La convivencia es un verdadero desafío, porque independientemente de cómo sea el otro, la lucha es con uno mismo.

En una etapa de la humanidad en que la mayoría parece tener sentimientos contradictorios, todos se debaten en el conflicto que les produce vivir aislados pero anhelando a la vez estar con otro.


Más que en otras épocas, la gente necesita demasiado espacio y tranquilidad, porque valora más la privacidad y la intimidad, se ha vuelto más solitaria, ha descubierto el placer de la soledad y la importancia de valorarse y ser para si mismos. Creen que convivir con otra persona ó incluso con una mascota, requiere la intención de hacerlos felices y significa sacrificar e incluso renunciar al ego.


Sin embargo, el propósito de hacer feliz a otro proporciona también a quien se entrega, la oportunidad de ser feliz y es un signo de evolución y de madurez.

Es verdad que la convivencia exige estar preparado a ceder espacios y aprender a estar con otro; porque se puede estar muy enamorado pero las emociones, cuanto más intensas menos racionales son y representan el mayor obstáculo para resolver los conflictos.

Cuando dos personas están dispuestas a convivir es necesario establecer de antemano las reglas de convivencia. No da buen resultado dejar una casa sin timón ni organización haciendo cada uno lo que le parece según sus hábitos, porque toda convivencia exige compartir no sólo un espacio común sino todas las tareas que se requieren en el ámbito donde vive.

Es importante que cada uno elija hacer lo que más le guste y se comprometa a hacerlo con absoluta responsabilidad. Si no le resultara posible por algún motivo lo mejor será negociar y juntos llegar a un acuerdo común.

Quedarse callado ante una circunstancia adversa es peor que discutir, porque la mente no olvida los agravios o los disgustos y va amontonando energía hasta que una catarata de insultos explota por una nimiedad.

Un amor apasionado hay que vivirlo intensamente lejos de las obligaciones hogareñas, porque no permite razonar ni elegir mejor a una pareja y lleva a hacer concesiones difíciles de mantener cuando se recobra la cordura.

Descubren después que no tienen nada en común, que piensan diferente, que tienen valores distintos, creencias diferentes y ninguna coincidencia de propósitos u objetivos.

Para tomar la decisión de convivir con otro es importante elegirlo con racionalidad, teniendo en cuenta no sólo sus atributos físicos, ya que son los que menos perduran, ni su posición económica o social, que también puede variar, sino sus cualidades como persona, sus valores y su filosofía de vida.

Tienen que existir más puntos en común que diferencias, porque si la relación se consolida y deciden tener hijos, criterios muy distintos harán que todos sean infelices.

Las parejas fallan porque tienen expectativas poco realistas; cada uno de ellos cree que la convivencia será idílica, y que el otro lo aceptará como es.

Sin embargo, toda pareja atraviesa por tres etapas ineludibles:[/i]

La primera es el enamoramiento, que es un estado mental en el que ambos pueden estar tan obnubilados por la pasión que haga que no exista entre ellos ni un si ni un no.

En la segunda etapa, que es cuando se calma la pasión, comienza la lucha por el poder. Este período de adaptación de ambos a su nueva condición, muchas veces no termina nunca y si no pasan a la siguiente etapa se puede producir la ruptura.

La tercera es la etapa de la aceptación, cuando ambos ya se conocen como son en la intimidad y están dispuestos a aceptarse mutuamente.

El problema más complejo de la convivencia es el permanente intento de cambiar al otro; tarea que casi nunca se logra, afortunadamente, porque si así fuera alguno de los dos quedaría alienado en el otro y la pareja se podría consumir de aburrimiento.

La ruptura siempre está plagada de cosas no dichas y junto con los celos, la dependencia y los hábitos pocos saludables representan las causas más comunes de las separaciones y de los divorcios.