Los años infantiles, desde los cinco a los ocho, aproximadamente, no dejan huellas nítidas en la memoria. Este hecho es curioso, según Freud, teniendo en cuenta que en general a los dos años un niño ya habla con bastante fluidez, es muy receptivo y curioso y su memoria está más fresca y más lúcida que en cualquier otro momento, para retener sucesos.

Con los recuerdos infantiles sucede, que se fijan a la memoria consciente cuando son triviales e insignificantes.

Freud sin embargo descubre, que los niños realizan un proceso de selección de recuerdos, conservando solo los que son importantes para él, pero que mediante un proceso de condensación y desplazamiento, son cambiados por otros que los hacen más tolerables.


Freud denomina a estos recuerdos “encubridores”, que si se analizan pueden revelar lo que fue importante y se ha olvidado.

Para este autor, ese contenido ha pasado al inconsciente y se mantendrá latente e inaccesible, si no se procede a analizarlos.

Nos relata que él mismo siendo niño, soñó una noche con una persona que parecía haberle prestado un servicio y que pudo ver en su sueño con mucha claridad.

Se trataba de un hombre de baja estatura y obeso, que le faltaba un ojo y que casi no tenía cuello.

Por su actitud y el carácter de la escena en que desarrollaba el sueño, dedujo que se trataba de un médico.

Le preguntó a su madre cómo era el médico de su temprana niñez que lo atendía en su ciudad natal donde vivió solamente hasta los tres años.

Efectivamente comprobó según lo dicho por su madre, que era bajo, gordo, tuerto y con la cabeza hundida entre los hombros.

En cuanto a los sueños cuyos contenidos suelen avergonzar a los pacientes, por su carácter perverso, son por lo general provocados por deseos sexuales, aún en personas cuyo carácter parece contrario a esos sentimientos.

Estos deseos perversos tienen sus raíces en el pasado, a veces no tan lejano.

Una de sus pacientes, tuvo un sueño en el que deseaba la muerte de su hija de 17 años, que finalmente pudo aclarar.


Recordó durante el análisis, que en cierta época de su vida, siendo muy infeliz en su matrimonio, llegó realmente a desear la muerte de su hija mientras estaba embarazada; a tal punto que luego de una pelea con su marido perdió el control y comenzó a golpearse el vientre con violencia intentando interrumpir el embarazo para que su hija muriera.

No son pocas las madres que en el presente adoran a sus hijos pero que antes del parto desearon su muerte por distintos motivos.


De modo que el deseo de ver morir a una persona amada, que parece tan inexplicable, se remonta a los primeros tiempos del vínculo.

Por lo tanto, es importante rescatar de los sueños, el sentido de su significado latente después de la interpretación y no a su contenido manifiesto.

A Freud le intrigaba el hecho de que estos recuerdos, después de tanto tiempo transcurrido, aún conservaran la emoción que suscitaron en su momento, porque efectivamente, esas emociones ahogadas y reprimidas nunca se pierden y son las que aparecen en los sueños.

En los casos de sueños de deseos de muerte de alguien cercano, se producen generalmente cada vez que hay alguien que se interpone en nuestra vida, de tal manera que uno estaría dispuesto a suprimirlo sea quien sea.


En los sueños la naturaleza humana puede demostrar gran hostilidad, principalmente en la infancia, cuando el egoísmo no tiene inhibiciones.

Las pesadillas son sueños sin deformación alguna que han podido eludir la censura, tomando la angustia su lugar.

Freud insiste en afirmar que también las pesadillas son intentos no encubiertos de realización de deseos reprimidos, que como no han tenido censura, termina con un despertar abrupto y sobresaltado interrumpiendo el sueño.

La censura es el mecanismo que disfraza al sueño con desplazamientos y condensaciones, para no interrumpir el descanso.


Fuente, Obras Completas de Sigmund Freud, tomo III, Análisis de los sueños, lecciones XII, XIII y XIV.