y les cuesta mantenerlos; y sus gustos se vuelven volátiles.

Pierden la noción del tiempo, son impaciente porque no puede esperar, reaccionan en forma violenta, defienden la justicia.

Se oponen a los padres y a las normas establecidas, son extremistas, se sienten omnipotentes y se arriesgan demasiado.

Todas estas características se asemejan a los síntomas de una patología pero en esa etapa del desarrollo son normales, porque es la anormalidad normal de un adolescente, un período de crecimiento que permite pasar a la vida adulta.

Los padres tienen que acompañar este proceso con paciencia, amor y firmeza; manteniéndose atentos y orientando sin interferir ni obstruir el potencial natural de sus hijos.


Este es el momento de conocer la propia identidad, de los cuestionamientos religiosos, de las dudas, de la indefinición, y de los temores y ansiedades que provoca enfrentarse con las exigencias del propio cuerpo.

También para los padres es un período de adaptación y cambio, en el que tienen que aprender a ser padres de alguien que ya no es más un niño y hacer frente al avance de los años en sus propias vidas.

Es inútil que los adultos se empeñen en inculcarles a los hijos lo que a ellos les gustaría que fueran, ni planificar ni proyectar para ellos un futuro; porque esta es una tarea que tienen que hacer los jóvenes, en la que sin duda influirán las identificaciones con las personas significativas, el ambiente en que han vivido y su grupo de referencia.

Lo que los padres no pudieron hacer durante la niñez de sus hijos, no lo podrán recuperar ni realizar llegada la adolescencia, porque será tarde para recibir las enseñanzas que un adolescente no admite.

El respeto por las tendencias e intereses de los hijos permite una más rápida adaptación a las nuevas condiciones de la vida y una mejor relación con los padres que aún no han terminado su trabajo.

Porque su rol no ha terminado sino que ha cambiado y no se trata de adoptar actitudes de indiferencia abandonándolos a su suerte, porque eso no es lo que un adolescente desea de sus padres, sino de brindarles una presencia atenta que les permita a la vez ser un modelo de comportamiento, para que sus hijos se puedan dar cuenta de los valores que defienden, su forma de relacionarse, su modo de enfrentar los contratiempos y su nivel de compromiso con las cosas que les dan sentido a sus vidas.[/i]

El temor de los padres frente a los peligros que acechan a los adolescentes, se justifica, ya que los jóvenes no suelen ver los riesgos que pueden sufrir en una ciudad grande que le ofrece toda clase de tentaciones.

Es en estos momentos en que la educación que brindaron los padres se pondrá a prueba, de modo que sólo les queda a ellos confiar en sus hijos y en lo que hicieron por ellos.

Lo más importante es seguir estando presentes y disponibles, prestarles atención y ejercer su rol comprometidos en el proceso de crecimiento de sus hijos, siendo firmes y poniendo límites, sin olvidar que ellos también aprenderán muchas cosas por sí mismos.

Cuando los padres son responsables y en el hogar se han respetado las reglas impuestas, es difícil que los hijos se conviertan en transgresores en otros ámbitos.

Los adolescentes necesitan amor y orientación, padres atentos que no abandonen su rol; porque su actitud y seguridad serán las bases firmes de la personalidad de sus hijos y le servirán siempre como referencia orientadora.