Mi primer trabajo de medio tiempo fue a los 17 años, cuando aún me faltaban unos meses para terminar el colegio secundario.

Necesitaban una ayudante para una contadora en una inmobiliaria que también administraba consorcios.


Yo era casi Perito Mercantil y estaba ansiosa por ver cómo eran los trabajos contables en la práctica. Estaba contenta y me sentía con ganas de llevarme el mundo por delante.

El primer día no pude hacer nada relacionado con mi trabajo, porque por supuesto la contadora estaba demasiado ocupada como para enseñarme; pero así sería mi vida laboral en adelante, aprender todo por mi cuenta sin ayuda de nadie.

Ese día tuve que hacer el café y atender el teléfono, por lo visto tareas que en una empresa chica siempre le tocan hacer a los nuevos.


No vi ni un balance, ni nada que tuviera que ver con el debe y el haber, pero tenía mi escritorio al lado de la contadora y eso me pareció importante.

Me aburrí bastante y la verdad, no quería volver al día siguiente; pero después lo pensé mejor y decidí hacerlo, porque creí que sería diferente.

Sin embargo fue mucho peor, porque la contadora me llenó el escritorio hasta el borde de miles de facturas para ordenar por cliente, en muchas de las cuales no existían datos para identificar.

Me sentí muy inútil y desamparada, acostumbrada en las emergencias a tener siempre a mi lado a mi mamá.

Pero en un trabajo es diferente, todos son extraños y hay celos, competencia, egoísmos y miedo de que el empleado nuevo sea mejor a los demás.

Me armé de paciencia y comencé a hacer mi trabajo dejando de lado las facturas que no podía identificar.

A medida que fueron pasando los días fui aprendiendo como era la dinámica de las tareas y me quedé cinco años en ese empleo que después me costó mucho dejar.

Más tarde ingresé a un banco extranjero y tuve una experiencia similar.

Al principio estuve muchos días sin hacer nada, porque parecía que mi presencia no hacía falta; recién después de un tiempo mis compañeros parecieron darse cuenta que no era una persona peligrosa y comenzaron a enseñarme el trabajo.

Fue duro, pero todos los principios son difíciles hasta que nos integramos a un lugar y los que nos rodean nos conocen y aprenden a confiar en nosotros como si fuéramos como ellos, uno más.

Cuando me recibí de Psicóloga, mi primer trabajo fue como voluntaria en el servicio de Oncología de un hospital.

Los primeros tiempos creí ser la mujer invisible porque nadie reparaba que yo estaba allí y tenía que llevarme un libro para leer porque no tenía nada que hacer.

Yo tenía muchas ganas de ayudar, ver pacientes, investigar, porque ya desde ese entonces se sabía la influencia de la personalidad en esa enfermedad.[/i]

Al principio le tenía miedo a los pacientes, que parecían no tener ningún problema y que enfrentaban su enfermedad con mucha tranquilidad. Pero después me di cuenta que estas personas lo que necesitan es hablar y que alguien los escuchen con interés.

Siempre pensé que el mejor psicólogo es el que sabe escuchar y no necesita decir nada, por lo menos hasta que su paciente haya agotado todo su caudal.

Para no aburrirme de escuchar, aprendí a tomar notas de lo esencial, para poder volver sobre los puntos críticos al terminar.

Empezar cualquier trabajo es duro, un hueso muy duro de roer, porque en la universidad no pueden enseñarnos todo lo que en la práctica puede acontecer; se obtienen las herramientas que podemos utilizar pero verdaderamente se aprende sobre la marcha al trabajar.

Cometer errores es normal, claro que no es lo mismo el error de un médico o un ingeniero que el de un empleado común; por esa razón es importante trabajar en equipo al empezar y no tener reparos en consultar.