El Trastorno Límite de la Personalidad es una alteración del comportamiento que se encuentra en la frontera entre la normalidad y la patología.

Las características son; inestabilidad emocional y afectiva, impulsividad, sensación de vulnerabilidad, dificultad para adaptarse, temor al abandono, problemas de relación y de identidad, sentimientos de vacío existencial, reacciones inapropiadas violentas, ideación paranoide por estrés y a veces síntomas disociativos serios.


La inestabilidad afectiva, propia de este trastorno, se manifiesta con bruscos cambios de humor y de estado de ánimo, con períodos de ira, angustia o desesperación y escasos momentos de bienestar y satisfacción.

Las personas que padecen este síndrome llevan una vida desordenada, se sienten inadecuados, tienen baja autoestima y problemas en la percepción de la realidad y con sus relaciones.


Todos estos trastornos, en parte, tienen su origen en las experiencias de apego con los progenitores o con las personas que cuidan a los niños; y esos patrones, vinculados con el afecto, en esa etapa del desarrollo, persisten en la adolescencia y en la vida adulta.

La conducta de apego es innata y representa la búsqueda de la seguridad.

Estos sujetos parecen normales pero están en el límite de la normalidad y al borde de la patología.

No se trata de niños que han tenido padres negligentes o que hayan sido sometidos a maltrato, sino de fallas en el tipo de relación que tenían con ellos.

Tampoco se asocia con hogares disfuncionales o desorganizados, sino que tiene que ver con los vínculos; y la misma dificultad entre padres e hijos se reflejará posteriormente en la vida adulta; porque la relación con los progenitores quedará en el niño internalizada como modelo.

Los padres pudieron haber tenido historias infantiles que bloquearon su capacidad de conectarse adecuadamente con los hijos, pueden haber estado enfermos, deprimidos o habitualmente preocupados.

Sin embargo, las dificultades de apego no son la única respuesta para el TLP, ni es la única causa, sino que es uno de los factores que influyen en el desarrollo de este tipo de personalidad.

Las personas que presentan este síndrome se esfuerzan para no sufrir abandonos, tanto reales como imaginarios, temen estar solos, aunque sea por poco tiempo, no toleran el rechazo y reaccionan emocionalmente en forma muy intensa; tienen una identidad difusa, actúan según las expectativas de los otros, desean agradar y no dicen lo que piensan porque creen que nadie los entiende. Sus relaciones interpersonales son muy inestables y conflictivas y pasan del extremo de la devoción a la indiferencia total en poco tiempo.

Tienen conductas impulsivas, como gastar el dinero sin control, caer en adicciones al alcohol, las drogas o la comida y sus tendencias autodestructivas pueden llevar a algunos al suicidio. Se aburren con facilidad y sienten un vacío existencial crónico que los hace estar siempre en actividad para intentar disminuir esa sensación, a veces en actividades de algo riesgo.

Sus arranques de ira son impulsivos y los hacen sentir menos vulnerables pero sin intención de causar daño; y a veces, en estado de estrés, pueden tener ideas paranoides transitorias y ser suspicaces al empeñarse en pensar que los demás desean hacerles daño.[/i]

J. Bowlby definió el apego como la tendencia instintiva de los seres humanos y también de otras especies superiores, a buscar seguridad en la proximidad de un individuo cercano que perciben como protector, cuando tienen temor o cuando se sienten vulnerables.

Existen tres aspectos básicos que permiten establecer buenos vínculos con los padres:
1) Cuando hay sintonía entre padres e hijos sin necesidad de palabras.
2) Cuando a través de la sintonía con los progenitores, el niño puede lograr el equilibrio corporal, emocional y mental.
3) Cuando la relación con los progenitores permite sentirse integrado y en conexión con los demás.

Todos estos aspectos están seriamente afectados en las personas que sufren trastorno límite de la personalidad.

Pero cuando se han cumplido estos aspectos en la niñez; en la adultez, podrán tener el equilibrio necesario para autorregularse, conectarse con los otros, pedir y brindar ayuda.

Fuente: “Mente y Cerebro, Investigación y Ciencia”, No.46/2011, “Del apego temprano al TLP”, Dolores Mosquera y Anabel González.