¡Me encuentro fatal!, ¡no quiero ni coger el teléfono!, ¡estoy sin ganas de ir a trabajar!, ¡todo me sale mal!.

¿Qué pasa cuando me encuentro mal y tengo que dar la cara al público?, ¿cuando he ido a trabajar pero estoy muy molesto con un compañero o superior que sé irremediablemente que debo volver a verle y trabajar con el.?


Habría que preguntarse de dónde viene ese malestar creado. Muchas veces sin motivo aparente nuestras reacciones no son lo más adecuadas para una convivencia efectiva.

Todos sabemos que tenemos que pasar muchas horas de nuestra vida trabajando, y por ello hemos de intentar hacer de este escenario el mejor lugar posible para gastar nuestro valioso tiempo.

Efectivamente la comunicación tanto verbal como no verbal es esencial. Ante situaciones laborales de tensión donde a veces el estrés se convierte en una situación de enfermedad no deseada, el hecho de tener a alguien con quien poder entablar una conversación, ya es un gran paso para superar las dificultades. Es primordial poder contar con la familia, o los amigos, o los compañeros de trabajo, o en momentos específicos el apoyo de un profesional, para hacerles partícipes de situaciones en las que muchas veces, ya el simple hecho de compartirlos y convertir ese malestar en algo tangible como son las palabras, hace que el propio afectado se "de cuenta" de todo lo que está pasando y así facilitar una vía para la solución más adecuada.

Efectivamente "el darse cuenta" de la situación límite a la que uno está expuesto, es esencial para comenzar el plan de acción hacia la superación de cualquier problema.

Ante problemas que nos superan, el hombre puede bloquearse a todos los niveles derivando en trastornos físicos realmente importantes, desde tícs nerviosos que pueden no tener trascendencia ninguna hasta conductas suicidas como es el caso de 850.000 personas al año que deciden poner fin a su existencia ante depresiones.

Según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 121 millones de personas en el mundo están afectadas por una enfermedad mental cada vez más frecuente, la depresión. Esa situación en la que el estado de ánimo se ve afectado por multitud de cambios que hacen invisibles aquellas situaciones o aspectos de la vida que antes proporcionaban una gran satisfacción.

¿Por qué las organizaciones, cada vez más frecuentemente demandan cursos de gestión de conflictos, inoculación al estrés, asertividad, positivismo, habilidades de comunicación y en definitiva cursos de habilidades interpersonales?. Pues bien, la respuesta es obvia, a la empresa no le interesa las bajas por situaciones de estrés, es evidente que están aumentando las enfermedades mentales debido a la presión laboral que estamos viviendo.

El hombre por su naturaleza afortunadamente posee la capacidad para experimentan multitud de sentimientos, como alegría, pena, euforia, tristeza, felicidad, y un etcétera de sensaciones. El problema surge cuando esas sensaciones se van acumulando dentro de uno mismo, sin posibilidad de compartirlas con alguien, sin el contacto físico, sin miradas, ni risas, ni llantos, sin gestos de asentimiento o de rechazo. El ser humano es esencialmente comunicativo y necesita de los demás para mantener un equilibrio saludable. Ahora bien, es importante que las relaciones sean evidentemente, buenas relaciones, conseguir siempre pensar en positivo. El negativizar las situaciones, las sensaciones, los pensamientos, solo nos arrastra a la tristeza, a NO disfrutar de las cosas, a cambiar incluso algunas de nuestras conductas habituales.

Cuando hablamos con alguien necesitamos de una mirada, una sonrisa, ver si nuestro interlocutor entiende lo que decimos, sentir según su lenguaje no verbal, como está percibiendo nuestras palabras. Es necesario que exista una comunicación bidireccional, es decir, que los dos aporten su sentir, su comprensión, su pensamiento.

Está demostrado: "El ser humano necesita de los demás para sobre vivir".