La muerte súbita de Romina Yan, ocurrida ayer en Buenos Aires, desaparecida a los 36 años, nos duele a todos.

La tragedia enluta a una familia deshecha y su esposo y sus tres hijos deberán aceptar su ausencia y tendrán que seguir adelante.

Cuando se tienen familiares de la misma edad y condición, que también tienen hijos pequeños que cuidar, uno se puede sentir más identificado con esa pérdida y comprender más profundamente la angustia, el estupor, el rechazo y la impotencia de no haber podido hacer nada por ella.

Aunque estos episodios no son raros, todos nos preguntamos si se podrían evitar, principalmente cuando se trata de personas jóvenes.


Creo que estos acontecimientos no son ajenos al estilo de vida que hoy en día lleva la mayoría de la gente.

Las presiones cotidianas, casi siempre auto impuestas, la vida agitada y tensa, las obligaciones, los horarios, el querer cumplir con todos los compromisos de las agendas, hace que una vida joven se arriesgue a perderlo todo en unos pocos segundos.


La mayoría de las veces con el entusiasmo propio de la juventud, de querer abarcarlo todo sin tener en cuenta que el cuerpo tiene sus límites y que el estrés es un enemigo silencioso.

Es difícil saber hasta dónde somos capaces de llegar con las propias autoexigencias, sin escuchar las señales que nos envía el cuerpo.

Hay personas que tienen oportunidades extraordinarias en sus vidas, por su misma condición, que no están dispuestos a rechazar, porque accediendo a ellas creen que serán más felices, que se sentirán más realizados y plenos, pero además, sin renunciar a otras responsabilidades de la misma magnitud que también les exigen responsabilidad y un gran esfuerzo.

Tienen gran entusiasmo y se exigen a si mismos generalmente motivados por un mandato interior profundo y condicionados por una sociedad con un sistema de vida perverso.

El programa Alfombra Roja que se emite por Canal cinco, proyectó anoche una entrevista realizada en agosto último a la recientemente fallecida Romina Yan; una agradable joven inteligente y locuaz, que parecía estar en la cúspide de su vida, disfrutando de su familia y también de su trabajo.

Me di cuenta de que se trataba de una persona muy responsable, perfeccionista, muy exigente consigo misma y tal vez, a pesar de ella misma, muy identificada con sus padres exitosos.

Parecía estar llevando una vida vertiginosa, tratando de estar en todo. La había sorprendido el fin de la temporada de teatro y lamentaba no haber podido terminar el guión de la obra que incluían las canciones compuestas por su madre, un proyecto común que ambas habían elaborado.

Las expectativas sociales pueden haber influenciado para aumentar sus exigencias sin ver las consecuencias.

En cuanto a la imagen corporal, cada año que pasa va dejando señales del paso del tiempo y la carrera contra el reloj y la balanza, van imponiendo sacrificios, cada vez mayores, a veces desmedidos, para tratar de recuperar la lozanía, la esbeltez y la tonicidad del cuerpo. Porque la edad es el fantasma de todas las figuras del espectáculo, que necesitan en forma imperiosa mantenerse siempre jóvenes.

Respondiendo a esta necesidad, la industria de la eterna juventud lanza nuevas formas de rejuvenecimiento y se inventan nuevos aparatos para tener un mejor aspecto.

A veces, toda esta artillería pesada para vencer al tiempo produce el efecto contrario y puede terminar con la vida antes de tiempo.

Este luctuoso suceso de ayer, nos permite hacer algunas conjeturas, teniendo en cuenta que el estrés puede llevar a la muerte.

Tal vez su vida era la lucha sin cuartel para superar a los padres, o bien el deseo de cumplir con las expectativas de los demás y no las propias, con un cuerpo que seguramente tenía en si mismo la espada de Damocles lista para cercenar una joven vida con el preciso detonante.

Esta muerte no tiene que ser en vano, porque nos puede estar enseñando una filosofía de vida y sus consecuencias.