Existen quienes aprovechan cualquier situación como una oportunidad de demostrar que lo saben todo; que pueden más que nadie y que creen que ninguno los puede superar.

Viven a la defensiva y no pueden aceptar que alguien sea capaz de hacer las cosas mejor.

Son los rivales empedernidos que no dejan pasar ninguna circunstancia que pueda poner en tela de juicio su capacidad en todo.



Todos tenemos nuestras debilidades y la necesidad de que nos estimen por nuestras cualidades, para sentirnos seguros, tener amigos que nos amen y hasta tal vez a muchos les gustaría ser populares.

A veces, notamos que personas que queremos parecen alegrarse de nuestros fracasos, desear lo que tenemos o ser como somos, o herirnos disimuladamente de algún modo “para hacernos un bien”.

Estas actitudes que vemos en los demás, pueden ser también actitudes propias, porque no hay que olvidar que el otro es un espejo de uno mismo y siempre, lo que nos desagrada de otras personas es lo que no nos gusta de nosotros mismos.

Esta conducta se relaciona con nuestras antiguas experiencias, con nuestra educación, con los vínculos que tuvimos con nuestros padres y también con nuestras creencias.

Todos necesitamos satisfacer las necesidades básicas, sentirnos seguros, poder socializar y que nos estimen.

Hasta que no hayamos conseguido cubrir estas exigencias vitales, estaremos pendientes de conseguirlas a toda costa; y no podremos volvernos hacia nosotros mismos para poder comenzar nuestro propio camino de la autorrealización.

Las personas significativas para nosotros siempre serán importantes, pero ya no tendremos la sensibilidad a flor de piel ni ninguna suspicacia con respecto a sus comportamientos hacia nosotros o a sus dichos; ni tampoco podrán invadirnos; porque nuestra confianza en nosotros los hará mantener su lugar, al no necesitar ni su aprobación ni sus halagos.

La tolerancia a la frustración y la resistencia a la crítica es un signo de madurez, o sea cuando confiamos en nuestro propio juicio y podemos prescindir de la opinión ajena.

Cuando los que nos rodean comienzan a imitarnos es una buena señal de que estamos haciendo las cosas bien sin esperar que nos aprueben.

Si aún así nos agreden, hay que señalar la agresión pero será inútil defenderse, porque el otro tiene el derecho de pensar diferente, siempre que no nos maltrate.

El respeto mutuo es necesario en toda relación; porque respeto significa aceptación mutua. Porque si no hay respeto es mejor alejarse de los que parecen sentirse bien agrediéndonos.


La rivalidad es algo difícil de superar porque estamos acostumbrados a medir nuestro propio valor en función de los éxitos que tienen los demás.

Cada uno tiene un camino personal que es diferente; y la competencia significa la necesidad de ser iguales, de alcanzar los mismos objetivos y de tener las mismas cosas y la carrera del éxito copiando a los demás genera solamente más frustración.

Es imposible competir con los demás en todo, porque sólo podemos hacer lo nuestro, aquello de lo que somos capaces y hacemos bien y que para otros es más difícil.

Cuando aceptamos quienes somos, recién en ese momento de nuestra existencia podremos trascendernos a nosotros mismos.

Competir es una forma de compararse con los demás y querer ser como ellos; y eso es imposible, porque cada persona es única y distinta.