El nacimiento de un bebé produce una revolución renovadora en un hogar.

Si hay otros niños, puede ser considerado por ellos como un intruso capaz de arrebatarles el amor de sus padres, si éstos sin darse cuenta dejan de lado a los más grandes y se dedican todo su tiempo al recién nacido; y si es el primer hijo puede llegar a asustar la responsabilidad de hacerse cargo de un ser que parece tan indefenso y que sin embargo viene equipado con una fuerza arrolladora.


La naturaleza nos ayuda a responder a este requerimiento con la mayor eficacia, porque basta tenerlo abrazado en nuestro pecho para que que hagamos lo correcto y aparezca la necesidad de amarlo, de satisfacer sus más mínimos deseos, de alimentarlo, de protegerlo y de abrigarlo.

Los bebés no vienen al mundo con un manual de instrucciones, por lo tanto todos los padres tienen que ingeniárselas para entenderlo, complacerlo y criarlo lo mejor posible para asegurar su normal crecimiento y desarrollo y para que sea feliz.


Los padres cuentan con un valioso instinto de protección y el suficiente sentido común como para desenvolverse con éxito, motivados por el amor que sienten por el bebé y por lo aparentemente vulnerables que parecen ser cuando nacen.

Porque un bebé es un ejemplo de perfección. Su cuerpo es nuevo y cada una de sus células está limpia y flamante, sus órganos están impecables listos para funcionar, su vitalidad es óptima y su capacidad de supervivencia increíble.

Esto lo han demostrado muchos bebés abandonados a su suerte en recipientes de basura, que envueltos apenas con algunos trapos pudieron soportar y superar el rigor de bajas temperaturas y el contacto con toda clase de microbios, además de su situación de abandono.[/i]

El trauma de nacimiento representa para ellos la prueba de fuego que los preparará para enfrentar todo en este mundo, siempre que sus experiencias en la vida no lo condicionen. Algunos creen que el hecho de ser un niño muy llorón puede relacionarse con su experiencia al nacer haciendo que sea muy difícil calmarlo.

El sonido musical es muy gratificante para el oído de un recién nacido y es algo que está presente en todas las circunstancias de la vida; tal es así que el sólo hecho de tener en brazos a un bebé nos mueve a entonarle una canción de cuna aunque no conozcamos ninguna.


La voz de la madre o del padre cuando cantan se transforma en un estímulo hipnótico que lo ayuda a tranquilizarse y a dormirse.

Cantarle al bebé fortalece el vínculo con él, abre una nueva fuente de comunicación y predispone a mantener la alegría y el buen humor en el hogar.

La música ha sido siempre un canal espiritual, una forma de curar que utilizaron y siguen utilizando algunas culturas y que también se usa en la práctica psicoterapéutica.

Es beneficioso para un bebé escuchar música suave, porque los ruidos estridentes pueden provocarle estrés. Además, los gritos y las discusiones subidas de tono también puede alterarlos. Algunos padres acostumbran a elevar la voz cuando hablan entre si aunque no estén peleando y esto puede perturbar a un bebé.

Sin embargo, el silencio absoluto no es lo mejor para él, ya que es habitual que pueda descansar más tranquilo oyendo los ruidos normales de una casa.


Durante el embarazo, los bebés escuchan los sonidos que provienen del exterior. La música que tienen oportunidad de escuchar mientras aún están en el útero materno, será para ellos muy tranquilizadora y también muy estimuladora después de nacer.

Es recomendable comenzar a cantarles en el mismo tono de su llanto para ir bajándolo gradualmente disminuyendo el ritmo, según como sean sus reacciones.

Cantarle a un bebé es una conducta intuitiva que surge en forma espontánea cuando uno lo carga en los brazos. Es probable que pertenezca al inconsciente colectivo que conserva el recuerdo de las antiguas prácticas de nuestros antepasados con sus descendientes.

La canción de cuna debe ser una melodía suave y repetitiva que favorezca la calma y induzca al bebé al sueño.


Fuente: “101 Maneras de calmar a un bebé”, Marcela Osa, Ed. Grijalbo, 2006