La violencia continúa estando presente en las aulas; y padres, alumnos y maestros hacen justicia por su propia mano.

A los niños y jóvenes, los adultos les enseñan con su propio comportamiento, que las reglas no se cumplen, que la fuerza bruta es la que vale, que hay practicar la ley de la selva y que el otro no es digno de respeto.


Los jóvenes son violentos porque vivimos en una sociedad violenta, la gente no respeta las leyes ni el derecho de los demás, la televisión prioriza la violencia como atracción máxima y ni los padres ni los maestros están dispuestos a cumplir su rol y asumir su responsabilidad.



El rol de los padres es en primer lugar dar el ejemplo, actuando de la misma manera en que desean que se comporten sus hijos, atender sus necesidades mientras son chicos, darles formación moral y valores, lograr que reciban educación, y no dejarlos nunca solos.

La labor de un docente es dar el ejemplo, enseñar y educar y lograr mantener un buen vínculo con sus alumnos, porque los alumnos aprenden cuando tienen una relación afectiva con su profesor, se pueden identificar con ellos, y adoptan sus modos de hablar, de ser y de pensar.

Un maestro debe tener una formación moral firme, basada en valores inalienables y no una actitud relativista que justifique cualquier acción de violencia.

Un docente tiene que tener paciencia y saber respetar a sus alumnos, haciendo valer su autoridad como líder de la clase y comportándose de acuerdo a ello.

La autoridad docente significa el poder de poner las reglas y hacerlas cumplir; y de orientar y dirigir la clase con el propósito de cumplir con los requisitos académicos y formativos de los alumnos.

Un maestro tiene que tomar distancia suficiente de sus alumnos y no confundirse con ellos y para lograrlo no debe darles confianza, tutearlos o ponerse a su mismo nivel.

El primer día de clase, tiene que poner las reglas, las cuales deberán estar exhibidas en lugar visible en el aula para ser cumplidas por todos, incluso por él y ninguno tendrá el derecho de no cumplirlas.

Si un alumno se niega a obedecer estas reglas, el maestro debe hablar con él a solas e interesarse por su situación personal, ya que los jóvenes difíciles son en general los que se aburren en clase o los que tienen problemas en sus casas.

Hay muchos niños y jóvenes que sufren abusos, no están atendidos adecuadamente y tienen experiencias tempranas de abandono; y el maestro es la figura que representa a los progenitores que lo han frustrado, que lo llenan de sentimientos de descontento, malestar e ira, y es en él en quien se atreven a descargar su agresión.

Estos jóvenes deben recibir atención especial y es necesario tenerlos cerca, ubicarlos en los primeros asientos, darles tareas de responsabilidad para mantenerlos ocupados y motivados y tratarlos con respeto y afecto, ya que una buena relación con el maestro favorece el aprendizaje.

Lo ideal es que todos se ubiquen formando un círculo, de manera de obligarlos a estar atentos, no distraerse y a participar en clase.


Las trasgresiones a las reglas deberán recibir una sanción que los alumnos deben conocer de antemano, y el buen comportamiento merecerá un puntaje que puede ser exhibido en lugar visible para que puedan tener oportunidad de registrar su evolución y ser merecedores de un premio final.

La mejor motivación para un alumno es poder relacionar todos los temas con la vida diaria, para sentir que el esfuerzo que tiene que hacer es necesario y útil y que ayudará a su desenvolvimiento en la sociedad.

Un método que los obliga a pensar por sí mismos es inducirlos a hacer preguntas inteligentes sobre los distintos temas y tomar pruebas con el libro abierto para elaborar preguntas y responderlas. Esta es la mejor forma de que entiendan y aprendan cualquier contenido.

Levantar la voz, amenazar o enojarse hace que el maestro se ponga a la misma altura del alumno y éste no lo respete ni lo reconozca como líder.