El enfermo imaginario, ese personaje que Molière creó, protagonizó e inmortalizó en 1673, en su última obra de teatro, no ha cambiado con el paso del tiempo.

¿Por qué estas personas dicen estar enfermas aunque no lo estén? ¿Son narcisistas, depresivas, inmaduras o padecen del síndrome de Münchhausen? (trastorno mental en el que el paciente crea y hasta se produce lesiones sangrantes debido a su necesidad de ser considerado y asistido por otras personas). ¿Sufren realmente?

Se diferencia de la hipocondría, que es la preocupación excesiva por la propia salud, basada en algún leve síntoma real, pero esta distinción no es muy precisa.

La palabra hipocondría, en épocas de Hipócrates, se relacionaba con el hipocondrio, ubicado en la región abdominal que ocupa la parte inferior de las costillas (el diafragma aproximadamente). Posteriormente, la hipocondría se asoció a síntomas digestivos difusos, problemas respiratorios y dolores vagos en órganos internos.


También se vinculó la hipocondría con la melancolía, que tampoco es un término bien definido.

En el siglo XVII, ya se consideraba a la hipocondría un problema del sistema nervioso y también se asociaba con la histeria, que era una afección que no era bien comprendida. O sea que el diagnóstico de hipocondría oscilaba entre múltiples afecciones sin ser en particular ninguna de ellas.

La hipocondría puede presentar una forma delirante y también una forma ansiosa más benigna, en ambos casos parece existir una falta de conexión entre el cuerpo y el cerebro; pero aún hoy en día la hipocondría es un problema sin resolver.

Lo que se puede observar, es que estos pacientes se complacen de sus patologías, disfrutan quejándose y desean obsesivamente ser examinados y atendidos.

El placer narcisista está asociado al control de las funciones corporales, la necesidad de dominio y el goce con la repetición de los actos.

Por esta razón es un estado que ha sido asociado a la neurosis obsesiva, ya que estas patologías reflejan la sensación paranoica de estar infectado y sucio por dentro, según Freud, debido a una fijación producida por un trauma en la etapa anal sádica del desarrollo psicosexual.

Además del placer narcisista de creerse enfermo, el hipocondríaco tiene un segundo motivo, que es buscar la atención de su entorno, ya que si se encuentra solo siente pánico.

Los hipocondríacos son infantiles y dependientes, obedecen al médico en todo y se los puede manipular con facilidad, lo que indica una alteración de las capacidades cognitivas.

Su comportamiento revela un profundo temor a ser abandonado, que encubre el verdadero temor a envejecer y morir solo.

La enfermedad imaginaria expresa también una mezcla de angustia existencial debido a la amenaza de envejecer y morir; y para evitar el miedo al abandono goza de su obsesión narcisista y de su regresión infantil, mientras su entorno contribuye a reforzar la enfermedad en forma voluntaria o no.[/i]

Difiere de la hipocondría porque quienes la padecen no tienen ningún mal real, en tanto que los hipocondríacos sí tienen síntomas leves, como por ejemplo flatulencias, reflujos ácidos, espasmos, que creen se trata de signos de enfermedades graves.

Los hipocondríacos no saben lo que tienen pero tienen algo, mientras el enfermo imaginario está totalmente sano.

El enfermo imaginario expresa el efecto nocebo o sea la aparición de un síntoma que no es real o sea que triunfa su imaginación sobre lo real. Todos sabemos que el imaginario de los enfermos a veces, tiene más fuerza que los dogmas médicos.

También se sabe que un enfermo puede empeorar frente a una perspectiva negativa (nocebo) y puede mejorar tomando una sustancia inerte (placebo).

Molière murió poco tiempo después de interpretar el papel de Argan en su obra “El enfermo imaginario”; y es probable que se haya representado a sí mismo, proyectando su lucha con sus demonios, para conjurar sus temores, para burlarse de sus males o para ensayar su paso hacia la muerte y reírse de sí mismo.