La manifiesta fortaleza física que el hombre posee, frente a una menor corpulencia y musculatura de la mujer (salvando excepciones en el dimorfismo sexual, claro), no se corresponde con la fortaleza mental, psicológica, espiritual o como se quiera. Bien es cierto que los varones acuden en menor media a las consultas de psiquiatría o psicología para apaciguar sus inquietudes de ánimo, pero la depresión se ceba también en el mal llamado “sexo fuerte”.


            Ciertamente, aunque la incidencia de la depresión es menor en los varones (sobretodo porque las estadísticas no reflejan la frecuencia de aquellos incapaces de reconocerse depresivos), cuando ésta tiene lugar lo hace con especial virulencia, siendo las depresiones de los varones más intensas y con un mayor aparato ansioso que las que tienen lugar en las mujeres, por regla general.

            Secularmente, el hombre ha conseguido enmascarar los síntomas de la depresión recurriendo a drogas y alcohol. Por el contrario, las mujeres se han mostrado siempre más comedidas a la hora de ingerir sustancias psicotrópicas de esta naturaleza (hablamos siempre en términos estadísticos). Si a ello unimos la sublimación depresiva del hombre merced a su mayor facilidad para manifestar comportamientos violentos, podemos estar ante la causa de la aparente menor incidencia de la depresión en estos.

            Sea como fuere, y como ut supra se ha comentado, es posible que el hombre padezca menos el trastorno depresivo en cualquiera de sus formas, pero no tan poco como las estadísticas reflejan. Lo peor es la fuerza con que se da la depresión en los varones; parece como si tuvieran menos defensas ante la adversidad y una menor resistencia al sufrimiento.