En 1977, Emily Dale, psicóloga catedrática norteamericana, realizó una investigación, a pedido del presidente de los Estados Unidos, que en ese momento era Jimmy Carter, para conocer los problemas de la familia.

El papel que desempeñaba un padre en ese país, en esa época, de acuerdo a las investigaciones sobre educación, se consideraba intrascendente, ya que según las estadísticas, sólo se ocupaba de su hijo 38 segundos por día.


El rol del padre parecía ser solamente ganar dinero. Sin embargo, los estudios realizados con animales indican que también existe el instinto paternal.

Una observación de campo realizada en África en 1974, con un pequeño mono colgado de un árbol que cae a las aguas de un lago, mostró las conductas del macho y de la hembra.


Mientras la madre se paseaba agitada en la orilla sin atreverse a salvarlo, el macho se arrojó decidido al agua y condujo al monito hasta la orilla sano y salvo.

Existen muchos ejemplos en el mundo animal que demuestran que también el padre colabora activamente en beneficio de su familia.

En 1973 se pudo demostrar en forma irrefutable que existe el instinto paternal en el mundo de los animales, a través del estudio de la conducta de un ave rapaz nocturna: el autillo.

Durante la incubación de sus huevos, una pequeña hembra, era alimentada noche a noche por el macho que durante el día permanecía montando guardia en las ramas de un árbol cercano, sin perder de vista el nido.

Cada una o dos horas emitía un sonido; y si ella no le contestaba, inmediatamente volaba al nido para ver si todo estaba bien.

Dos días antes del nacimiento de los polluelos, comenzó a llover intensamente, por lo que el macho intentó meterse en el nido. Primero la hembra se opuso, pero luego lo dejó entrar, quedando los dos juntos echados tranquilamente.
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De pronto, el macho escuchó un tierno piar que provenía del interior de los huevos, señal de que los polluelos nacerían en los próximos dos días.

El sonido del piar de sus hijos cambió por completo la conducta del macho en forma espectacular; porque desde ese momento, además de proveerle alimento a la hembra se convirtió en un padre fanático dispuesto a hacer cualquier sacrificio.

Lilí Koenig, miembro de la Academia de Ciencias de Austria, pudo observar detalladamente esta extraordinaria transformación.

El macho, que se pasaba todo el día en una rama y que concurría a buscar alimento sin ningún apuro, trayéndolo a veces tardíamente y haciéndose rogar, se mostraba inquieto y antes de que la hembra le reclamara salía presuroso a cazar, trayendo el doble de la cantidad requerida y ofreciéndoselo a la hembra en pequeñas porciones por si eventualmente se produjera el nacimiento de los polluelos.

Cuando la hembra se hartaba de comer, el macho comenzaba a almacenar el sobrante frenéticamente en cuanto rincón podía encontrar. El piar de los polluelos dentro del huevo había despertado su instinto paternal.

En otras aves, el macho y la hembra se turnan para empollar, motivo que puede dar lugar al padre a desarrollar su instinto.

Sin embargo, en el caso de este ave rapaz, en que el macho no participa en la incubación, sino que sólo se limita a hacer guardia y a buscar alimento; aunque no esté presente en el momento del nacimiento, igualmente se convierte en un excelente padre.


Si el autillo no hubiese escuchado el piar dentro de los huevos, ese día de lluvia, había otras señales que le hubieran indicado que los polluelos estaban a punto de nacer, según las observaciones realizadas por Honrad Lorenz, ganador del premio Nóbel.

Las hembras comienzan a devolver la comida que conservan en el buche para dar de comer a sus crías cuando nacen y eso hace acercar al macho, quien tiene oportunidad de escuchar el leve piar de los polluelos a punto de nacer, convirtiéndolo en un padre cariñoso y atento al bienestar de su familia.

Pero en el momento en que los polluelos abandonan el nido, la pareja se separa. Como en la mayoría de los animales monógamos, las parejas sólo se mantienen por el lazo que une al padre y a la madre con sus hijos, porque los necesitan.

Seamos como los animales, cuidemos a nuestros hijos.

Fuente:”Calor de hogar”, Vitus B.Dröscher.