Hoy en día los jóvenes demoran demasiado en convertirse en hombres; y además la gente a su alrededor les confirma que aún siendo mayores de edad todavía no son adultos.

Un relator de noticias se refirió hoy a un “chico” de 23 años que fue atacado al salir de una discoteca; sin aclarar las circunstancias.

Obviamente, una persona de 23 años no es un “chico” sino un adulto plenamente responsable de sus actos como dice la ley; sin embargo, a los 23 años, un hombre en esta sociedad, aún es considerado “un chico” por el imaginario colectivo; y como tal un ser indefenso y vulnerable como para que los adultos y la autoridad competente los cuide para que no se lastime.


Esa actitud de los jóvenes y de los no tan jóvenes de no querer crecer, está generando un verdadero ejército de hombres solos a quienes no les interesa desarrollar una vida afectiva.


Un afamado conductor de televisión, que ya tiene más de cuarenta años, que se encuentra en la cumbre de sus aspiraciones como escritor de éxito y periodista, confesó en una entrevista que se extraña cuando los jóvenes a su alrededor lo tratan como un adulto y no como uno de ellos.[/u]

Esa necesidad de pertenecer siempre a un grupo adolescente y no madurar, demuestra no querer asumir el rol de un adulto, el temor a las responsabilidades que esa condición les pueda demandar, el miedo a la vida y a considerar la posibilidad de la muerte.

Las estadísticas señalan que en la Ciudad de Buenos Aires, existe un porcentaje muy elevado de gente que vive sola.
Las mujeres dicen que no hay hombres y los hombres que están disponibles no piensan en las mujeres como una alternativa para la convivencia, dejan esa posibilidad para más adelante porque no importa la edad que tengan se sienten aún demasiado jóvenes; prefiriendo formar parejas cama afuera, sin la posibilidad inmediata de tener hijos y formar una familia.


Vivir para si mismo puede ser placentero y gratificante en cierta forma, pero estas personas no conocen otra cosa y creen que eso es lo mejor. Se aferran a lo conocido en forma casi obsesiva, porque para ellos la rutina es su compañera de viaje, algo para hacer que le impida pensar más allá de lo concreto.

En lugar de decidirse a experimentar el desafío de lo nuevo en sus vidas y decidirse ser hombres con una historia, atraviesan ese trayecto en soledad, sin compartir nada y relacionándose ocasionalmente con alguien, sin compromisos serios, tal vez para no sufrir desilusiones ni el dolor de las pérdidas o para evitar disgustos con eventuales hijos, o para no sentirse presionado por obligaciones familiares ni por los avatares de la vida en común.


Pero en esta vida, si no se conoce el dolor tampoco se puede disfrutar de las alegrías. Sin embargo, los hombres prefieren renunciar a su rol natural de tener una pareja y procrearse, se pierden la experiencia de ser padres y de construir su propia familia.

Tal vez temen fracasar, o pretenden la mejor mujer y tener los mejores hijos y como de eso no pueden estar seguros renuncian al propósito esencial de la vida, porque los afectos son los que quedan cuando todo lo demás que parece tan importante se termina.

El amor es entrega y cada persona cuenta con un gran caudal de amor para dar; pero cuando no lo canaliza adecuadamente se puede convertir en sentimiento de fracaso, baja autoestima y odio a si mismo.

El miedo y el ataque de pánico, tan común en esta época, es un signo de miedo a la vida y sentimiento de culpa por resistirse y no aceptar con coraje los desafíos, y la relación con el otro es el comienzo para salir de uno mismo y poder sentir que se forma parte del todo.


Creer que vivir en soledad es lo mejor, es sólo una creencia, una suposición sin fundamento. No podrán saber nunca que es lo mejor hasta que no vivan esa experiencia, ya que es algo que no se pueden imaginar ni tampoco comparar con la vida de otros, porque cada persona es diferente.