Este trastorno, que se caracteriza por la sensación que tiene un individuo de percibir una parte de su cuerpo como si no formara parte de él; se manifiesta desde su niñez y lo acompaña toda la vida.

Los que lo padecen, son personas normales que no presentan patologías neurológicas ni tampoco enfermedades mentales que puedan asociarse con esta afección, salvo el estado de malestar y depresión causado por este continuo padecimiento.

Simplemente, sienten una sensación de desagrado y extrañeza ante la presencia en su cuerpo de un miembro, como por ejemplo, un brazo o una pierna, que consideran totalmente ajeno a ellos, que les molesta y que les duele; y se resisten a aceptarlos como propios, como si les sobraran y se tratara de un tercer miembro que tienen de más.

Aunque se trate de una parte importante de sus anatomías y útil para desarrollar una vida normal, como lo puede ser cualquiera de las extremidades, están dispuestos a vivir sin ella porque están convencidos que no pertenece a su cuerpo.


Los médicos que atienden a estos pacientes no pueden encontrar ninguna solución aceptable para su problema, aunque estén dispuestos a someterse a la amputación del miembro que rechazan e insistan en ello; porque ningún profesional de la medicina está autorizado a realizar la amputación de un miembro sano bajo ninguna circunstancia, ni siquiera con el consentimiento del paciente.

A veces, es tanto el rechazo que sienten por el miembro que consideran ajeno a ellos que son capaces de provocarse intencionalmente infecciones graves para obligar a los cirujanos a realizar la ablación del miembro en cuestión y si no lo logran, hasta pueden cercenárselos ellos mismos exponiéndose bajo las vías de un tren.

Cuando logran su objetivo, no se sienten inválidos, como habitualmente se sentiría la gran mayoría de la gente en esas circunstancias; sino satisfechos y con la sensación de haberse liberado de una pesada carga.

Ese miembro que rechazan no pueden integrarlo a su identidad, así como otros no pueden aceptar una nariz prominente u otras partes del cuerpo que les desagradan e intentan perfeccionar por medio de cirugías.

Estas personas conocen con exactitud por dónde tienen que cortar el miembro que los perturba y se obsesionan con ello.

Si se trata de una pierna, algunos pueden señalar por debajo de la rodilla y otros más arriba; y si se trata de un brazo, que puede ser cualquiera de los dos, pueden señalar por debajo o por arriba del codo.

Este trastorno se relaciona con el Desorden de la Identidad de género; porque en este caso lo que no se acepta psicológicamente es el cuerpo con el sexo con el que se ha nacido.

Quienes sufren del desorden de identidad de género sienten que están en un cuerpo equivocado, como si no les perteneciera; se sienten mujeres y tienen los atributos de un hombre o se sienten hombres cuando tienen un cuerpo de mujer.[/i]

En estos casos, no se trata de personas perversas que eligen una identidad sexual que no es la de su cuerpo, sino que verdaderamente sienten que están en un cuerpo que no les corresponde.

Ambos trastornos producen un problema de identidad, porque se perciben partes del cuerpo como si no fueran propias.

El Desorden de Identidad de Género se caracteriza por un comportamiento opuesto a lo que se espera para una persona que biológicamente tiene el sexo contrario.

Estas personas también están dispuestas a realizarse las operaciones correctivas necesarias para modificar sus características sexuales y adaptarlas a su verdadera identidad.

En este caso, en muchos países la ciencia puede satisfacer esta necesidad psicológica y permitirle a la persona recuperar su equilibrio psicofísico; pero en el desorden de la identidad de la integridad corporal no existe en la medicina, una forma de satisfacer la necesidad psicológica de estos pacientes, quienes se atreven por su cuenta a ultrajar su cuerpo con tal de deshacerse de los miembros que no consideran suyos.