Contrariamente a lo que sostenía la antigua tesis de la Neurología que afirmaba que en el cerebro adulto no se regenera ninguna nueva neurona, actualmente se ha demostrado que en por lo menos dos zonas cerebrales se reproducen las neuronas durante toda la vida.

Si se lograra conocer a fondo este mecanismo se podría revertir la pérdida de neuronas producida por enfermedades o por accidentes invalidantes, regenerando las áreas del cerebro afectadas.



La antigua sentencia nefasta que ensombreció las esperanzas de encontrar cura para las graves afecciones del cerebro, fue el dogma incuestionable impuesto por Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), de que las neuronas no se reproducen y que todas mueren inexorablemente.

Sin embargo, en el Instituto de Tecnología de Massachussets, Joseph Altaman, pionero en este campo desde la década de los años sesenta, y otros investigadores posteriores, lograron demostrar, que en el bulbo olfatorio y en una parte del hipocampo relacionada con el aprendizaje y la memoria, se desarrollan durante toda la vida nuevas células nerviosas.

Este fenómeno se puede observar en animales por medio de retrovirus, ya que los genes de estos retrovirus sólo pueden ingresar al genoma de la célula huésped durante la división celular y nunca en otro momento.

Este mecanismo permite que la red neuronal se modifique, le otorga plasticidad al cerebro y le permite reaccionar a los cambios del ambiente para generar la conducta apropiada.

Esta condición del cerebro haría posible la formación de células nuevas en otras zonas del cerebro para sustituir las neuronas perdidas por causa de infartos cerebrales, procesos de demencias o por lesiones.

Desde hace algunos años se ha estado observando que las células de la glía (tejido de sostén de las neuronas), con frecuencia tienen una acción precursora de las neuronas, llevando a cabo funciones como la regulación de la circulación sanguínea cerebral, la formación de capas de mielina aislante en las prolongaciones nerviosas, y la intervención en los contactos inter neuronales, además de otras tareas varias; pero también pueden ser el punto de partida para la génesis de las células nerviosas.

En el caso del bulbo olfatorio, estas nuevas neuronas que surgen de las células troncales o células madres del cerebro adulto, y son los astrositos; células de la glía con forma estrellada que existen en forma abundante en todo el cerebro.

Las células troncales o células madres, son indiferenciadas o sea que parecen no tener una tarea específica; pudiendo evolucionar hacia distintos tipos de células diferentes, además de reproducirse como células madres.

Cuando estas células madres agotan su función de producir reservas de si mismas, también dejan de reproducir células nerviosas.

Esto es lo que sucede en el desarrollo del resto de las zonas cerebrales, menos en las dos zonas mencionadas donde continúan surgiendo neuronas complementarias.

La ciencia tiene grandes esperanzas en la activación de la producción de células nerviosas en forma artificial en las regiones del cerebro que no se regeneran.

Para conseguir este objetivo deberían reprogramar los astrositos, mediante modificación genética, para que sirvan de células madres en esas zonas y produzcan nuevas células nerviosas específicas para esas regiones.


Para esto es necesario que las nuevas células nerviosas se unan a una red de neuronas preexistente, porque sólo algunas conseguirán incorporarse con éxito.

Los experimentos con animales muestran que en el bulbo olfatorio, cuanto más variados y distintos son los olores más neuronas nuevas sobreviven, o sea que aprender a diferenciar olores parece ser el factor que mantiene con vida a las neuronas.

No sólo se regeneran neuronas en el bulbo olfatorio, también ocurre en el giro dentado de hipocampo, zona del cerebro que tiene una importante función en el aprendizaje y en la formación de la memoria, cuyas nuevas neuronas también pueden morir si no logran integrarse a la red.

Si vivirán o morirán dependerá no de cada neurona sino de la situación de todas las que recién llegan a esa región del hipocampo.

Fuente: “Investigación y Ciencia -Mente y Cerebro” – Benedikt Berninger y Magdalena Götz – marzo-abril 2010.