El tratamiento psicológico del dolor crónico debe ser capaz de responder a dos aspectos fundamentales: actuar sobre el dolor de modo que los sistemas de regulación natural operen adecuadamente y, en segundo lugar, atendiendo a la persistencia del dolor, evitar que éste se haga dueño de la vida del paciente, impidiéndole ser persona. Ambos objetivos precisan reconocer el dolor y aceptar su existencia.


La regulación del dolor

El dolor crónico es, principalmente, el resultado de un fallo en los sistemas naturales de analgesia ligados, generalmente, a una condición sensorial concreta y adicionalmente, y a consecuencia de ello, a la falta de recursos personales (psicosociales) para afrontar las implicaciones vitales que ello supone.

Para que un sistema de autorregulación funcione, es preciso dejarlo: notar las sensaciones y dejar que los cambios fisiológicos asociados a ellas pongan en marcha (recuperen) su funcionalidad natural; y permitir que aquellos cambios sensoriales específicos se produzcan. Esto es lo que básicamente hacen las técnicas de biofeedback. Éstas, basadas en el condicionamiento operante, fueron uno de los primeros recursos terapéuticos en el tratamiento del dolor crónico y una valiosa herramienta. Es por ello que las técnicas de biofeedback son el tratamiento de elección de las cefaleas tensionales, como reconoce la American Associaton of Neurology, o que el biofeedback de variabilidad de frecuencia cardiaca obtenga buenos resultados en el tratamiento de la fibromialgia, al igual que en neurofeedback en ese mismo trastorno, potenciando el aumento de las ondas de baja frecuencia (baja alpha y theta) y disminuyendo las de alta frecuencia (beta).

Por el momento, se conocen dos procedimientos para facilitar la puesta en marcha de los sistemas naturales de regulación del dolor: el biofeedback y la hipnosis. En ambos casos se lleva a cabo una exposición a la actividad fisiológica relevante, centrándose en ella tal y como acontece, potenciando formas de procesamiento alejadas del control verbal y centradas en la experimentación. Posiblemente, otras técnicas o procedimientos terapéuticos puedan servir también a este objetivo, o de hecho ya lo hagan. Se trata de impedir que el sistema natural falle. Es la metáfora del fallo: no escuchar claramente la señal. Esta metáfora puede aplicarse no sólo a la terapéutica médica sino también a la psicológica. En efecto, no reconocer o más frecuentemente rechazar o negar las sensaciones o cambios perceptivos, con independencia de que puedan ser molestos o indeseables, dificulta e incluso interfiere en su regulación.

La aceptación del dolor

Admito que resulte arriesgado hablar de aceptación del dolor, sin embargo, de lo expuesto hasta aquí parece claro que el modo de conseguir reducir y/o eliminar el dolor debe partir de él mismo. Al igual que ocurre en los trastornos de ansiedad, el huir del objeto fóbico, lo que hace realmente es reafirmar el miedo. En el caso del dolor, su aceptación e incluso la contemplación de algunas de las respuestas fisiológicas relacionadas con él, son una vía para reducirlo. Un ejemplo es el uso de programas de exposición utilizados para el tratamiento de la fibromialgia, o el uso la escritura como forma de exposición y de autodescubrimiento.

Aceptar el dolor, el malestar y las limitaciones que esto supone no es un punto de llegada sino de partida. Tampoco es una mera actitud o filosofía, sin más, sino que se integra en un tipo concreto de terapia, las incluidas dentro del rótulo de terapias de 3ª generación y en particular en una de ellas: la terapia de aceptación y compromiso. El hecho de que en muchos problemas de dolor crónico, incluido obviamente el dolor originado por procesos degenerativos o del envejecimiento en sí, se mantengan a pesar del tratamiento médico, da más sentido adaptativo al reconocimiento y aceptación de su presencia.
   

Un abordaje de estas características es congruente con los principios que sustentan la terapia cognitivo-conductual y con los aspectos que se han recogido más arriba sobre los sistemas naturales de regulación del dolor. Se ajusta mejor, además, con el sentido general de que no es posible una vida sin dolor, sin malestar, sin cambios en el estado de ánimo, etc. En suma queda mejor integrado en la forma natural de la vida. Introduce, por tanto, un orden en los objetivos. Recuperar el control de la propia vida ya traerá, por sí sólo, una mejora en la autoestima.

A modo de conclusión

Contamos con dos procedimientos de intervención complementarios y congruentes entre sí, que pueden ser aplicados de forma secuencial o combinada. Por un lado podemos actuar mediante técnicas psicofisiológicas sencillas (biofeedback e hipnosis) para reducir el dolor operando sobre los sistemas naturales de autorregulación del dolor, en especial en el dolor disfuncional; y, por otro, actuar sobre los aspectos comportamentales y emocionales relacionados con el afrontamiento del dolor, mediante el abordaje tradicional de la terapia cognitivo-conductual con las aportaciones recientes de la terapia de aceptación y compromiso y otras terapias de conducta de tercera generación.

Debemos felicitarnos, por tanto, por contar con un acercamiento completo y comprehensivo del tratamiento psicológico del dolor crónico, además de parsimonioso. En efecto, el estudio y tratamiento del dolor aún siendo una empresa compleja, debe requerir medidas terapéuticas sencillas, pues los sistemas complejos, justamente, pueden ser moldeados más eficientemente mediante pequeños cambios.