El cáncer puede tener una evolución diferente según la persona que lo padece, de acuerdo a lo que le haya sucedido y a lo que le esté sucediendo, porque su enfermedad y su historia vital, incluyendo la situación actual, se relacionan; y la enfermedad y el carácter se reflejan recíprocamente.

Las observaciones clínicas demuestran que frecuentemente cuando se desencadena un proceso canceroso, en ese momento el paciente ha vivido un fracaso y experimenta un sentimiento de soledad, aislamiento, vacío interior, incomunicación, desinterés, pérdida de entusiasmo y de sentido de la vida; y puede sentirse en falta con respecto al cumplimiento de sus ideales o de las normas que valora, por actos que cree indebidos y que le generan culpa.

Si se logra que el paciente diga su verdad y la enfrente se puede llegar a establecer la relación terapéutica ideal, que será muy importante para él y que permitirá interpretar su posición como persona; porque el relato de su vida puede ser una metáfora de lo que le está ocurriendo a su cuerpo.


Es cierto que es importante la predisposición genética para sufrir de cáncer, pero también es verdad que el paciente puede beneficiarse si logra resolver su conflicto interno.

El autor de este artículo, Dr. Jorge C. Ulnik, cuenta la historia de un paciente en estado terminal, que tuvo oportunidad de tratar hace muchos años.

A pesar de su gravedad, cuando lo visitó, se mostró muy atento y dispuesto. Parecía una persona culta y educada, sin embargo curiosamente trabajaba como cuidador en un cementerio.

Su vida había sido una interminable sucesión de infelicidades y había soportado maltrato y humillaciones sin nunca protestar.


Su familia era evidente que lo dominaba, pero en esa oportunidad pudo sincerarse con su terapeuta, confesándole que tenía deseos de convertirse en un linyera y de mandar todo al diablo.

Inesperadamente, a partir de ese momento comenzó a mejorar de una manera extraordinaria y aunque en el estado en que se encontraba era poco probable que se produjera una remisión completa, eso fue lo que sucedió.

Este paciente tenía 67 años, estaba casado y tenía una hija. De niño había sido maltratado por su padre, que era despótico y cruel.

Estuvo varias veces a punto de morir por distintos motivos y en una de esas oportunidades hasta le dieron la extremaunción; sin embargo volvió a recuperar la salud por completo.


Fue siempre una persona demasiado tolerante que no podía reaccionar ante lo que no le agradaba, porque pensaba que se podía conseguir más de la gente con buenos modales que con violencia.

Cuando murió su hermano tuvo un episodio de angina de pecho y poco después le aparecieron los tumores de piel.

A partir de la historia clínica de este paciente se pudo observar un trastorno de identidad; una actitud de sometimiento que ocultaba una rebeldía no canalizada adecuadamente y una relación inconsciente de tipo incestuoso con su hija.


La tolerancia también es una propiedad que se atribuye al aparato inmune, que en determinadas proporciones impide la autoinmunidad y que cuando excede produciría proliferaciones atípicas.

La pérdida de la identidad, desde el punto de vista simbólico se puede compensar por una “marca” en la piel que permite que el paciente se distinga de los demás por sus lesiones.

El paciente llegó al límite de no poder aguantar más su actitud de tratar de quedar bien con todos y de quedar mal con él mismo y se dio cuenta que le quedaban pocas salidas.

Tal vez no se tratara de cambiar de carácter sino de pensar su historia de otra manera, de aceptar que no es perfecto y que hizo lo que pudo.

Este paciente superó totalmente su enfermedad y tiempo después falleció de un infarto agudo de miocardio.


Fuente: “Actualidad Psicológica”, Análisis de un caso de linfoma cutáneo, Dr. Jorge C. Ulnik., julio 2011.