En el Seminario 5 “Las formaciones del inconsciente” (1957-1958) Lacan nos dice que respecto del Padre, y por lo tanto del Edipo -ya que aquel es un elemento central en éste- el padre tiene una función normatizadora.

Si tenemos en cuenta el devenir de las discusiones y teorías en torno al tema del Edipo, uno de los polos indiscutibles es el que tiene que ver con la asunción del sexo: que el hombre asuma la “virilidad”, y la mujer asuma cierta “feminidad” en lo que respecta a sus funciones.

Dentro de este polo del Edipo, el que se vincula a la asunción del propio sexo, como ya les dije, concierne a la cuestión de la Castración, a la cuestión de la falta.


Aquí, para introducir la cuestión del padre, teórica y clínicamente tenemos que preguntarnos de qué hablamos cuando oímos aseverar muy frecuentemente -en ámbitos populares, hasta en ámbitos pedagógicos y terapéuticos- que “aquí lo que pasa es que falta el padre”.

¿Qué decimos cuando hablamos de “carencia paterna”? ¿De qué va esto de que “falta el padre?”

Porque hay que reconocer que es difícil respecto de este tema no caer en “ambientalismos” en relación a la falta o presencia de padre en la configuración familiar; o si el padre es bueno o el padre es malo…

Por ejemplo, digamos que hay muchos datos biográficos que clínicamente han demostrado que un Edipo puede constituirse muy bien aún cuando el padre no está presente en una determinada familia…

Pasa que hubo una época en el psicoanálisis donde esa figura del “padre terrorífico” parecía ser el causante de lesiones irreparables -hasta que en las neurosis se apreciaba que más grave era cuando ese padre era demasiado amable… Algo que vemos mucho actualmente.

Dice Lacan (y lo verificamos en los decires de los pacientes) que están los padres sumisos, los débiles, los padres sometidos, los castigados por su mujer, los padres lisiados, los padres ciegos… en fin, distintas figuras del “padre caído”.

Lo que nos advierte con esto Lacan es que en relación a su presencia o ausencia, no tenemos que perdernos ubicando la cuestión en términos de los datos de la realidad fáctica. Es decir, que si hay o no padre, el personaje real digamos, en la familia.

Lacan retoma la importancia de la “carencia paterna” advirtiéndonos de que el padre puede ser muy “normativo” sin ser “normal”, y viceversa, pero esto ya nos llevaría al campo de la patología específica de ese padre en particular (puede ser neurótico, psicótico, perverso)

Y luego nos dice que la posición del padre en la familia no debe confundirse con lo “normativizante” de su función; es decir que hablar de su carencia en la familia no es hablar de carencia en el Complejo de Edipo.


Primero tenemos siempre en la temática del Edipo el “cuento” que nos sabemos del Edipo, con lo que implica del papel del padre terrible, prohibiendo al niño de la madre.

Pero es una imagen que dice algo más complejo, y es que el padre interviene en diversos planos, como ya hemos mencionado en su momento: en principio y fundamental en el Complejo de Edipo, el Padre es el que prohíbe a la madre.

De entrada, y esto es lo fundamental, su función es algo que vincula al padre directamente con la ley primordial de la interdicción del incesto.

Y esta aplicación de la Ley la lleva a cabo más allá de las efectivas “amenazas” que se hagan a nivel de la realidad. Porque esas amenazas que se imaginariza que proviene del padre y de su ley, las puede tranquilamente hacer la madre y eso lo sabemos muy bien. No se necesita al padre para hacer tales amenazas… Esa amenaza no nos dice nada de la función que sí es fundamental: la de la prohibición del incesto. Esa ley lo que vehiculiza es algo así como que “con todas menos con tu madre”.


No tiene que ver entonces esa prohibición con tal o cual “amenaza” que se haya o no hecho, sino que más bien su importancia reside en los efectos de tal ley en el inconsciente. En cómo esa ley se inscribe en el inconsciente del sujeto niño.

Sí, dice Lacan, se puede decir que esto es “bajo la amenaza de castración”, pero lo esencial aquí es el vínculo de la castración con esa ley.

Planteando las cosas clínicamente, lo que sabemos es que esa relación entre el niño y el padre está básicamente teñida por el “temor a la castración”. Es decir, esa relación de “odio” al padre es por lo que éste le ha prohibido: su objeto de amor privilegiado, la madre.

Ahora bien, la castración, que leemos como una interdicción simbólica, también en el neurótico se juega a nivel imaginario, que es de donde parte, ya que la ley no se enuncia como una frase del tipo “quien se acueste con su madre será castigado con el corte de los genitales”; esto no llega así al oído del sujeto, digamos.

Lo que llega es algo así como una represalia, por la que el niño “odia” al padre…Algo que en el transcurso lógico del Edipo tomará su curso normal -como lo vimos ya previamente