Desde la concepción, la díada madre-hijo comienza a gestarse y durante los nueve meses de embarazo se establecerá y afianzará ese vínculo, el cual se mantendrá mientras vivan.

La única relación verdaderamente incondicional es y será siempre la de una madre con su hijo, porque aún después de crecer y madurar el vínculo se mantendrá sólido, sin que el paso de los años o las ausencias puedan borrar el caudal de amor que existe entre ellos.


Esta realidad de la naturaleza, no siempre es bien entendida por el hombre cuando se convierte en padre, porque no puede comprender la indiferencia de su mujer con respecto a él después del parto.


Es natural y normal que la mujer que ha tenido un hijo recientemente, sienta los primeros tiempos disminuido su deseo sexual hacia su pareja, porque sus hormonas actúan para que se dedique exclusivamente a su bebé después que ha nacido.

Además del desinterés hacia su pareja, la mujer deberá enfrentar la consecuente depresión por la ausencia de su bebé en su útero, pérdida que necesita una elaboración emocional como cualquier otro duelo.

Un ser que ha permanecido tanto tiempo dentro de su vientre, viviendo, moviéndose y alimentándose de ella, ha creado una estrecha relación, que luego la madre añorará como la pérdida de una parte de su propio cuerpo.

Por esta razón, los abortos suelen ser tan traumáticos para la madre, más aún si son voluntariamente provocados, porque es una experiencia psicológica que permanecerá en el inconsciente mientras viva y debilitará sus recursos naturales para enfrentar nuevas pérdidas.

A veces, las depresiones que sufren mujeres de la tercera edad, que no responden bien a los tratamientos, se deben a uno o varios abortos que se han hecho en algúna momento de su vida.

La ignorancia, hace que muchos hombres atribuyan el aparente desinterés de su mujer, cuando a parido, a causas que no se relacionan ni con el embarazo ni con el parto, sino a la atención desmedida hacia el bebé que lo priva de seguir manteniendo la misma relación que antes con ella.

Esta incomprensión puede convertirse en celos y hostilidad hacia el niño y provocar reacciones de rechazo del padre hacia él, que se puede reflejar con una actitud fría y distante.

No es raro que en una pareja inmadura, que no esté sólidamente afianzada, esta circunstancia sea el detonante que provoque un distanciamiento entre ambos y un posterior rompimiento.


La mujer tampoco tiene necesidad de sobreproteger a su bebé en forma exagerada y comprender que un cambio demasiado drástico de actitud hacia el hombre, aunque sea transitorio puede traer consecuencias ingratas, que no sólo la afectarán a ella sino también a su hijo.

No todos tienen la madurez necesaria, cuando son jóvenes, como para tolerar la frustración del rechazo y adaptarse a situaciones nuevas que cambian el ritmo de la vida y la forma de expresar el afecto en la pareja.

Un niño necesita tanto a una madre como a un padre, y aunque la mujer haya sido dotada para ejercer el rol de los dos, no es la mejor situación para ningún niño carecer de una figura paterna.

Cuidar ambos al bebé y a la pareja comprendiendo la situación con la sabiduría necesaria para aceptarla y trascenderla, actitud que en todo nucleo familiar es indispensable para la salud física y mental de cada uno de ellos y el normal desarrollo de los hijos.