Gran parte de los problemas de los adolescentes a la hora de elegir una carrera terciaria o universitaria, es la falta de información ocupacional.

En la era de la información, el tema relacionado con la realidad ocupacional, permanece ambiguo y difuso.


La Orientación Vocacional debe disponer de estos recursos y de las técnicas adecuadas para esclarecer el panorama de los jóvenes en materia de trabajo.


Ningún proceso de orientación vocacional es eficaz, si no se proporciona información referida al área laboral, datos actualizados sobre demanda profesional, posibilidades de desarrollo y perspectivas para el futuro.

La función del orientador vocacional no es definir a una persona ni dar un diagnóstico, sino que se trata de guiar al consultante a un mejor desarrollo individual que le permita la participación en la sociedad en que vive.

Los resultados de los tests son siempre relativos y de ninguna manera por sí solos deben condicionar las decisiones en función a un cálculo de probabilidad.

Los tests ayudan a aproximar posiciones y en cierta medida a delimitar áreas de ocupación laboral, siempre que coincidan con las demás características del sujeto que vive en un determinado contexto.


El adolescente debe aprender todos los conocimientos relacionados con el mundo del trabajo, contenido que no tiene oportunidad de adquirir en el colegio secundario.

No se trata solamente de recibir información, sino también de corregir las distorsiones y eliminar las imágenes fantasiosas que los jóvenes tienen sobre el trabajo de los adultos.

Muchas veces se sobrevaloran o subestiman profesiones u ocupaciones en función a factores afectivos, cognitivos, familiares o sociales.

No es que carezcan de información sino que ésta carece de claridad, fidelidad y actualización, y esas características crean una visión distorsionada, parcial, confusa y prejuiciosa de una realidad que aparece como una sucesión de actividades productivas sin conexión alguna entre si.

Las imágenes que tienen los jóvenes sobre las ocupaciones más comunes de una sociedad, las incorporan a lo largo de su vida familiar y escolar, pero no siempre guardan una estricta correspondencia con la realidad.

Los jóvenes se identifican no con carreras sino con las personas significativas que conocen que han cursado esas carreras, generalmente en un momento socioeconómico distinto.

Por lo general, la valoración de dichas ocupaciones puede estar más relacionada con los resultados, como por ejemplo: la posibilidad de acceso a una posición de prestigio o de poder o para gozar de una próspera situación económica, y no tanto por su rol productivo o por el significado social que representan.


El orientador vocacional no necesita convertirse en una fuente inagotable de información, dado que le resultaría imposible dedicar todo el proceso a brindar esos conocimientos que se pueden encontrar en fuentes específicas y fidedignas y que además pueden contar con valiosos datos estadísticos debidamente actualizados. Pero sí debe conocer esas fuentes para que su consultante pueda concurrir a informarse como corresponde.

También el orientador vocacional debe permanecer objetivo y no dejarse llevar él mismo por sus propios prejuicios, razones o ideologías.

De manera que la información, no sólo incluye el conocimiento de los elementos externos, sino que también implica el esclarecimiento de los factores internos, que atentan contra una justa evaluación de las posibilidades que se tengan para elegir.


Fuente: “Orientación Vocacional – La estrategia clínica”, Rodolfo Bohoslavsky, Ed. Nueva Visión, 1978