Ya hemos hablado de algunos aspectos burocráticos del Autismo, y también de la opción psicoanalítica para abordarlo.

Esta vez continuaré en la misma línea, pero comenzaré con la concepción “clásica”, si se quiere, del Autismo; de lo que de él básicamente se estudia en la Facultad, que es la definición que da Kanner. El Autismo “de Kanner”.


Se lo llama así ya que fue Leo Kanner, un psiquiatra de origen austríaco, que en 1943 da una descripción del Autismo tomándolo como una enfermedad mental dentro de la clasificación de las esquizofrenias. La particularidad del Autismo la sitúa en que aparece precozmente, más precisamente dentro de los dos años primeros de vida. Y en la que además no existe una enfermedad neurológica o genética asociada.

Actualmente se considera dentro de la comunidad científica que el autismo tiene una vinculación con una enfermedad cerebral con origen tóxico, genético o metabólico. Es notable que a pesar de estas consideraciones que se manejan y se sostienen dentro de lo que se llama “la ciencia”, y después de años y años de investigaciones, no se ha demostrado tal teoría del autismo.

Así, el autismo va perdiendo su especificidad, siendo relegada al campo amplísimo de lo que se llama “discapacidad”. Y esto, medido a partir de los comportamientos y las conductas de los sujetos diagnosticados como autistas.

Como dije en algún post anterior, esto tiene que ver con que el campo clínico se ha venido dejando de lado a favor de las teorías comportamentales. Y aparece lo que conocemos como “el espectro autista”. Algo que se ha convertido en la teoría hegemónica cognitivo-comportamental. Es a partir de esta hegemonía teórica sobre el autismo que se construyen las terapias pedagógicas y “ortopédicas” de esta enfermedad. Como la única opción posible a eso que se considera una “discapacidad mental”.

Frente a todo eso que se pregona desde esas teorías cognitiv-comportamentales, con Lacan y el psicoanálisis decimos que en el autismo de trata de una imposibilidad de “alcanzar al Otro simbólico”.


Esto es, que a sabiendas de que el niño cuenta con el Otro materno, confía en ese Otro que de alguna manera le da garantías en ese mundo abierto en el que entra el niño al nacer. Pero en este camino, el niño autista se encuentra con un obstáculo particular. Así, se siente desconfiado del mundo exterior, hasta del lenguaje, por lo que intenta suprimirlo, armándose un mundo solo basado en sus propios recursos.

Se encierra así en algo que él mismo construye con sus propios instrumentos. Esa burbuja bajo la que se defiende de toda esa hostilidad del mundo.

Eso que aparece como desinterés del mundo, falta de comunicación con los demás, esa supuesta autosuficiencia y autoaislamiento son nada más y nada menos que su defensa.

La repetición de lo mismo, ya sea en las palabras que dice, en los movimientos estereotipados, la necesidad de fijeza de los objetos que lo rodean, toda esa manifestación clínica que conocemos del autismo tiene esta “misma” lógica.

Sin embargo, la encrucijada del niño autista, es que a la vez precisa del Otro, lo busca. Es ahí, apostando a que esa cápsula, esa burbuja no es del todo impermeable, que operaremos desde el psicoanálisis. Desde el lugar del Otro, tendremos que primero acoplarnos a su trabajo “mismo”, haciéndole de espejo primero para luego atraer su atención de alguna manera, por ejemplo proponiendo variaciones en esa “mismidad” que insiste.

Y desde ahí, al caso por caso.