Uno de los integrantes de una pareja está pesando ciento veinte kilos y además su análisis de sangre registra elevados niveles de colesterol y glucemia.

Su médico le indica que tiene que bajar esos niveles peligrosos para su salud y lo primero que le recomienda a su paciente es hacer una dieta estricta.


Se trata de un hombre de cuarenta años que comenzó a engordar en su adolescencia de a poco, hasta llegar al peso que tiene ahora.

Después del diagnóstico que le hizo el médico y teniendo en cuenta que la balanza no cesaba de subir, decidió hacer caso a la recomendación y se incorporó a un grupo terapéutico para los desórdenes de la alimentación iniciando un plan de adelgazamiento.

Pero lo que pensaba que iba a ser para él una experiencia, que tal vez le podría dar la esperanza de volver a ser el hombre que era antes, se dio cuenta que su intención alteró a su esposa que comenzó a comportarse con él de una manera distinta.


Su deseo era solamente iniciar una nueva vida, aprendiendo a comer de otra manera, y poder disfrutar con su mujer de la práctica de algún deporte o de salir a correr para hacer ejercicio aeróbico; pero ni bien comenzó la dieta percibió en su pareja señales de descontento que le dieron a entender que no participaba de su mismo entusiasmo.

A ella parecía no importarle su gordura, es más, también estaba gorda y además malhumorada, porque sólo podía usar para vestirse amplias túnicas. Sin embargo, esta nueva situación le dio miedo, un miedo inconfesable de perder a su marido cuando estuviera flaco y con mejor aspecto.

Tanto temor tenía de perderlo que no le importaba que su obesidad le afectara la salud, y buscaba excusas sin fundamento para justificar su falta de amor y su gran egoísmo.

Se sentía segura con él, porque con ese peso, ella siempre sería la única; y no existiría el peligro de que la engañara con otra.

De pronto sin embargo, se encontró con un hombre lleno de entusiasmo con la dieta, que ya no se quedaba más sentado en su sillón en su tiempo libre para ver televisión con ella, y le pareció un extraño, alguien que ya no tenía ningún interés en su persona, porque por primera vez tenía objetivos diferentes y propios.

Los celos pueden destruir una pareja cuando uno de ellos está dispuesto a cambiar para mejorarse y crecer o recuperar su salud si ha estado enfermo mucho tiempo, principalmente cuando la relación se estructura sobre la base de una enfermedad crónica; porque cuando ésta condición se modifica aparece un conflicto serio que tiende a mantener el statu quo, al no poder adaptarse a una nueva estructura sobre bases sanas.

El enfermo, a veces sin darse cuenta, suele ser el emergente de una relación enferma, cuando rompe el equilibrio patológico de la relación con una conducta nueva, su deseo de curarse.

La obesidad es una enfermedad que puede afectar a toda una familia, que no sólo comparte factores genéticos sino también malos hábitos para alimentarse.

Cuando uno de ellos cambia y pretende comenzar una dieta, es probable que el resto lo sabotee, se burle de él e intente hacerlo caer en la tentación de comer como antes, tal como lo hacen ellos.[/i]

Los demás integrantes del grupo familiar, que no hacen dieta, pronto fagocitarán las mejores intenciones de quien se quiere rehabilitar y más tarde o más temprano aún aquellos que tengan la más grande motivación para adelgazar, se sentirán impulsados a comer de más y abandonarán la dieta.

Entrar en un plan de adelgazamiento implica un compromiso con uno mismo; es la oportunidad de ser capaz de diferenciarse, de ser único y distinto, de tener objetivos personales, de hacer algo por uno mismo, de levantar la autoestima y lograr lo que jamás en las antiguas condiciones se hubiera propuesto.

Tal vez este conflicto indique que es necesario un nuevo comienzo para la pareja o para él mismo, de encontrar una nueva forma de jugar su rol en la familia, como alguien que es capaz de trascender los conflictos y seguir adelante, tomando distancia de las influencias de todos aquellos que no están dispuestos a aceptarlo distinto.