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Duelo

Pérdida de seres amados.

La Hipocondría o el enfermo imaginario

Entre el seis y el diez por ciento de la población mundial sufre de hiponcondría, que es el miedo irracional a enfermarse.

Cualquier molestia orgánica o dolor ocasional es suficiente, para que estas personas tengan la certeza de padecer una enfermedad terminal y la amenaza de una muerte cercana.

El hipocondríaco, es el que está convencido que está enfermo, aunque los médicos le aseguren que está perfectamente sano.



Se trata de un temor infundado que se experimenta sin tener ningún diagnóstico confiable que lo avale; de una certeza, preocupación y convicción de estar enfermo o al borde de la muerte, en virtud de una falsa interpretación y un erróneo diagnóstico, inferido a partir de eventuales síntomas orgánicos.

Este temor continúa afligiéndolos aunque todos los exámenes que les realicen no acusen ninguna anormalidad y el médico les asegure que no existe ninguna patología.

Esta creencia no es una enfermedad mental grave, pero es un trastorno psicológico que dificulta la vida laboral del paciente, perturba su entorno social y sus relaciones, y obstaculiza cualquier otra actividad que habitualmente realiza.

Si el paciente se somete a un tratamiento médico y busca un apoyo psicológico adecuado, este trastorno en pocos meses puede mejorar.

Antiguamente se pensaba que se trataba de un problema orgánico, pero posteriormente se comenzó a considerar como un problema psicológico, pero es probable que en alguna medida estén comprometidos ambos niveles.

Cualquier síntoma que generalmente es producido por el estrés, estas personas lo atribuyen a enfermedades graves; y esos pensamientos les crean la necesidad imperiosa de consultar a distintos médicos, obligándolos a deambular por los consultorios de diferentes especialistas. Aunque hay casos en que ni siquiera se animan a consultar a un médico por temor a confirmar sus sospechas más temidas.

Los dolores corporales son muy subjetivos y no todos sienten de la misma manera aunque se trate de la misma patología.

El hipocondríaco se siente muy vulnerable, es vencido por su propia sugestión que es la que aumenta su ansiedad y le hace interpretar sus sensaciones físicas como dolorosas, haciendo que su percepción sea tan real como la de una enfermedad verdadera.

La personalidad de estos pacientes se caracteriza por la baja autoestima y pueden ser melancólicos, narcisistas, obsesivos, ansiosos o depresivos.

No todas, sino cualquiera de estas características pueden estar presentes en esta patología, que afecta por igual a ambos sexos.

Desde el punto de vista psicoanalítico, a nivel inconsciente, puede tratarse de personas que hayan reprimido su gran hostilidad hacia personas significativas durante su infancia, que estén proyectando hacia el exterior su culpa y que ésta regrese en forma de castigo.

A veces, este trastorno aparece en circunstancias en que algún familiar cercano o amigo fallece debido a una enfermedad grave, o por tener una constitución débil, o por estar inmerso en un contexto familiar aprensivo, demasiado obsesionado por el cuidado de la salud, que puede transmitirle la misma preocupación agravada a sus descendientes.

Pero lo que encubre principalmente la hipocondría es el miedo a la muerte.

Como bien expresó alguien que me hizo alguna vez un comentario sobre este tema, sólo se muere una vez, pero los hipocondríacos mueren todos los días.
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Los Duelos

Todos hemos sufrido pérdidas en esta vida que nos llegaron a afectar profundamente; seres queridos que dejan este mundo, trabajos, status social, patrimonios, divorcios, etc.

A pesar de saber que tendremos que enfrentar pérdidas en nuestras vidas, ya que el cambio es la característica esencial de la existencia, nos aferramos a las cosas y a las personas y muchos no pueden aceptarlos.

Es necesario vivir el dolor de las pérdidas para poder seguir con nuestras vidas y continuar creciendo.

La mejor forma de encarar estas experiencias es tener la suficiente fortaleza para aceptarlas y poder trascenderlas, y para continuar viviendo la realidad desde las limitaciones y desilusiones que nos depara y el dolor de las pérdidas.



El verdadero desafío es volver a empezar y enfrentar un nuevo modo de vida, porque todo cambio produce una transformación en el entorno al que hay que adaptarse.

Estamos hechos de pequeñas o grandes rutinas que nos hacen sentir cómodos y seguros, que cuando se interrumpen pueden derrumbar cualquier estructura que no esté firmemente afianzada.

Los cambios nos obligan a crecer y a intentar cosas nuevas, porque no hay edad para emprender un nuevo camino.

El duelo por las pérdidas sufridas es el intento de restablecer el equilibrio perdido.

Nos sentimos unidos a nuestros seres queridos con vínculos que implican una relación de pertenencia, fruto de muchas experiencias juntos y de una historia común, que la desaparición física modifica y la transforma en un recuerdo, que será el lazo que nos mantendrá unidos a ellos para siempre.

La muerte de personas cercanas nos deja una sensación de orfandad, de carencia afectiva irremediable que puede afectar el curso de nuestras vidas.

Sólo una gran fortaleza nos ayudan a salir indemnes de estas situaciones difíciles, recuperarnos de las pérdidas irreparables y seguir viviendo, atreviéndonos a empezar de nuevo.

Quedar adherido a un pasado perdido es renunciar a la vida, al presente y al futuro, y demuestra la imposibilidad de salir de uno mismo para enfrentar de nuevo al mundo.

La aceptación de la muerte como parte de la vida es posible cuando la realidad logra imponerse y nos impide refugiarnos en nuestras propias fantasías.

Una persona normal y equilibrada puede asumir cualquier situación de la vida, porque estamos diseñados para ello y contamos con todos los recursos como para soportar cualquier contingencia sin derrumbarnos.

Solo las personas con estructuras de carácter poco firmes e inestables tienen dificultades serias para superar estos trances, renunciando a aceptar las pérdidas y suprimiendo el dolor negándolas, en lugar de ser capaces de vivirlo y seguir adelante.

El tiempo cura todo y el dolor le da paso al recuerdo dejando atrás la angustia y el sufrimiento, permitiendo emprender nuevos desafíos sin la carga emocional del anhelo de quien ya no está, porque hemos decidido aceptar que así sea.

El adentro y el afuera vuelven a estar iguales, la realidad ya no es una amenaza que se cierne sobre nosotros sino una oportunidad, y dejamos de permanecer ensimismados para abrirnos otra vez a lo nuevo.

Muchos prefieren quedar prisioneros del pasado perdido y no logran verle a la vida sentido. Se sumergen en un transcurrir opaco y deslucido, renuncian a sus ideales, abandonan sus proyectos y en un duelo interminable dejan pasar los días; como si el que se fue se hubiera llevado su espíritu dejando sólo un cuerpo vacío.

Hay que seguir viviendo la propia vida, porque tener vida propia es la clave para superar las pérdidas, sin depender de nadie; porque detrás de un duelo no elaborado puede esconderse el fantasma de la dependencia, roles que no se cumplirán más, necesidades insatisfechas a las que a muchos les resulta imposible renunciar.

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El Duelo Crónico

El duelo crónico es la imposibilidad de elaborar una pérdida irreparable. Es cuando aún con el paso de muchos años el fallecido permanece vivo en el recuerdo como una llaga abierta.

La persona no puede aceptar haber sido despojado de su afecto, no puede incorporar el hecho a su historia y permanece esclavo del ausente, cuya memoria presente se impone patética como el primer día.

Elaborar un duelo significa la posibilidad de expresar la emoción del dolor por una pérdida, que si no se manifiesta quedará latente como una herida sin curar, que volverá a sangrar cada vez que una nueva situación de pérdida se produzca en la vida.

El modo de elaborar un duelo se relaciona con la estructura de la personalidad y varios factores se combinan para impedir la aceptación definitiva de un hecho trágico que no permite continuar viviendo normalmente ni recordar al ausente sin sufrimiento.



Una personalidad con tendencia depresiva puede hacer a una persona más vulnerable frente a las experiencias de pérdidas y llevarla a sufrir un duelo en forma patológica. Porque los factores endógenos que predisponen a una depresión pueden activarse ante una situación de pérdida afectiva y manifestarse como una depresión reactiva frente a esa circunstancia difícil, convirtiéndose en un detonante de una enfermedad latente.

La mayoría tiene los recursos para aceptar lo irreparable en el lapso de uno o dos años como máximo, siempre que no hayan quedado cuestiones sin resolver con la persona fallecida.

Desde una perspectiva humana se trata de descubrir la causa y encontrar un culpable, cuando lo que más incomoda es tener que aceptar que el enigma de la vida es que nunca el hombre podrá controlar todas las variables.

La desaparición física de una persona significativa, implica un cambio en la forma de vida de los deudos más próximos, o sea, tener que seguir viviendo de otra forma, sin esa persona, lo que provoca una crisis de identidad que a veces les permite tomarse el permiso para cambiar todo.

Pero el problema básico y común en los duelos no elaborados es la culpa; porque contrariamente a lo que se puede suponer desde el sentido común, no es el sufrimiento el que mantiene atado a un deudo al fallecido, sino la culpa.

En personalidades autosuficientes, acostumbradas a resolverlo todo y a enfrentar los desafíos, una pérdida afectiva puede exceder esta capacidad y ser vivida como un fracaso propio, quitando autoestima y generando el sentimiento de no haber podido hacer lo necesario para impedirlo.

Es normal que las relaciones afectivas, aún las más estrechas y bien avenidas, se basen en un sentimiento ambivalente de amor y de odio; porque la hostilidad nunca está ausente en una relación, ya que en general todas las personas son diferentes en algún aspecto y tienen modos de pensar distintos.

La persona que no puede elaborar una pérdida expresando el dolor; mantiene vivo al ausente, no se puede desprender de él y simbólicamente tampoco lo puede enterrar y atreverse a vivir sin su recuerdo permanente; dándole lugar en sus rutinas y ocupando un lugar preponderante en su vida.

La resistencia frente a los hechos irremediables implica que no se le puede perdonar al muerto haberse ido y a la vez sentirse culpable por no poder haber hecho nada para evitarlo.

La culpa la genera la hostilidad reprimida hacia el muerto, o sea, cosas que no se pudieron reparar en vida ú oportunidades de reconciliación perdidas.

Para dejar ir a la persona fallecida y poder continuar viviendo y disfrutar de la vida, es necesario perdonarse y perdonar al ausente, aceptando que pueden existir o no razones para que ocurran los acontecimientos y hechos que podremos evitar o no, por más grandes que sean nuestros esfuerzos.

Porque aceptar la muerte es aceptar la vida como es, no como nosotros queremos.

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No puedo perdonar

El que no puede perdonar es esclavo del rencor y del resentimiento, emociones negativas que tienen el poder de destruir el cuerpo.

El rencor es una pena guardada que contamina todas las experiencias porque cada nuevo dolor la vigoriza y la mantiene viva.

Amarga la vida y malogra el carácter, vuelve a las personas suspicaces y temerosas de repetir historias.

Es el ego el que no perdona cuando es herido porque teme perder la precaria autoestima de la imagen que ha construido de si mismo.

Es para defender una imagen que no perdonamos y nos condenamos a permanecer anclados en el pasado sin poder cambiar ni crecer, atados a los recuerdos ingratos.

Todos necesitamos que nos perdonen y perdonar para seguir adelante y darle una oportunidad al que se ha equivocado, porque nadie está libre de errores, ni siquiera nosotros.



Cuando alguien nos lastima o nos trata mal, volvemos a sentirnos igual que cuando nuestros padres nos reprendían por haber hecho una travesura.

Esa antigua sensación física de temor al rechazo o al abandono vuelve a aparecer como un fantasma cada vez que vivimos una amenaza igual aunque seamos adultos.

Eso ocurre generalmente cuando aún no se ha podido perdonar a los padres.

El ego gasta energía defendiéndose de las agresiones cotidianas, sin saber que el verdadero ser que somos es intocable y que nadie puede atacarlo ni dañarlo.

Cuando estamos identificados con el ego el resultado es invariablemente un continuo sufrimiento, como si estuviéramos en carne viva nos ofendemos cada vez que escuchamos nuestras propias críticas en boca de otro.

Por eso no podemos perdonar, porque el ego es muy vulnerable a la opinión de los demás que apenas nos conocen pero que nos dicen lo que no queremos oír que ya sabemos.

¿Por qué nos hieren lo que los otros dicen y nos duelen sus agresiones? Principalmente porque no estamos seguros de cómo somos y todavía nos estamos preguntando quienes somos.

¿Será porque aún no nos hemos comprometido seriamente con una postura personal y andamos por la vida improvisando según la dirección del viento o porque tal vez nos atrevemos todavía a actuar por capricho?

Somos severos con los otros pero indulgentes con nuestro ego que vive disfrazado de otro.

Lo que es indudable es que es mucho mejor recibir una crítica espontánea que una sonrisa fingida que oculta un mal pensamiento sobre nosotros.

La resistencia a la crítica es el signo de madurez que a casi todos nos falta, porque la mayoría prefiere que les mientan y no escuchar que los contradigan.

Sin embargo, una crítica constructiva es útil cuando se tiene la valentía de resistirla y de aprender de ella y no el temor de que mueva los cimientos de nuestra alma.

Seamos más valientes para resistir la crítica, aprendamos a perdonar los errores de otros y a aceptar que pueden pensar diferente sobre nosotros mismos.

Cada persona nos ve y nos juzga según su perspectiva, eso no significa que tengan razón, pero sí tienen el derecho de pensar lo que quieran.

No podemos agradar a todo el mundo ni tampoco es necesario. Lo más importante es estar conforme con uno mismo.

Perdonar no significa tener que frecuentar a una persona como si no hubiera pasado nada y olvidar todo, porque eso sería negación, el perdón va más allá de eso, significa no guardar emoción negativa alguna ligada al agravio, porque es la emoción la que se enquista en el cuerpo y se transforma en una célula cancerosa.
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Sadismo-Masoquismo y Violencia de género

La violencia de género en la actualidad ha dejado de ser un fenómeno privado y poco difundido para convertirse en un tema habitual de la crónica cotidiana, por el carácter sádico que cobran estos hechos que pueden llevar a las víctimas a la muerte.

Quemar a la mujer es la práctica más común en estos tiempos, que puede dejarla desfigurada de por vida o matarla.

La violencia de género se relaciona con el sadismo y el masoquismo.

Según Sigmund Freud, el sadismo y el masoquismo son dos perversiones, que están conectadas entre sí y que se pueden encontrar en proporciones variables en un mismo individuo. El término perversión para este autor no tiene un sentido peyorativo o degradante sino que significa una acción desviada de su finalidad original, como pueden ser por ejemplo todas las conductas sexuales que no sean el coito.

Un sádico es también un masoquista, pero esto no quita que pueda predominar alguno de los dos aspectos, que serán los que caracterizarán la actividad sexual que prevalezca; el sádico de dominio y el masoquista de sumisión.



El sadismo y el masoquismo trasciende el ámbito de las perversiones y esa antítesis actividad pasividad condiciona la vida sexual general.

En cuanto a la génesis, el sadismo es anterior al masoquismo, que se instala cuando el sadismo se vuelve contra el mismo sujeto.

Para Freud el sadismo es el ejercicio de la pulsión de dominio, contra otro, cuyo sufrimiento no afecta al que agrede ni representa ningún placer sexual.

Para este autor, solamente en la fase masoquista la pulsión adquiere un significado sexual y el hacer sufrir se convierte en una característica de la sexualidad; o sea cuando las sensaciones dolorosas se asocian a la excitación sexual y provocan placer.

Por ejemplo, en la neurosis obsesiva, el sujeto se produce sufrimiento a sí mismo o bien se hace castigar por otro, ó hace sufrir a otro; y esto le produce goce masoquista porque se identifica con la víctima.

El conflicto interior es de dominio-sumisión, una posición de perseguido-perseguidor.

Toda interferencia del poder implica relaciones sadomasoquistas del tipo dominio sumisión.

Las polaridades actividad-pasividad que se manifiestan en el sadismo y el masoquismo son las que caracterizan la vida sexual del sujeto, que se vuelven a dar en los puestos que los suceden fálico-castrado, masculino femenino.

La relación entre el sadismo y el masoquismo es tan estrecha que estos términos no se pueden separar ni analizar por separado.

¿Por qué en estos momentos parece haberse acentuado la tendencia sádica de los hombres contra las mujeres y por qué las agresiones son cada vez más violentas?

Una respuesta se puede deducir del nuevo rol de la mujer en la sociedad, que descoloca al hombre y le hace perder su carácter dominante.

Desfigurar a la mujer implica atacar su aspecto más vulnerable que es su atractivo físico y arrebatarle la posibilidad de encontrar otro hombre.

El sádico se asegura así tener a su víctima para siempre, porque a pesar de todo, su actitud masoquista no le permite desvincularse con el agresor.

La violencia de género en la actualidad ha dejado de ser un fenómeno privado y poco difundido para convertirse en un tema habitual de la crónica cotidiana, por el carácter sádico que cobran estos hechos que pueden llevar a las víctimas a la muerte.

Quemar a la mujer es la práctica más común en estos tiempos, que puede dejarla desfigurada de por vida o matarla.

La violencia de género se relaciona con el sadismo y el masoquismo.

Según Sigmund Freud, el sadismo y el masoquismo son dos perversiones, que están conectadas entre sí y que se pueden encontrar en proporciones variables en un mismo individuo. El término perversión para este autor no tiene un sentido peyorativo o degradante sino que significa una acción desviada de su finalidad original, como pueden ser por ejemplo todas las conductas sexuales que no sean el coito.

Un sádico es también un masoquista, pero esto no quita que pueda predominar alguno de los dos aspectos, que serán los que caracterizarán la actividad sexual que prevalezca; el sádico de dominio y el masoquista de sumisión.

El sadismo y el masoquismo trasciende el ámbito de las perversiones y esa antítesis actividad pasividad condiciona la vida sexual general.

En cuanto a la génesis, el sadismo es anterior al masoquismo, que se instala cuando el sadismo se vuelve contra el mismo sujeto.

Para Freud el sadismo es el ejercicio de la pulsión de dominio, contra otro, cuyo sufrimiento no afecta al que agrede ni representa ningún placer sexual.

Para este autor, solamente en la fase masoquista la pulsión adquiere un significado sexual y el hacer sufrir se convierte en una característica de la sexualidad; o sea cuando las sensaciones dolorosas se asocian a la excitación sexual y provocan placer.

Por ejemplo, en la neurosis obsesiva, el sujeto se produce sufrimiento a sí mismo o bien se hace castigar por otro, ó hace sufrir a otro; y esto le produce goce masoquista porque se identifica con la víctima.

El conflicto interior es de dominio-sumisión, una posición de perseguido-perseguidor.

Toda interferencia del poder implica relaciones sadomasoquistas del tipo dominio sumisión.

Las polaridades actividad-pasividad que se manifiestan en el sadismo y el masoquismo son las que caracterizan la vida sexual del sujeto, que se vuelven a dar en los puestos que los suceden fálico-castrado, masculino femenino.

La relación entre el sadismo y el masoquismo es tan estrecha que estos términos no se pueden separar ni analizar por separado.

¿Por qué en estos momentos parece haberse acentuado la tendencia sádica de los hombres contra las mujeres y por qué las agresiones son cada vez más violentas?

Una respuesta se puede deducir del nuevo rol de la mujer en la sociedad, que descoloca al hombre y le hace perder su carácter dominante.

Desfigurar a la mujer implica atacar su aspecto más vulnerable que es su atractivo físico y arrebatarle la posibilidad de encontrar otro hombre.

El sádico se asegura así tener a su víctima para siempre, porque a pesar de todo, su actitud masoquista no le permite desvincularse con el agresor.

Podrá tener otras parejas, pero éstos serán siempre golpeadores, porque es la única forma que le permite disfrutar del sexo.

Toda interferencia del poder implica relaciones sadomasoquistas del tipo dominación sumisión.

Se podría afirmar que en casi todas las parejas existe y que se manifiesta después de la luna de miel en la lucha por el poder, que a veces nunca termina.

Para prevenir la violencia de género en la edad adulta es necesario no someter a los niños a ninguna clase de violencia en la casa, que no sean testigos de las peleas de sus padres y evitar que vean escenas de violencia por cualquier medio.

Desde las teorías del aprendizaje y la psicología cognitiva, la violencia es una conducta que se aprende, un hábito que produce un condicionamiento.

La neurociencia afirma que los hábitos de comportamiento forman nuevas conexiones nerviosas, de manera que es muy difícil erradicarlos para siempre, como ocurre con las adicciones, la conducta violenta, los abusos y las violaciones.

Fuente: “Diccionario de Psicoanálisis”, Laplanche y Pontalis

Lee todo en: Sadismo-Masoquismo y Violencia de género | La guía de Psicología http://psicologia.laguia2000.com/psicoanalisis/sadismo-masoquismo-y-violencia-de-genero#ixzz2MGvOQIUK

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Las pérdidas y el duelo

En el ensayo freudiano sobre “La transitoriedad”, del que hemos hablado en este blog, se continúan las elaboraciones sobre el duelo que hiciera Freud allá por 1915.

Recordemos que este ensayo de Freud comienza con una anécdota, estando él de paseo con amigos, contemplando un paisaje. Uno de ellos -un poeta- estaba consternado porque esa belleza le provocaba aún cierta desazón, sabendo que tal como la veía, desaparecería…



Freud, ecordemos, no estaba de acuerdo con ello y planteó su teoría del duelo.

Aquí el nos dice que parece relativamente normal, desde el saber popular, que cuando alguien pierde algo, como efecto haya un duelo.

Sin embargo, dice Freud que para los psicólogos no es tan obvio; que esto aún resulta enigmático en tanto no se explica por sí mismo, que este fenómeno más bien nos conduce a otras cosas más “oscuras”, si se quiere.

Nos recuerda que los seres humanos tenemos una capacidad de amar que él llama libido, y que al principio de su desarrollo, esa libido se dirigía al yo mismo (narcisismo), pero posteriormente se dirige a los objetos, que como tales, absorbe el yo.

Es entonces que suponemos que cuando alguno de esos objetos se pierde, esa capacidad de amar, esa libido, queda nuevamente libre, pudiendo investir objetos nuevos o retraerse de nuevo al yo.

¿Por qué es tan doloroso este proceso que implica desatar la libido de los objetos de amor?

Freud dice que eso es lo que no es tan obvio, que no se deduce por sí mismo. Lo que se manifiesta claramente es que esa libido se agarra de sus objetos, y no los quiere soltar, a pesar de que exista la posibilidad de aferrarse a objetos nuevos.

Eso, dice Freud, es el duelo.

Ese paisaje que contemplaba Freud con sus amigos había sido al final, destruido por los efectos de la guerra, de la Primer Guerra Mundial. La guerra también acabó con el orgullo de los hombres para con sus monumentos culturales y otros logros, así como también opacó sus esperanzas de que se acabaran las diferencias raciales.

Esto, asevera Freud, dejó al desnudo la vida pulsional. La guerra acabó con cosas que se amaban y también con esas cosas que se pensaban eternas…

A partir de esto, no tiene que sorprendernos que nuestra libido libre se haya aferrado tan intensamente a los objetos que quedaron, como al amor a la patria y a otros ideales que se fortalecieron…

Pero Freud continúa su ensayo, a partir de la anécdota con sus amigos, aseverando que todas las cosas que se perdieron no por haber sido frágiles y perecederas, perdieron su valor.

Y que quienes piensan -como aquel poeta de la anécdota- que lo bello por ser transitorio carece de valor, es porque se encuentran en duelo.

El duelo, dice Freud, tiene su fin cuando la libido ha dejado de aferrarse a lo perdido y, ahora en libertad, inviste nuevos objetos que sustituyen aquellos que se han perdido.

Concluye, al final de su ensayo sobre la transitoriedad de lo bello, que solo con haber superado el duelo por lo perdido, se verificará el alto valor que tenían los objetos para nosotros, a pesar de haberse demostrado su fragilidad.
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“Pegan a un niño”

Para retomar el artículo anterior y ampliar un poco respecto del aspecto simbólico del fantasma, voy a referirme sintéticamente al texto freudiano de “Pegan a un niño”. Un texto que aborda la problemática de la génesis de la perversión, mediante el análisis de un fantasma masoquista.

Freud se basa en seis casos (dos mujeres y cuatro varones) para abordar este tema, casos en los que curiosamente no existe una perversión. Por el mismo Freud nos enteramos que se trata de tres casos de neurosis obsesiva, una histeria, una “psicastenia”, y del otro no dice nada.



¿Cómo es eso? ¿Cómo aborda este problema de la perversión en casos de no perversos?

La cuestión es que la posición del sujeto en el fantasma puede ser perversa pero no se trata de una Perversión como estructura clínica. Lo que hay de perverso en un fantasma neurótico tiene que ver con su relación al goce del Otro. Porque el objeto que el sujeto se hace ser en el fantasma funciona como “tapón” del deseo del Otro.

Lacan analiza este texto freudiano en el Seminario 4 “Las relaciones de objeto” y en el Seminario 5 “Las formaciones del inconsciente”.

La fantasía de “Pegan a un niño”, nos dice Freud en ese texto, suele aparecer frecuentemente en pacientes que lo consultan. Esta es una fantasía que se enlaza a sensaciones de placer, lo que lleva a la repetición de la misma. Esta misma fantasía lleva a satisfacerse sexualmente mediante la masturbación, que en principio suele ser por propia voluntad, pero puede llegar a tener un carácter obsesivo. No es sin resistencias que llega el paciente a confesar tal fantasía, ya que aparecen como resto la vergüenza y la culpa, más aún que en otras confesiones que pueda hacer el paciente sobre su vida sexual infantil.

De esto se desprende entonces: un placer asociado al fantasma, la satisfacción sexual en la que culmina dicha fantasía, la resistencia analítica, y la vergüenza y la culpa que deviene al confesarla.

Hay algo más que se desprende del texto freudiano que tiene una importancia crucial, y es que esas fantasías generalmente están por fuera de la novela neurótica del paciente.

La importancia de este dato que nos arroja Freud es que en principio este “no encajar” en la neurosis del paciente, el hecho de que no tenga que ver con los síntomas, tiene que ver con el aspecto real del fantasma.

Freud ubica en el texto el sujeto y el objeto en esos tres tiempos de la fantasía. La relación entre el sujeto y el objeto implica un contenido simbólico; tiene una significación.

En la primera frase tenemos: “el padre pega al niño odiado por mí”. La significación que desprende de este tiempo de la frase es que “el padre no quiere a otro niño, sino a mí”. Esta fantasía satisface los celos de la niña en relación a su hermano/rival.

La segunda fase es la más importante: “yo soy golpeado por mi padre”. Los personajes son los mismos, pero la significación es otra, con un marcado carácter masoquista. De esta fase se obtien un placer que vinculamos a lo que les dije del fantasma fundamental: lo que no se articula con palabras y es necesario construirlo por los efectos que esto tiene para el sujeto. Esta frase es inconsciente, nos dice Freud.

¿Cómo se pasa de la primera a la segunda fase de la fantasía? Porque la culpa que genera la primera fase encuentra su castigo en la segunda. Una culpa que implica ese amor incestuoso por el padre, derivando en una posición masoquista, perversa, respecto del padre.

La tercera fase es similar a la primera: “pegana un niño”. La diferencia es que la persona no es el padre sino un sustituto (un maestro o alguna autoridad) y la propia persona del sujeto no aparece, sino que hay subrogados del niño.

Esta fase adquiere una forma sádica pero la satisfacción sigue siendo masoquista. Es esta misma fase la que lleva muchas veces a la masturbación, como dice Freud al principio del texto.

Hasta aquí, un comentario acotado de este texto riquísimo que tenemos de Freud y que tantas enseñanzas nos deja en varios temas clínicos en psicoanálisis.
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El duelo... ¿Qué es realmente?

El duelo se define como la:

"Tristeza por la pérdida o ausencia de un ser querido".

Aunque en un principio el término duelo sólo se refería a la muerte de la persona querida, la proliferación de casos de similar dolor en personas que son abandonadas por sus parejas ha llevado a extender el significado más allá de la primera circunstancia.

El duelo no se considera ninguna patología, más bien se tiene por un proceso adaptativo natural que concluye cuando la evocación del ser querido no provoca respuestas de tristeza y/o ansiedad (duelo que cursa con___________).

Como decimos, el duelo no tiene por qué ser considerado como trastorno depresivo, aunque en no pocas ocasiones se complica o alarga en el tiempo, lo que lo convierte en un desorden clínico que parte del duelo como factor desencadenante, pero que probablemente se encontraba en estado larvario, siendo en episodio de duelo capaz de activarlo.



Normalmente, en el transcurso de un duelo convencional, la familia y el resto de apoyos sociales consiguen que el doliente salga adelante. Cuando pasados tres o cuatro meses del comienzo del duelo los mecanismos naturales de reactivación no se ponen en marcha conviene una intervención terapéutica, generalmente menor. Todo ello con el único fin de activar el locus of control de la persona y regresarla a la vitalidad que generaba antes del citado duelo.

Poco a poco, el llanto incontenido, la tristeza, la ansiedad, la astenia y los deseos de soledad deben ir remitiendo sin que medie más intervención que la escucha activa y los ánimos provenientes del entorno social cercano.

Sin embargo, en ocasiones observamos como el duelo se complica, se extiende en exceso e incluso se agrava al pasar de los meses.

Factores que pueden determinar la secularización del duelo:

    La muerte de la pareja deja en mala situación económica al conyuge.
    El/la doliente tienen antecedentes de depresión.
    La muerte ha recaído sobre hijos menores.
    La muerte o ausencia del ser amado tiene carácter traumático.

Como medida de cautela, deberemos observar la evolución del duelo y, en el caso de no observar mejoría pasados varios meses, acudir al especialista con objeto de impedir que un duelo sin mayores consecuencias degenere en una depresión de consecuencias siempre imprevisibles.
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¿Por qué unas personas superan mejor el duelo que otras?

Superar mejor o peor el duelo no es una cuestión de cariño. Personas que sentían verdadera devoción por sus conyugues ha sido perfectamente capaces de atravesar la delicada fase de duelo sin mayores complicaciones. Sin embargo, otras personas que en consulta declaran no haber sentido apenas amor por su difunto/a llegan a caer en el pozo profundo de la depresión.



Los mecanismos de defensa de una persona deben encontrarse siempre a punto para superar cualquier contingencia pero, en ocasiones, esto no es así.

Problemas personales adicionales, dificultades económicas, excesiva carga familiar sobrevenida, muerte o marcha traumática de la persona amada, antecedentes de depresión... Estas y otras circunstancias pueden alargar y/o complicar un duelo que debería ir remitiendo de forma natural al pasar de varios meses, sobretodo cuando nuestras defensas psicológicas no se encuentran en su mejor momento.

Llama la atención el caso de algunas personas con francas dificultades para superar el duelo, al observar cómo han sufrido escasos reveses en sus vidas. Esto ha impedido el desarrollo de la capacidad de afrontación necesaria para este duro trance vital.

No se sienta mal si no tiene accesos de tristeza incontenible pasadas varias semanas tras la pérdida. Nuestra herencia cultural nos ha llevado a asociar el amor al sufrimiento por la ausencia, pero esto no es así.
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El duelo infantil: ¿Cómo manejarlo?

La muerte de un ser querido no repara en edades o clases sociales. Por eso, muchos niños sifren la pérdida de sus abuelos, tíos u otros familiares cercanos. De hecho, creo que no existe un psicólogo al cual no se le haya pedido al menos en una ocasión que se ocupe de "darle la noticia del fallecimiento al pequeño". Normalmente los padres tienen demasiado miedo como para hacerlo ellos mismos y piensan que el hecho de que lo haga un psicólogo mejorará la forma en la cual lo enfrentará el pequeño.



En este punto, es importante que seamos conscientes de que, por mucho que hagamos, no podemos evitar el dolor que experimentará el niño pero si podemos ayudarle a vivir el duelo de una manera más sana. Para cualquier persona la pérdida de un ser querido es ya de por sí una situación difícil, para los niños lo es mucho más.

Debes tener en cuenta que los niños son dependientes de los adultos por lo que la pérdida de una figura cercana también implica de cierta forma la ausencia de una fuente de protección, de seguridad y de afecto. Por eso, para enfrentar el duelo infantil es fundamental que los niños se sientan seguros y amados.


¿Cómo podemos ayudarle?

Hasta los 5 años el concepto sobre la muerte es muy limitado. Es a esta edad que el pequeño comienza a desarrollar una diferencia clara entre separación temporal y la separación definitiva. Solo a los 9 años adquieren las nociones de irreversibilidad e insensibilidad (post-mortem).

Por eso es esencial que el niño comprenda qué es la muerte. Necesita tener información concisa, comprensible y adecuada a su edad. El problema es que muchas veces los padres tienen miedo a explicárselo porque no quieren hacerles daño. Para asegurarte de que la información que le das es comprensible debes partir de lo que ya sabe el niño, quizás ponerle un ejemplo de una mascota que haya muerto. Luego que le expliques, pregúntale si tiene alguna duda. En sentido general, debe quedar claro que la muerte es un hecho irreversible, inevitable y universal.
Obviamente, los pequeños, al igual que los adultos, tienen diferentes maneras de expresar las emociones derivadas de una pérdida. Pueden expresar la tristeza llorando, manifestar la rabia a través de comportamientos inadecuados como peleas o malas respuestas e incluso pueden somatizar las emociones presentando dolores físicos. Tampoco es inusual que se produzca un retroceso en los aprendizajes adquiridos, como el hecho de que el niño se vuelva a orinar en la cama.

Junto al dolor, los pequeños también pueden expresar otras emociones como el miedo a que ellos mismos u otras personas queridas puedan fallecer o enfermar. De la misma forma, pueden experimentar sentimientos de culpa por los comportamientos inadecuados o escasas muestras de afecto que tuvieron con la persona antes de fallecer. En este sentido, es importante detectar los síntomas de la culpa y hablar con ellos para hacerles ver que se trataba de un hecho ajeno a su voluntad.

También es importante que todo se maneje con naturalidad. Los espacios para hablar de la persona que ha muerto, recordarla o incluso llorarla le ayudan al pequeño. Eso sí, cuando el niño no quiere expresar lo que siente, no debes presionarle, ya lo hará cuando esté preparado.


¿Asistir o no al funeral?

Algunos adultos piensan que asistir al funeral será demasido "fuerte" para el niño. Sin embargo, es importante darle la oportunidad de despedirse. Recordemos que lo que causa dolor no es el funeral en sí sino la pérdida de la persona.

El funeral y todos los rituales que le acompañan tienen la función de que las personas allegadas al fallecido puedan compartir la pena y se despidan de la persona querida. Así, a veces, con el objetivo de evitarle la pena, solo estaremos ayudando a postergar el periodo de duelo infantil.

No obstante, es importante que le prepares para lo que verá explicándole en qué consiste y cómo reaccionarán las personas. Esto les permitirá tener un mayor control de la situación y por tanto sentirse más seguros.

Una vez concluido el funeral, es importante que el niño comprenda que debe retomar la rutina cotidiana. Por eso no es una buena idea prohibirle la música o los dibujos animados.


¿Cuándo se debe acudir al psicólogo?

Si una persona querida muere, ¿preferirías que te lo dijese un amigo entrañable o un psicólogo? ¿con quién te sentirías más a gusto? Si sigues todas las recomendaciones anteriores, será mucho mejor que la noticia de la muerte sea dada por un familiar cercano y no por un psicólogo que es del todo ajeno al niño. Recuerda que el psicólogo no puede evitar el dolor sino tan solo explicarle algunos conceptos.

En lo que respecta al duelo infantil, se deberá consultar a un profesional si el niño manifiesta algunos de estos síntomas:

- Tristeza profunda que limita su interés hacia las actividades diarias

- Dificultades para dormir, comer o miedo a estar solo.

- Regresión a comportamientos propios de un niño más pequeño

- Imitación de la persona fallecida

- Deseos de irse con la persona fallecida

- Pérdida del interés en los amigos o el juego

- Negación a asistir a la escuela y problemas en el desempeño escolar.
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