Los chicos suelen expresar sus estados de ánimo como pueden y la comida se convierte en un medio de comunicación, ya que el mundo de un niño pequeño se reduce a la satisfacción de las necesidades básicas.

Un hijo puede haber sido deseado o no y a veces también puede existir un sentimiento ambivalente, se desea por un lado tener un hijo, pero se rechaza por otro, ya que atender a un bebé es una tarea que demanda tiempo completo y no todos están dispuestos a cumplirla.


Se acepta que desde el útero los seres humanos pueden ser afectados emocionalmente; simplemente porque son seres vivos que aunque todavía no se hayan desarrollado del todo, tienen células receptoras que puede recibir estímulos externos e internos tanto placenteros como displacenteros.

Aunque estar en el útero es una condición casi ideal, un bebé no está exento de sufrir altibajos, porque cualquier perturbación, enfermedad, sufrimiento o desequilibrio de la madre puede repercutir en él.


El momento del parto es igualmente traumático. Son conocidos los trabajos de Otto Rank sobre el trauma de nacimiento y las consecuencias en la vida de un individuo, relacionadas con la depresión.

Con su técnica de respiración holotrópica, Stanislav Groff también analiza la experiencia del nacimiento en pacientes psicóticos, logrando que en estados alterados de conciencia puedan regresar al instante del nacimiento y elaborar emocionalmente el trauma.

La primera infancia, el niño tiene la experiencia de la lactancia materna, etapa que normalmente suele brindarle a un individuo tanto satisfacciones como frustraciones.

Tanto el exceso de gratificación como el exceso de frustración pueden producir una fijación y el consecuente trauma en el niño.

Melanie Klein investigó este tema y llegó a singulares conclusiones. Un niño al mamar tiene la oportunidad de experimentar tanto un pecho malo como bueno, porque depende de la disposición y del estado anímico de la madre cuando lo amamanta.

Si existe un equilibrio de experiencias buenas y malas, un niño no debería sufrir ningún trauma.

Cuando un niño se resiste a comer, rechaza la comida y se muestra desinteresado a la hora de comer, es probable que sufra una perturbación emocional, provocado por un trauma inconsciente en la primera infancia.

Existen madres que no desean amamantar a sus hijos por distintos motivos, y rechazan inconscientemente al niño cuando se alimenta.

Los bebés no se expresan con palabras pero sienten, y luego tienen que exteriorizar de algún modo su frustración.

Al rechazar al hijo y negarse a alimentarlo, la madre siente culpa, y para deshacerse de la culpa lo sobreprotege, abrigándolo demasiado, persiguiéndolo, acosándolo, presionándolo etc.

De manera que la sobreprotección rechazante que sufre el niño puede ser la causa de sus trastornos alimenticios y de otros problemas.


La anorexia y la bulimia se relacionan con las experiencias vividas en la etapa oral del desarrollo psicosexual, con las primeras relaciones significativas, o sea con la madre.

Rechazar el alimento es una conducta autodestructiva y puede ser la etiología profunda de una depresión.

El niño puede tener dos formas de superar su frustración, o bien come en exceso hasta hartarse, con el fin de hacer desaparecer el objeto que lo frustra, que sería la causa profunda de la obesidad mórbida, o bien lo rechaza y no come, conducta que se repite más adelante en la anorexia del adolescente.

Se puede comenzar a encarar este problema dándole al niño la comida que parece preferir e ir incorporándole de a poco otros alimentos

Se necesita paciencia y tenacidad, pero finalmente los niños se corrigen y en esos casos suelen comenzar a alimentarse adecuadamente alrededor de los siete años.

No obstante, la estabilidad emocional y el amor incondicional siguen siendo los mejores recursos.


Fuente: “Diccionario de Psicoanálisis”, Laplanche y Pontalís; “El Psicoanálisis de Niños”, Melanie Klein; “La Mente Holotrópica”, Stanislav Groff.