Me asomé al balcón , era temprano, mis ojos contemplaban el amanecer mientras las gotas de rocío colmaban el patio, había sido una noche de aquellas de calor. Mi mujer se había marchado a trabajar. Yo no tenía trabajo sin embargo no había perdido la esperanza. Sonó el timbre de casa, estaba en pijama, pero aun así., fui a abrir la puerta.


Abrí y no podía creer lo que estaba viendo, la vecina del quinto ahí estaba, como una figura de maniquí, mirándome como una tigresa, sólo, con apenas hablar, yo medio tartamudo frente a aquella mujer despampanante. Me froté los ojos, me pellizqué, y confieso que me puse hasta nervioso.

Sólo en mis sueños podía pasar aquello, le dije pasa, con la voz entrecortada, el pijama se iba cayendo por momentos y mis manos comenzaron a descontrolarse, tanto o más que mi sentido común, lo siento , nunca había sido infiel , lo juro, pero mis hormonas estaban tan alteradas como las neuronas, la respiración me iba a explotar.

No podía mas necesitaba abrazar a aquella amazona, sabía que su marido no vendría, estaba lejos, era marinero, y ella , bueno ella menudo pescado estaba hecha. Madre mía, que hago, me preguntaba pero atendía a razones. En aquel momento una mano se poso sobre mí espalda, me giré, y sentí miedo y a la vez escalofríos, ¿ me había pillado mi mujer?

Para nada, era el jefe, pues todo había sido un sueño, era yo que el que trabajaba , no estaba en pijama, y era mi mujer la que se había acostado con otro, pero lo suyo no fue un sueño. Desde entonces no quiero soñar y es que la mente juega malas pasadas.