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Fobias y miedos

Fobias, miedos y temores.

La Depresión de los Muertos Vivos

Santiago tiene treinta años, es ingeniero en informática y trabaja en una importante empresa multinacional. Gana un sueldo alto que le permite tener un buen standard de vida.

Se acaba de mudar a un departamento nuevo que compró en el barrio de Palermo; un pent-house con balcón terraza, pileta individual , baño con jacuzzi, salón con aparatos para hacer ejercicios, servicio de vigilancia, de limpieza de lavandería y de cocina. Maneja un auto importado y tiene un velero.

Se podría decir que es un joven que ha conseguido todas las cosas materiales que desea para vivir con todo confort.



Sin embargo, Santiago no puede ser totalmente feliz porque padece de fobias y ataques de pánico.

Desde que tuvo su primer ataque, tiene miedo de tener miedo y casi no sale de su casa. Su vida se limita solamente a ir y venir del trabajo.

Tuvo dos novias que lo dejaron, cansadas de esperar que se decidiera a formalizar la relación. Ahora solo le queda una antigua amiga que ve de vez en cuando, que no le exige nada y tiene la paciencia suficiente para escucharlo quejarse de sus padecimientos.

Santiago también es hipocondríaco, por lo tanto no puede vivir sin un síntoma. Sufre toda clase de dolores y trastornos funcionales migratorios, que no le duran mucho tiempo pero que son suficientes para perturbarle la vida.

Los médicos aún no han podido encontrarle ninguna patología, pero él vive atormentado por la sospecha de tener una enfermedad incurable.

Santiago no está dispuesto a casarse todavía, dice que aún es demasiado joven, ni tampoco piensa tener hijos; porque teme fracasar en el matrimonio y no poder afrontar la responsabilidad de ser padre.

¿Cómo podría asegurarse que su hijo fuera normal, sano y feliz, que al crecer le gustara estudiar, que tuviera buen comportamiento, que fuera a la facultad e hiciera una carrera, que se rodeara de amigos como él y no frecuentara los boliches?

¿Y si tuviera una hija, qué garantía tendría de su conducta fuera de casa y cómo podría evitar que saliera con vagos, en esta difícil época en que vivimos?

Santiago sólo quería vivir tranquilo y sin problemas. Sin embargo su vida igualmente estaba colmada de angustia, desdicha, miedos y sufrimientos.

Este es un caso clásico, pacientes que deambulan por numerosos consultorios buscando solucionar sus problemas de salud, que terminan finalmente en manos de un psiquiatra y de un psicólogo.

Santiago forma parte de una legión de personas que como él se niegan a vivir por temor a no poder evitar el sufrimiento.

A nadie le gusta sufrir, pero la vida no es solo sufrimiento porque también se pueden vivir momentos felices.

El que se resiste al dolor permanecerá en él pero si se entrega y lo acepta como parte de la vida, podrá superarlo y seguir viviendo normalmente.

El problema de estas personas es el control y las fobias pueden ser síntomas de depresión.

Las cosas simplemente ocurren y no todas se pueden controlar; y aceptar que no somos perfectos y que somos vulnerables frente a la incertidumbre nos hace invencibles.

La naturaleza es la mejor consejera, pero cuando nos oponemos a ella y pretendemos evadirnos del propósito esencial de la existencia, nos sentimos vacíos, infelices y solos.
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Las Fobias se Curan

Uno de los males característicos de esta época es sentirse dominado por el miedo.

El miedo es la sensación normal que nos protege de los peligros, pero que cuando no se puede controlar se transforma en un grave obstáculo para la vida.

No se trata solamente de una sensación de desagradable inquietud, sino de cambios fisiológicos, porque el miedo aumenta el metabolismo celular, la presión arterial, el funcionamiento cerebral y la coagulación de la sangre, se detienen las funciones que no son esenciales, se acelera el ritmo cardíaco, se concentra adrenalina en las células y las pupilas se agrandan.

Todos sentimos miedo ante situaciones de estrés, que es lo que nos ayuda a adaptarnos a los cambios, ya que el miedo se relaciona con el instinto de supervivencia que tiene el propósito de inhibir conductas que pueden destruirnos; pero se transforma en patológico cuando se torna crónico y obliga a vivir en un estado permanente de inquietud y estrés imposible de controlar.



La Organización Mundial de la Salud considera a las fobias (temor irracional incontrolable) al problema mental más difundido en el mundo en la actualidad, estimando que una de cada cuatro personas lo padece en alguna medida, impidiéndole realizar determinadas actividades que objetivamente son consideradas racionalmente, inofensivas.

Una de cada diez personas llega a padecer un ataque de pánico; afección que representa una experiencia física de angustia extrema, el terror a perder el control y otros síntomas que pueden resultar inquietantes.

La sensación de miedo es normal frente a circunstancias que ponen en riesgo la vida o la estabilidad emocional, porque prepara al cuerpo para enfrentar el peligro; pero cuando se producen frente a estímulos cotidianos, este mecanismo se descontrola.

Cuando los temores se transforman en patológicos se define como un trastorno de ansiedad; síndrome que se ha convertido en una epidemia.

La vida moderna mantiene a las personas en estado de tensión, las preocupaciones, el cansancio, la competencia, las exigencias en las grandes ciudades, llevan a la gente a estar alterada, a adelantarse a los acontecimientos, a pensar en negativo, a temer sucesos indeseados y a ser aprensivos.

Los síntomas del trastorno de ansiedad generalizada cuyos síntomas son por ejemplo el cansancio, la impaciencia, la intranquilidad, la tensión muscular, la irritabilidad, el mal humor y el insomnio, está afectando a gran parte de la población activa.

Los ataques de pánico pueden sobrevenir por un motivo aparente o desencadenarla una situación u objeto específico, produciendo la extraña y vaga sensación de estar perdiendo la razón, de estar a punto de morir, de sentir que falta de aire, inquietud extrema y una angustia intolerable.

El temor puede referirse a un objeto pero también puede no tener objeto; cuando el pensamiento es dominado por ideas angustiantes que pueden llevar a realizar conductas repetitivas o rituales para neutralizar la angustia.

Algunos miedos son innatos y naturales, que son los que nos protegen del peligro, pero otros son aprendidos o adquiridos debido a una experiencia negativa.

Huir del objeto que produce temor lo incrementa, porque solamente enfrentando los miedos se logra hacerlos desaparecer.

Del 25 al 30% de las personas que sufren de algún tipo de ansiedad o fobia, aseguran poder manejar esa situación ellos mismos y no se tratan ni saben que los tratamientos tienen muy buenos resultados.

Las personas ansiosas necesitan tener todo bajo control y lo que les produce mayor angustia son los acontecimientos negativos impredecibles.

La mayoría soporta mucho mejor las experiencias esperadas, por más malas que sean; por eso la necesidad exagerada que tienen de controlar todo.

Aprender a vivir con los miedos en forma inteligente puede evitarnos peligros y además ayudarnos a no tener miedo de tener miedo, emoción que nos limita el aprendizaje y no nos deja vivir normalmente las experiencias.

El tratamiento oportuno puede liberarnos de esta pesada carga.
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El Miedo a la Inseguridad

A todos nos preocupa la inseguridad, porque los hechos delictivos parecen aumentar día a día, los asesinatos se multiplican y la policía parece insuficiente para controlar una situación que parece querer desbordarse.

En las grandes ciudades donde viven millones de habitantes, es difícil que las fuerzas de seguridad puedan llegar a tiempo en todos los casos, aún con la ayuda que brindan los celulares en las emergencias.

Algunos países avanzados han logrado disminuir la tasa de delincuencia tomando medidas de fondo, pero difícilmente lleguen alguna vez a erradicar totalmente la violencia.

Las probabilidades de ser asaltado en una sociedad densamente poblada, es baja, y de ser eliminado aún más baja, sin embargo, el temor que siente la mayoría es desproporcionado con respecto a las estadísticas.



Sin embargo, existe más alta probabilidad de sufrir accidentes automovilísticos graves debido a la propia conducta negligente.

Aunque existen normas que prohíben el uso de celulares mientras se conduce, no es raro ver que hay muchos automovilistas que lo hacen y que además se atreven a fumar al mismo tiempo, poniendo en peligro sus vidas y las de los demás.

También son demasiados los que aún no utilizan el cinturón de seguridad al conducir, por motivos diversos, sin tomar conciencia que puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Manejar después de haber ingerido cerveza es común, creyendo que se trata de una bebida inofensiva por su supuesto bajo contenido de alcohol; pero se olvidan que si toman varios vasos de cerveza, la proporción de esa sustancia es mayor, siendo capaz de alterar seriamente los reflejos al conducir.

La preocupación por el factor seguridad parecería estar ausente en las situaciones que dependen de uno mismo, creyendo que uno puede ser capaz de mantener el control, aún actuando en contra de las normas vigentes y exponiéndose a perder la vida; pero sí persiste la preocupación por ser asaltado y privado de las pertenencias.

Los motociclistas suelen conducir sus vehículos con el casco de seguridad colgado de un brazo y la cabeza expuesta, y aún con acompañantes que tampoco llevan ninguna protección; y las bicicletas desafían a los automovilistas circulando en medio del tráfico.

Por otro lado, la gente fuma, bebe alcohol, toma drogas o come en exceso, arruinándose la salud a sabiendas.

El ser humano es reacio a aceptar normas de comportamiento, aunque se trate de medidas que pueden evitarle un accidente y hasta perder la vida. Prefiere arriesgarse aunque le resulte peligroso.

Países muy organizados tienen baja la tasa de accidentes y de delincuencia, pero alto porcentaje de suicidios. Estos son datos que nos sorprenden y nos desconciertan.

El hombre teme la inseguridad pero el estar demasiado seguro parece hacerle perder su esencial espíritu de buscador incansable y de aventurero. Como si no estuviera dispuesto a vivir una vida tranquila sin preocupaciones y sin riesgos.

El riesgo atrae al ser humano y hacerse daño a si mismo parece no ser una molestia para él, pero si lo asustan los ladrones que difícilmente le puedan robar y los asesinos que remotamente alguna vez lo puedan atacar.

El peor enemigo del hombre no es el ladrón que puede estar acechándolo para robarle el auto o la billetera, ni el arma asesina que trata de intimidarlo en un asalto; porque el peor enemigo es él mismo,


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Mujeres Golpeadas

El primer amor para una mujer es su padre y para un hombre su madre.

La importancia de los padres en la vida adulta, en cuanto a la relación de pareja, es crucial, porque tanto el varón como la mujer se identificarán con esos modelos, en forma positiva, en el mejor de los casos, con el progenitor del mismo sexo o de manera negativa, con el de sexo contrario; y estas identificaciones dependerán de cómo haya sido la relación del individuo con sus padres.

El amor de los niños a sus padres es incondicional ya que no hay figura humana más significativa que ellos, cualquiera sea su comportamiento, su ética y sus valores.

Los niños toman como modelo lo que hacen sus padres, no lo que dicen y tienden a establecer el mismo tipo de vínculos con sus futuras parejas, recreando así la única de relación de pareja que conocen íntimamente.



Las mujeres que han tenido padres violentos que golpeaban a sus madres, se pueden sentir atraídas por hombres con la misma condición. Han aprendido que los problemas familiares se pueden resolver a los golpes y se inclinan a aceptar y hasta justificar ese proceder, generalmente porque cuando eran pequeñas amaban a sus padres y no los querían perder.

Los hombres que tratan con violencia a sus mujeres pocas veces son denunciados, porque los golpes pueden ser la forma que tienen ambos de relacionarse y además, a su manera sus mujeres los aman; siendo frecuente también que las palizas se conviertan en el preámbulo de una relación sexual, que hasta puede adoptar las características de una violación.

Sin embargo, una mujer también puede identificarse con la madre que hubiera querido tener, y en ese caso adoptará la conducta contraria, evitando tener parejas como su padre y tendiendo a relacionarse en pareja solamente con hombres pasivos o con mujeres.

Un hombre golpeador se relaciona siempre con mujeres que se dejan golpear, porque es altamente probable que ellos también hayan vivido situaciones de violencia en sus hogares y puedan necesitar someter a su pareja para excitarse para probarse a si mismos que son verdaderos hombres.

En estos hogares, donde la violencia es una forma de comunicación, la mujer suele tener el papel protagónico en cuanto a la responsabilidad familiar. Es ella la que por lo general se hace cargo de la familia, de los gastos de la casa y de hacer estudiar a los hijos, mientras que el hombre suele ser una figura ausente, siendo común que además sea alcohólico.

Esta condición provoca el rechazo de la mujer, cuando es requerida por él para tener relaciones sexuales y como está alcoholizado puede adquirir el hábito de golpearla sistemáticamente, cada vez que se produce esta situación y hasta puede llegar a matarla.

Estas experiencias, lamentablemente es el modo de vida de muchas mujeres de las clases pobres, donde también es frecuente que las parejas no estén casadas y tengan hijos de otras relaciones.

Los hombres golpeadores no es raro que también sean violadores y que además de violar a sus mujeres, violen también a los menores de la casa en forma reiterada, tanto varones como mujeres.

Las niñas que viven en esta condición pueden quedar embarazadas desde muy jóvenes, inclusive de sus propios padres, padrastros, hermanos o parientes cercanos.

Los hijos de los padres que huyen o bien que abandonan a la familia, quedan expuestos a situaciones de violencia durante toda la infancia, dependiendo su seguridad de las relaciones que en el futuro pueda tener la madre con otros hombres, que por lo general, suelen ser similares a su relación anterior, ya que la mayoría tiende a elegir el mismo tipo de personalidad como nueva pareja.

Revertir esta situación es difícil, porque requeriría que todos tuvieran acceso a la educación, a la salud y a la contención psicológica; y además que se erradicara la pobreza, la promiscuidad, los embarazos prematuros y el alcoholismo; para que estas relaciones de pareja no vuelvan a repetir historias.


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El Divorcio y los Hijos

En Estados Unidos se divorcian todos los años los padres de un millón de niños. Sin duda, las parejas no pueden darse cuenta lo mucho que afecta a los hijos la separación de sus padres.

Un niño queda siempre condicionado por esa situación, lo que hace necesario e indispensable, para disminuir los efectos de esa crisis, que puedan atravesar esa circunstancia de la manera menos cruenta posible.

Los hijos no quieren perder a ninguno de sus progenitores, por lo tanto, tienen que sentirse seguros que no perderán sus presencias y sus cuidados; y tienen que tener la oportunidad de que ambos les den una explicación.




Vivir en pareja es un desafío que sus integrantes no deben idealizar pensando que nunca tendrán dificultades serias.

Por más amor y felicidad que sienta una pareja cuando se une, llegará inevitablemente el día en que no podrán ponerse de acuerdo, en que tendrán distintos puntos de vista aparentemente irreconciliables, opiniones diferentes, roces y discusiones; que se irán multiplicando si cada uno no respeta al otro como una persona con el derecho de tener pensamiento propio.

Las técnicas de negociación, que utilizan las empresas, los partidos políticos y hasta la diplomacia, son óptimas para implementar en las relaciones familiares y llegar a un acuerdo, aún en las circunstancias más divergentes y críticas.

Negociar significa ceder para ganar, porque el adversario nunca se conformará si sólo pierde posiciones y no tiene ninguna posibilidad de conseguir nada.

Las discusiones más fructíferas son las que no incluyen gritos, insultos o calificativos ofensivos, porque cuando se levanta la voz y se pierde el control, no se puede razonar y menos negociar.

Muchas parejas se separan por nimiedades, insignificancias que podrían haberse solucionado manteniendo ambos un discurso civilizado. Pero las emociones negativas como el orgullo, los celos, la necesidad de venganza, el odio circunstancial y la inmadurez de los cónyuges, llevan a socavar la relación, aunque ambos en el fondo aún se amen.

Cambiar de pareja no es necesariamente una solución, porque una persona que ha tenido dificultades para mantener una relación, es altamente probable que reitere sus patrones de comportamiento y fracase nuevamente.

Cada uno aprende a relacionarse según los modelos que ha tenido oportunidad de conocer, principalmente los que les brindaron sus padres como personas más significativas.

Uno de los problemas comunes que afecta a las parejas es la necesidad de dependencia y la tendencia a amar en forma posesiva.

Esta característica hace que no se desarrollen como personas individuales y vivan pendientes del otro, ocasionado el desgaste de la relación; porque no crecen individualmente, no tienen vida propia y los otros, tanto su pareja como los hijos se convierten en prolongaciones de ellas mismas.

Los hijos tienen derecho a saber lo que pasa entre sus padres, cuando la situación ya es incontrolable y exige una definición.

No pueden permanecer al margen, necesitan que sus padres les expliquen qué es lo que está pasando con claridad y los tranquilicen, para que puedan seguir creciendo normalmente y continuar con sus vidas de la mejor manera.

Pelear por los hijos es nefasto para ellos, porque independiente de cómo sean los padres, los aman y no están dispuestos a perderlos.

La familia es un grupo y la conducta de cada uno de sus miembros influye en todos los demás; y el divorcio en los hijos provoca retrocesos en su desarrollo.

Es necesario hablar con los hijos antes de que se produzca la separación o el divorcio. Los padres tienen que ser sinceros y despedirse entre si amigablemente, recordándole a los hijos que han sido dos personas que se han querido mucho pero que ahora desean seguir caminos diferentes, no porque no se quieran más sino porque necesitan el cambio por la razón que sea, pero que no dejarán nunca de estar relacionados porque están ellos, que los necesitarán a los dos siempre incondicionalmente a su lado.

Los niños pasan factura a sus padres cuando crecen y ninguno puede evitarlo, sólo les queda actuar en forma responsable viendo más allá de ellos mismos y reconociendo el daño irreparable que pueden causar a sus hijos.


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Miedo a hablar en público

Tomar clases de oratoria puede terminar con el miedo a hablar en público.

Básicamente, enfrentar al público para el tratamiento de un tema específico exige ser idóneo en la materia, tener algo interesante que decir que incluya algún contenido nuevo e inédito y mostrarse seguro, relajado y tranquilo.

Algunos oradores bien entrenados, utilizan una pizarra donde adhieren un esquema que les sirve como guía, para no saltearse ningún punto que pueda ser importante mencionar. Esta práctica sirve también para ordenar su trabajo y para calcular el tiempo que le demandará la charla, para no extenderse demasiado ni terminar antes de tiempo.



Un orador no tiene que perder de vista el objetivo ni tampoco irse por las ramas; y no debe permitir interrupciones de ninguna clase hasta finalizar la exposición, siendo lo más usual, dedicar la última media hora a contestar preguntas, recomendando a los asistentes no intervenir durante la disertación y anotar sus inquietudes para expresarlas al finalizar la charla.

Es inevitable estar nervioso antes de comenzar una presentación en público; pero es necesario aprender a permanecer relajado, tratando de concentrarse en el trabajo que se está haciendo, confiando en la propia capacidad y sin comprometerse con los resultados.

La mayoría de los actores teatrales, incluso los muy buenos, no pueden evitar el temor al escenario cada vez que se presentan ante el público, pero ni bien se identifican con el personaje logran entregarse de lleno a su trabajo con entusiasmo y sin miedo.

Enfrentar al público es una experiencia similar a la de un exámen de competencia, donde se tiene que demostrar la capacidad para ser aprobado o reprobado, y donde la persona se expone a ser criticada o juzgada.

El miedo no es sólo un estado emocional sino también fisiológico, porque se pueden sufrir palpitaciones, sudoración excesiva, falta de saliva, etc.

Existen algunas técnicas útiles para dominar mejor este estado y mantenerse equilibrado, y convertir estas experiencias en algo divertido y no en una situación generadora de angustia.

Si una persona disfruta de lo que hace se puede concentrar y olvidarse que está siendo observado, porque el orador que agrada al público es aquel que se muestra distendido y no acartonado.

Es necesario confiar en uno mismo y ser espontáneo, tratando de transmitir además de información, entusiasmo y emociones.

La habilidad para transmitir información con elocuencia es un arte que se puede adquirir y dominar, lo esencial es aprender a mostrarse seguro y positivo, elegir los contenidos que sean de mayor interés para el público, ser claro, conciso y dinámico.

La modulación de la voz es importante para distinguir los conceptos esenciales de los detalles y para no aburrir al público con un tono monocorde que invite al sueño.

Las técnicas de relajación nos permiten realizar con anticipación una desensibilización afectiva, que consiste en visualizar la escena temida de enfrentar al público con absoluta tranquilidad y plena soltura.

No es necesario aprender de memoria los contenidos, ya que la guía dispuesta de antemano ayudará a desarrollar los temas sin tropiezos.

Una norma didáctica de importancia es repetir las ideas centrales y hacer un resumen final de cada tema.

No es recomendable limitarse a brindar información sino que también es importante matizar con ejemplos o anécdotas que hasta pueden ser personales y que permitan crear una atmósfera distendida y un ritmo activo.

La gente está habituada a los recursos de alto impacto en los espectáculos, de modo que una charla puede resultar más interesante si se muestran fotos, diapositivas o ilustraciones novedosas con contenidos alusivos.

Es importante mantener un gesto amable y sonriente, saludar al público con simpatía, sin precipitarse ni mostrarse ansioso.

Es deseable evitar poses forzadas, pues lo mejor es aflojarse y moverse libre y naturalmente; y para comprender mejor lo tratado, dejar al hablar espacios para el silencio.

Ante las objeciones, hay que evitar discutir con el que interrumpa con un cuestionamiento incisivo, aceptando la acotación y señalándole la discrepancia con su punto de vista.

Lo importante es no intentar satisfacer al ego sino lograr la comunicación con el público y disfrutar haciendo esa tarea.
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El Miedo

¿Por qué hay tanta gente que tiene miedo? ¿Por qué muchos parecen estar esperando que ocurra una catástrofe? ¿Por qué el miedo a morir nos impide vivir?

Los miedos son como parásitos que se multiplican y nos enferman, porque la mente vive preocupada y concentrada en defenderse de los supuestos peligros que la acechan.

El miedo básico es el temor a la muerte, cuando el hombre se identifica sólo con su cuerpo y teme perderlo.

Sólo en el presente estamos seguros, porque cuando la mente piensa en el futuro aparece el miedo a la pérdida de la vida.



En este preciso instante tendríamos que estar disfrutando de la experiencia de estar vivos, pero de pronto, la mente nos juega una mala pasada, como si fuera incapaz de vivir intensamente este aquí y ahora, se dispara hacia el terreno de las posibilidades futuras y nos doblega con el fantasma de los miedos.

Todos sabemos que algún día moriremos, pero no ahora. ¿Qué beneficio nos reporta adelantarnos en el tiempo y sufrir por nuestra desaparición física antes que sea el momento?

Cualquier cosa nos puede ocurrir en el futuro, pero hoy estamos aqui y eso es lo que realmente importa, no todo aquello que eventualmente podría pasarnos, el día menos pensado.

Tenemos miedo de quedarnos solos, de sufrir privaciones, de que nos despojen de nuestras pertenencias, de que no nos amen, de enfermarnos y de morirnos; y como pretendemos evitar todos esos males, nos vamos creando barreras defensivas a nuestro alrededor que son las que nos aíslan y nos conducen hacia lo que más tememos, el futuro tan temido.

¿Y si realmente es cierto que somos más que un cuerpo? Nos hemos estado preocupando sin motivo y no hemos aprovechado la oportunidad de estar vivos.

¿Quién es ese yo que me observa y me habla desde adentro?

Ese yo no es el cuerpo ni es nuestro pensamiento, es más que el cuerpo y que la mente.

Ese yo es indestructible y eterno, el agua no lo puede mojar y el fuego no lo puede quemar, nadie lo puede lastimar, herir o matar.

Recién cuando nos damos cuenta que somos más que un cuerpo, el miedo cesa y nos podemos entregar a la vida confiados y disfrutar de ella.

Los miedos se refieren a sucesos hipotéticos que pueden no ocurrir nunca, pero que sí pueden malograrnos la vida.

Sólo en el aquí y ahora estamos seguros y a salvo, sin embargo nuestra mente se aferra a un momento eventual, a una posibilidad estadística, porque no puede vivir este momento eterno.

Estar siempre en el presente es experimentar la eternidad, es cuando el tiempo cesa y cuando realmente nos sentimos vivos.

Hoy es el único momento en el que podemos cambiar, no mañana; hoy es el día en que puede cambiar nuestra historia.

El pasado nos enferma, nos esclaviza, nos bloquea y el futuro es ilusorio, una quimera que nos produce ansiedad y destruye nuestras defensas inmunológicas; y adelantarse es ya estar muertos cuando se vive todavía.

Hoy somos dueños de nuestras vidas, no mañana. No nos perdamos el presente por temor al futuro.

Piensen en todo lo que se perdieron y no hicieron, por haber tenido miedo en esta vida.


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El Miedo Escénico

El miedo es el mal más característico de estos momentos. Así como la histeria era común a principios del siglo pasado, según Freud debido a la represión sexual, actualmente la libertad que existe entre los sexos ha disminuido esta afección, pero a la vez se han incrementado los miedos, las fobias, los ataques de pánico y las obsesiones.

Estamos viviendo una época en que las estructuras de personalidad se desdibujan, la fe se marchita, el ser humano se robotiza y se aísla, y pierde el sentido trascendente de la vida.

Surgen así los miedos para defenderse de ese particular y nuevo sentimiento de aislamiento y desconexión con el todo.

Los niños crecen sin fe y además les resulta más difícil relacionarse con sus mayores. Aprenden a vivir aferrados a los objetos como sustitutos a medida que las exigencias y la necesidad de competir se acentúan y la ansiedad y la angustia aumentan; mientras cada vez se les hace más difícil verle sentido a la existencia.



El miedo es una emoción innata, útil para defenderse de los peligros reales del medio ambiente. Sin embargo, cada persona va desarrollando distintos tipos de miedos irreales que también pueden generarlos ciertas experiencias traumáticas.

El miedo es como un ser vivo, porque puede crecer y multiplicarse. Se comienza con un miedo y se termina con muchos miedos, los cuales van paralizando la acción hasta convertir a un individuo en un ser depresivo y solitario, esclavizado por sus miedos.

El miedo también es contagioso. Una madre miedosa y aprensiva puede hacer que sus hijos aprendan a tener los mismos miedos.

Las personalidades obsesivas, con un Superyo muy exigente y altas expectativas son las que básicamente tienen miedo a perder el control; desarrollando en su lugar distintos miedos sustitutos.

El miedo a mostrarse y exponerse a ser mirado, evaluado o criticado, no le permite a un individuo desarrollar las actividades que desea hacer, porque tiende a huir hacia adelante para evitar toda situación que le genere angustia.

Esta actitud puede disminuir sus posibilidades, hacerle perder oportunidades de participar, de aprender y de expresar su individualidad y sus conocimientos.

Existen técnicas cognitivas para superar las fobias o los miedos exagerados.

La más efectiva es la desensibilización afectiva, que consiste en visualizar, en estado de relajación profunda, la situación que se teme desarrollándose en forma normal, viéndose a si mismo desempeñándola en forma adecuada y eficiente.

La visualización en este estado de relajación, recrea la escena temida que provoca angustia y la puede controlar, transformándola en una experiencia no traumática.

Se trata de revertir el condicionamiento estímulo respuesta, cambiándolo por otro más adaptativo.

El miedo escénico disminuye significativamente practicando lectura en voz alta, cantando en un coro, practicando juegos de equipo, tomando clases de teatro o expresión corporal, atendiendo público y participando en distintos grupos.

Es importante brindar a estas personas, para que desarrollen mayor seguridad y confianza en ellas mismas, reconocimiento por sus logros, minimizando sus desaciertos, para ayudarlas a enfrentar esas situaciones que suponen de riesgo con mayores recursos.

Lo único que termina con todos los miedos en forma definitiva es enfrentarlos con una conducta contrafóbica, o sea, haciendo precisamente lo que se teme en forma voluntaria.

Una personalidad con características obsesivas deberá entregarse a lo desconocido, no oponer más resistencia y abandonar su actitud de controlarlo todo.

El control es un empeño ilusorio, porque no podemos evitar los sucesos, sólo podemos prevenir circunstancias adversas siendo plenamente conscientes de nuestros actos, no actuando sin reflexionar ni intentando dañar a otros con nuestro comportamiento.

El desequilibrio interior y la culpa exigen reparación y nosotros mismos provocamos los sucesos que más tememos para castigarnos.

La meditación diaria alivia las tensiones y nos permite manejar las presiones externas con una actitud menos competitiva, disminuir la necesidad de cumplir expectativas demasiado altas y sentirnos mejor con nosotros mismos.
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El Problema del Dolor

El dolor no es sólo un fenómeno sensorial sino también una vivencia emocional subjetiva, en la cual influyen el estado de ánimo, las expectativas, los temores sobre su procedencia y las fantasías sobre sus consecuencias.

Desde hace tiempo, existen tratamientos específicos para el dolor y profesionales que se especializan en este tema que en general suelen abordar este problema de la mejor forma, o sea trabajando en combinación con psicoterapeutas.



El dolor es el modo que tiene el cuerpo de avisar cuando sufre algún desequilibrio, es una defensa natural que ayuda a que el médico logre localizar el daño, hacer un diagnóstico preciso y en el mejor de los casos curar al enfermo.

El dolor puede aparecer en un punto determinado del cuerpo o permanecer difuso o extendido, comprometiendo otras zonas; y se puede continuar experimentándolo aún habiéndose curado la fuente que lo ocasionó.

Un ejemplo son los dolores fantasmas, que continúan hostigando a su víctima aún después de haber sufrido la amputación de un miembro.

En esos casos, el cerebro no registra la ausencia de la fuente primitiva del dolor y continúa reaccionando a las antiguas señales que le enviaba el miembro amputado.

Existe una técnica para engañar al cerebro, que puede resultar efectiva. Consiste en reflejar en un espejo el miembro que el paciente conserva, haciendo que éste perciba dos miembros, tal como cuando aún estaba sano y logre moverlo a su antojo, flexionarlo y sentirlo, hasta convencerse que está libre de todo trastorno.

De esta manera también el cerebro se convence y puede modificar sus conexiones nerviosas, permitiendo así la extinción del dolor por el miembro ausente. Porque el dolor no está en el cuerpo sino en nuestra cabeza y engañando al cerebro se puede resolver el problema.

La terapia cognitiva puede modificar patrones de pensamiento negativo y cambiar la forma de interpretar el dolor para poder vencerlo; creando nuevas formas de pensar más constructivas y realistas.

En pacientes con dolor lumbar crónico, la hipnosis y las técnicas de relajación y visualización también resultan operativas, según afirma el Dr. Benson Hoffman, médico clínico del Centro Médico de la Universidad de Duke.

Estas técnicas reducen el dolor y han llegado a modificar el criterio médico sobre el tratamiento de este fenómeno. Actualmente consideran que no sólo se trata de una experiencia sensorial sino que también se relaciona con el estrés, las creencias, los pensamientos negativos y el modo personal de experimentar la realidad.

El desequilibrio emocional influye directamente sobre la sensibilidad al dolor porque los músculos se tensan y alteran el nivel de hormonas y neurotransmisores relacionados con este fenómeno.



El temor también es un factor que acentúa la intensidad del dolor, impide desarrollar la actividad normal y hace perder fuerza a los músculos; lo que ocasiona la pérdida progresiva de las funciones que cumplen ocasionado aún más dolor.

Las personas que sufren dolores crónicos cambian su carácter y se vuelven iracundos, miedosos, dependientes, resentidos, culpables de causar molestias a los que los rodean, y se deprimen, alterando su sistema inmune y provocando que su enfermedad se agrave.

Otras se cierran en un mutismo absoluto y soportan su dolor sin emitir ninguna queja, pero también esta actitud puede empeorar los síntomas.

En otras ocasiones un dolor crónico se puede transformar en un instrumento para manipular a otras personas, eludir responsabilidades y justificar la inoperancia.

Las técnicas para paliar el dolor se diseñan para ayudar al paciente a manejar su condición él mismo, asumiendo un rol activo en vez de convertirse en su víctima.

Otras técnicas se dedican a implementar recursos para apartar la atención, haciéndola desviar hacia otras actividades relajantes, como la música o la aromaterapia.

El cambio del estilo de vida también puede ser importante ya que un dolor crónico puede ser la manera que tiene el cuerpo de pedir límites.

Fuente: Psychology Tday, Karen Baar


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Violencia cotidiana

Todos nosotros sufrimos de alguna manera violencia cotidiana, ya sea dentro del grupo familiar como fuera de él.

La violencia genera violencia, de manera que nosotros también aprendemos a volvernos violentos como los que nos rodean.

No se trata de sufrir golpes solamente sino de recibir maltrato sin haberlo provocado, sólo por tener vínculo o proximidad con personas violentas.

La frialdad, la indiferencia, la falta de comunicación, de afecto y de atenciones, el mal humor y las exigencias, son también formas de violencia que hacen infelices a los que la sufren.



El exceso de trabajo, las agresiones de la gente en la calle, la prisa de los demás que nos arrastran a hacer todas nuestras tareas apurados y sin pausa, nos producen estrés y nos convierten en seres violentos.

La violencia es una defensa contra la depresión porque la frustración puede provocar agresividad y para evitar deprimirse y perder autoestima la gente puede volverse violenta.

Pero también existe la personalidad violenta, la persona irritable, que se excita ante la más leve contrariedad, que se ofende con facilidad y que no admite una manera distinta de pensar.

Al que es violento no le brinda felicidad su actitud pero le da poder cuando comienza a sospechar que está perdiendo influencia y fuerza.

El deseo de dominar a otro, sentirse dueño de las decisiones, someter, rebajarlo y manipularlo encubre los sentimientos de inferioridad de los violentos.

El violento es una persona difícil que se complace en hacer la vida imposible a los demás; se comunica a través del conflicto, es oposicionista, negativo y derrotista y gasta mucha energía en oponer resistencia, provocando malestar y desgaste en las relaciones.

Su palabra preferida es no, nunca está de acuerdo con nada ni con nadie, no apoya ninguna iniciativa, no reconoce ningún mérito, no es capaz de alabar algo aunque le guste, porque para un violento un gesto blando significa debilidad y pérdida de autoridad.

Es inútil tratar de llevarse bien con estas personas, porque son ofensivos e intimidan, se manejan a los gritos y vociferan una catarata de insultos ante cualquier intento de defensa.

El violento es cobarde con sus iguales y difícilmente en esos casos llegue a los hechos, ya que solo se atreve a agredir físicamente a los más débiles; porque no se confronta con alguien de su mismo nivel sino con los seres que considera fáciles de dominar y someter.

El violento es inestable e irónico y tiende a proyectar en el otro sus propias faltas. Confunde por su doble accionar, porque también puede seducir para conseguir sus propósitos obligando al otro a esforzarse más para agradarle.

La violencia cotidiana quita energía para el cumplimiento de las propias metas, porque todas las fuerzas se canalizan en la preocupación por tener que enfrentar diariamente el maltrato, los gritos, los insultos, las amenazas y el miedo a la agresión física.

Es inútil tratar de razonar con alguien violento por eso es mejor no responder con ira aunque intente por todos los medios exceder el límite de la paciencia.

Un violento está buscando la reacción, el enfrentamiento, pero lo más inteligente es bajar el nivel de tensión y calmarlo para poder hablar y convertirse no en su enemigo sino en su aliado.

Es importante hablar en el momento adecuado para intentar frenar la violencia pero no durante una discusión sino cuando se ha recuperado la tranquilidad y el equilibrio.

Lo más saludable para tratar con personas violentas es saber callar en el momento de crisis, pero también saber hablar cuando es oportuno.


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