La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce el trastorno de la adicción al juego; y desde 1980 es considerada una patología psiquiátrica por la Asociación de Psiquiatría de los Estados Unidos.

El juego compulsivo es una adicción que provoca graves problemas tanto familiares, como laborales y sociales; así como también violencia, suicidios, estafas, robo y hasta homicidios por el afán del jugador de conseguir dinero a toda costa para apostar.


Un jugador empedernido puede llegar a vender su propia casa, su auto, y todas sus pertenencias y quedarse sin absolutamente nada, destruir su hogar y quedarse en la calle.

Este trastorno, también llamado ludopatía, en otras épocas afectaba exclusivamente a los hombres, pero actualmente afecta también a las mujeres, que pueden pasarse todo el día frente a una máquina tragamonedas.

El adicto al juego es una persona inmadura, con carencias afectivas que puede haber experimentado abandonos o traumas en la niñez y el juego, para ellos, representa el intento fallido de recuperar lo que han perdido.

Estos enfermos no creen que sufren una adicción, porque están convencidos de tener el control de sus actos, sin embargo sus apuestas son cada vez más grandes y su concurrencia a las salas de juego cada vez más frecuentes.

Para un apostador, jugar por dinero le produce gran excitación, es la oportunidad de experimentar un desafío que le da el placer de sentir correr adrenalina por su sangre y que él puede considerar tanto o más eficaz que el placer del sexo.

Una investigación realizada en Argentina por un equipo de neurólogos del Instituto Fleni, presentado oportunamente en la Academia Americana de Neurología, mostró que los patrones cerebrales de los jugadores compulsivos que participaron en la prueba, eran similares al que se registra en los alcohólicos y los drogadictos; y además se pudo observar también una alteración en la corteza prefrontal que se relaciona con la capacidad de abstraer, planificar, organizar y aprender de la experiencia. Pero aún no se sabe si esta anormalidad es la que genera la disposición al juego o si la ludopatía es lo que la produce.

Para un jugador compulsivo, perder dinero significa la oportunidad de seguir jugando y de vivir al límite, que es la sensación que no se quieren perder.

Generalmente es su familia la que lo lleva a realizar un tratamiento, pero si no existe una intención personal genuina y es otro el que lo incita a rehabilitarse, es común que tengan recaídas, porque se necesita su decisión y su propio compromiso para el cambio. Sin embargo, la asistencia a los grupos de apoyo puede motivarlo a modificar su comportamiento.

Recuperarse significa tener el dominio de si mismo para poder cambiar, y para elaborar otro proyecto para vivir y ser capaz de cumplirlo.

Aunque los adictos al juego se pueden recuperar con el tratamiento adecuado, no se curan y su recuperación depende no sólo de su voluntad sino también del apoyo que le brinde su familia.


En Argentina este problema afecta a casi el 3% de la población adulta; y este porcentaje continúa aumentando.

En los últimos cinco años fueron habilitados en este país 22 casinos, muchos de ellos próximos a los centros más densamente poblados.

En Rusia, para tratar de disminuir el avance de la adicción al juego, fueron trasladados los casinos lejos de las grandes ciudades, interesante propuesta que sirve para fomentar el turismo y obstaculizar la posibilidad de caer en esta trampa.

La línea de ayuda gratuita en la Capital Federal, disponible para apostadores compulsivos es 0800-666-6006

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