Para muchas personas enfrentarse a solicitar algo que otro puede considerar inadecuado, genera malestar y deseo de posponer ese momento. Es fácil encontrar excusas como  por ejemplo que haya que hacer antes otras cosas, o no se acabe de ver el momento para charlar adecuadamente del tema. Pedir un aumento de sueldo, pedir a un vecino que deje de poner la música fuerte en algún momento del día, pedir a un empleado que responda de manera diferente al teléfono, pedir a un compañero que haga algo para que no huela tanto a sudor, pedir a un amigo que te pague un dinero que te debe, reclamar en un restaurante porque el plato que han servido está frío… Las situaciones potencialmente incómodas se suceden a lo largo de los días y no siempre queremos ni sabemos enfrentarnos a ellas.


El mecanismo más frecuentemente utilizado para resolver las situaciones que antes comentaba, aparece reflejado en alguno de las artículos ya publicados: cargarse de razones a fuerza de dejar pasar el tiempo y a partir de entonces, ya más crecido por “la justicia”, actuar más contundentemente buscando con cierta rabia que el otro transija y acepte nuestra necesidad.

En función del miedo, de la incomodidad y de la posibilidad de que otra persona resuelva nuestro problema, la tendencia será a afrontar o a evitar las situaciones donde haya que solicitar algo. Desde luego las personas que se convenzan de que “no es para tanto…” el olor a sudor del compañero, por ejemplo, difícilmente afrontarán hablarlo.

Para poder pedir lo que queremos podemos tener en cuenta lo siguiente:

    Lo primero es concedernos el derecho, darnos permiso a pedir por el mero hecho de que así lo deseamos.

    Lo segundo es reconocer que quien nos va a escuchar casi con seguridad se incomodará, que quizás no le guste y eso nos generará malestar. Para soportar este sentimiento
negativo es necesario convivir con él cierto tiempo. De esta forma seremos más capaces de aguantarlo y podremos valorar que quizá no es tan insoportable como pensábamos.

    En tercer lugar, si nos arriesgamos a pedir lo que queremos tendremos la posibilidad de conseguir soluciones, si nos callamos la situación seguirá igual.

    Por último es conveniente valorar qué supone más esfuerzo o qué es más desagradable, el malestar que podemos sentir al hacer nuestra petición, o el que podemos sufrir por no hacerla. Así de esta forma, en algunas situaciones convendrá arriesgarse y en otras quizás no sea lo más adecuado. Pero sin riego probablemente no haya cambio.

Con estos consejos convendría analizar nuestra conducta y valorar qué cosas no somos capaces de pedir, e intentar poco a poco enfrentarnos ala situación empezando por aquellas que generan menos conflicto. De esta forma iremos ganando confianza y tolerancia ante el malestar para poder así en un futuro superar situaciones más difíciles.